El concursante está
parado en medio del escenario, los reflectores lo enfocan, va a comenzar su
interpretación no sin antes proclamar resueltamente “yo soy…” y a continuación
el nombre del cantante que imitará. Comienza así una larga competencia que
durará varias semanas y donde al final de la batalla solo habrá un ganador que
se lleve los veinticinco mil dólares. Ya van cuatro temporadas más una corta
rueda de revancha que han hecho del programa concurso “Yo soy” quizás el más
exitoso de los últimos años.
Reality producto de
una franquicia cuya exclusividad para Perú la tiene GV producciones, la
productora de Gisella Valcárcel, el programa concurso nativo de los países
bajos se replica en distintas latitudes del mundo con un formato similar: concursantes que deben
imitar al milímetro a algún cantante famoso.
Semana tras semana se
presentarán los aspirantes al premio mayor cuyo referente es un cantante vivo o
ya fallecido, conocido o no tan conocido entre nosotros, de idioma castellano o
de habla inglesa, teniendo al frente a un jurado implacable con el mínimo
desvío, más que jurado, celoso censor que observa al detalle que el concursante
no se salga de “la línea correcta”: las reglas del concurso obligan a una mimetización
absoluta con el personaje original. No pueden existir desvíos, creaciones
propias, sino el concursante debe copiar al milímetro voz y entonación, al
igual que gestos, mímica, dominio escénico y hasta físico idéntico al modelo
imitado. No hay lugar para la creatividad.
Aunque en cierta
manera sí. Debe hacernos creer por tres o cuatro minutos que nos encontramos
frente al modelo original. Debe “hechizarnos” con una “magia” que durará apenas
unos minutos, algo así como lo que sucede con los buenos escritores, que deben
“atrapar” al lector y hacerle creer que el texto leído representa un mundo
real; de igual manera los muchachos (y algunos no tan muchachos) que van en
busca de fama y fortuna, nos deben encantar.
Esas semanas de
competencia comienzan con un casting, seleccionando el jurado a los
concursantes que pasarán al torneo. Luego vendrá la competencia, todos contra
todos, donde solo habrá un ganador. Dudo mucho que dentro del grupo exista una
camaradería sincera como “los detrás de cámaras” nos quieren hacer creer. Existiendo una competencia tan despiadada es
imposible que se genere un clima de colaboración mutua o de amistad sincera
como nos endilgan, más como argumento edulcorado, como parte del show, que una
“realidad real”.
Semanas estresantes
para los que se encuentran en la arena, mayor aún cuando se acerca la gran
final. En más de una oportunidad se ha apreciado síntomas claros de estrés por
la fuerte presión que significa un concurso donde se exige fidelidad exacta en
la copia del modelo original. No importa si estás con fiebre, dolor, diarreas,
faringitis o si un ser querido ha muerto: debes seguir igual como te lo
recuerda dictatorialmente el productor-jurado, “el pequeño césar” sin pelos en
la lengua ni en la cabeza. Haz firmado un contrato como Fausto y debes continuar,
me importa un pepino lo que te pase por dentro. En caso de rebeldía o
desobediencia, un ejército de abogados al servicio de la productora les
recordará a estos chicos el contrato que han firmado, las cartas notariales
comenzarán a llegar a sus domicilios con amenazas de juicios y embargos si se
salen una línea de lo suscrito.
Precisamente ese
concursante está sometido a un contrato, cuyos términos no son revelados al
público, pero imaginamos debe contener compromisos de sometimiento a las reglas
del concurso, exclusividad y reserva de las cláusulas contractuales, entre
otros aspectos. Algunos ex concursantes incluso han insinuado abiertamente que
esos contratos son abusivos, pagan un fuerte “derecho de piso” sin ninguna
contraprestación por el lado del canal o de la productora. En las semanas del
torneo –e incluso en las semanas previas, cuando son reclutados- tienen que
dedicarse en exclusiva al concurso. Entre extenuantes ensayos y presentaciones
en vivo por la noche no hay tiempo disponible para hacer otra cosa, sino dedicarse
por entero al programa, sin aparentemente ninguna contraprestación de la otra
parte.
De ser cierta la
sospecha, “los concursantes” que son la base del programa (debido a que de
imitar mal o no parecerse al modelo original, “el show se cae”) serían los
únicos en no recibir una compensación por su trabajo, a pesar de las grandes
dosis de tiempo y esfuerzo que invierten en su mimetización. Sería interesante
que algún medio, haciendo ejercicio del periodismo de investigación -si es que
existe todavía en el Perú periodismo de investigación-, consiga una copia de
esos contratos leoninos que firman todos los concursantes que intervienen en el
reality. Creo que en más de un detalle nos va a asombrar.
El “jurado-censor” (que
suponemos sí cobra unos honorarios por su trabajo) es un tema aparte por la
importante gravitación en salvar o “bajar el dedo” a algún concursante. Suerte
de “emperadores romanos” desde su olimpo mediático, pueden “sentenciar” o “salvar
de la muerte” a alguno de los competidores esgrimiendo un falso eruditismo. Se
ha dicho incluso que muchas veces sus decisiones son arbitrarias. Gente
proveniente de la farándula, dudo que tenga los conocimientos musicales
suficientes para determinar las bondades o no de alguno de los aspirantes al
premio mayor, como ha quedado al descubierto en más de una oportunidad cuando
un concursante se armó de valor y les ha replicado sobre los “sesudos
comentarios” que el jurado esgrime.
No menos cierto es
que en este tipo de realities interviene el público a través de su voto por la
opción favorita o “mandando al cadalso” a alguno de los participantes. Y, en
las últimas temporadas ha sucedido un hecho reiterativo: el ganador es aquel
que imita a un cantante muy conocido en nuestro medio. No necesariamente es el
mejor imitador, pero el imaginario popular lo ayuda notablemente; así contra
todo pronóstico se han impuesto los imitadores de Julio Iglesias y de Fher de
Maná contra otros de mayor valía pero cuyos imitados no son tan conocidos por
estos lares. El concursante que quiera llegar a la final es más recomendable
que imite a un “cantante comercial” que a uno no tan oído y visto en nuestro
medio como les ha sucedido a los copistas de Robert Plant o Janis Joplin. Cosas
de la democracia.
Luego del receso de
verano, Yo soy regresa. La franquicia es una mina de oro. Prácticamente se
tiene una materia prima a la que, a modo de los esclavos, no se le paga nada,
salvo la vaga promesa de un premio y un poco de fama. La pregunta es si
continuará la mina así de suculenta o se estará agotando. Creo que el cantante
Raphael tiene la respuesta cuando afirmó que estos programas se van a terminar
por saturación. Las franquicias de este tipo se agotan por la repetición
continua, el desgaste diario. En un momento determinado ya no llaman la
atención o se produce un agotamiento de los insumos (leáse “cholo gratis”,
perdón “aspirantes con talento”), al final de cuentas son recursos escasos, por
lo que la sintonía comienza a decrecer. “Rating manda”.
Hasta que no se
produzca ello, veremos todas las noches a hombres y mujeres, jóvenes y no tan
jóvenes, aspirando llegar al ansiado premio o siquiera tener su cuarto de hora
de fama porque “yo soy…”.
Eduardo
Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
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