Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Rafael Dumett con El espía del inca
colocó en primer plano la novela histórica (o ficción histórica para
ser más precisos) en un país con predominancia en narrativa del realismo
urbano. Novela de largo aliento con trasfondo de filosofía de la historia y
contemplación existencial, ficcionalizaba sobre el intento de rescate de
Atahualpa, hecho que cuentan algunas crónicas. Siguiendo esa corriente, Carlos
Enrique Freyre (militar en ejercicio y con varias obras de ficción en su haber)
nos trae Tierra de canes, la conquista del Nuevo mundo teniendo como
protagonistas a los perros de guerra que trajeron los españoles, más letales
que los arcabuces que portaban.
Cada
sección del libro está encabezada por un perro, del cual siguen el linaje sus
descendientes tan fieros como él. Baldomero, el que da inicio a la saga en un
lejano 1502, es el descrito en forma más prolija. Tomás de Xérez, un joven
sevillano sin bautizar -es medio moro- y sin nada en los bolsillos, parte a las
Indias en busca de fama y fortuna. Como él mismo lo expresa, de ser un Don
Nadie a ser un Don Alguien. Amores juveniles contrariados lo deciden
a partir. Ese primer capítulo, titulado Baldomero, es el más interesante del
libro. Desde su embarque, surcando el Atlántico donde casi muere, hasta su
llegada a la Española (hoy República Dominicana) y los conflictos que entre los
propios hispanos se producen. Los Colón en el Nuevo mundo reclaman tierras,
títulos y soberanía versus una corona que, con poder político, trata de
contener las ambiciones desmesuradas del linaje del Almirante.
De
allí, a través de los canes, que son armas de guerra, vamos a presenciar en
menos de 20 años la expansión del dominio español tanto al norte (el actual
México y la Florida), y hacia el sur, a un reino que se conoce como Birú
y cuyas calles, se dice, están empedradas de oro. En ese contexto, la relación
perro-hombre es crucial para sobrevivir. No solo porque el can es el arma más
letal que tenga el soldado, sino porque será su guardaespaldas y salvavidas en
más de una ocasión; de allí que Tomás decide irse de la Española cuando, pacificado
el territorio, ordenan eliminar, por exceso de población, a todos los perros
(también servirán de comida en las épocas de hambruna).
Tomás
lo trata a Baldomero de don perro. Hay un respeto y aprecio al can que
sirve de arma y protección, como si se tratase de un compañero. De igual a
igual. Es más, el perro gana un salario, como si se tratase de un soldado.
Recibe su parte de las riquezas que van encontrando. Baldomero lo cuida contra
los naturales que en cualquier momento pueden atacar y contra sus propios
compañeros de armas, movidos por la ambición.
La
conquista del Nuevo mundo fue una empresa privada. Los reyes católicos “daban
en concesión” las tierras y riquezas que se encontrasen a cambio de un
porcentaje para la corona, el llamado quinto real; pero, el financiamiento era
privado. A cambio, el conquistador recibía títulos, monopolios comerciales y una
parte de las riquezas. Había socios capitalistas -fue el caso de Hernando de
Luque en la conquista del Perú- y otros que se encargaban de la acción
ejecutiva, como Pizarro y Almagro. Los porcentajes de ganancia que les tocaba a
uno y otro se establecían previamente en un contrato, descontando el quinto
real; claro, si la empresa llegaba a buen puerto, caso contrario se perdía el
dinero invertido, como sucede en toda actividad privada. Es lo que ahora se
conoce como capital de riesgo, donde la Corona -sin dinero y sin ejército
propio- solo aportaba la legitimidad real para entregar títulos y bienes a los
conquistadores.
Freyre
no tiene una visión negativa del conquistador. El autor siente empatía hacia
aquellos que llegaron a estas tierras. Vinieron por riquezas, es cierto, pero
se la jugaron hasta con la vida. Muchos se quedaron a morir acá por decisión
propia, otros, hecho algún dinero, regresaron a España. Vemos que no solo fue
heroísmo, sino saber acomodarse con el ganador en esa lucha por el poder que
surge entre los mismos españoles desde el descubrimiento. Un joven Francisco
Pizarro, quizás sin demasiadas letras, pero sí con bastante olfato político,
decide no seguir a Vasco Núñez de Balboa en su siguiente expedición que lo hará
descubrir el océano Pacífico, por las rencillas internas que tiene este con el
gobernador, el temido Pedrarias. El estar del lado del vencedor en la disputa
(Núñez de Balboa muere decapitado) le ganará la alcaldía de Panamá y el poder
hacer la empresa de conquistar las lejanas tierras del sur.
En
medio de esas ambiciones y luchas intestinas se va desarrollando la conquista
del Nuevo mundo. Asentada la potestad del rey en las Indias y eliminadas las
últimas sublevaciones de los conquistadores, los barcos que llegan a América ya
no traen tantos aventureros, sino funcionarios del rey, monjes y soldados que
irán conformando la burocracia del virreinato del Perú, que se extenderá a lo
largo de 300 años.
Es
cierto que el libro tiene algunos anacronismos, como usar el kilogramo como
unidad de medida de una pepa de oro encontrada, cuando recién se estandarizó en
el siglo XIX, más de tres siglos después de los hechos narrados en la novela.
Pero son detalles menores.
Tierra
de canes se deja leer
de un tirón. Novela de aventuras corta, de poco más de 220 páginas, nos
registra un episodio de nuestra historia que dará lugar al mestizaje de razas y
culturas, del cual, guste o no, somos herederos.
*Carlos
Enrique Freyre: Tierra de canes. Edición consultada: Alfaguara, 2025,
227 pp.