Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Los therians, aquellas personas
que se identifican con animales, deben mucho a la posmodernidad que se inició
más o menos en los años 70 del siglo pasado.
La
modernidad nace entre los siglos XV y XVI, se afianza con la ilustración
europea del XVIII, y recorre los siglos XIX y XX. Es la etapa histórica del
progreso humano. Se relaciona con las grandes tendencias de pensamientos
dominantes, los llamados “grandes relatos” (socialismo, liberalismo, el propio
cristianismo) que trataban de explicar el mundo y solucionar sus problemas,
cada uno con su recetario. Se debe a la modernidad la fe en la razón, el avance
de la ciencia y la tecnología, los derechos de la persona y la valoración de
los hechos objetivos (biología, clase social, nación, raza, etc.) que conducen
a una verdad demostrable.
Con
el cambio que se vive desde fines del siglo XX ciertos filósofos,
principalmente franceses, comienzan a cuestionar estos paradigmas. Se cuestionan
los “grandes relatos dominantes”, se da primacía al yo subjetivo sin importar
el hecho biológico concreto (ejemplo: un hombre se puede creer mujer, y pedir
que se le reconozca como tal, sin importar la base biológica), en el arte hay
una mezcla de géneros (en el cine su mejor representante es Quentin Tarantino),
se inventa un lenguaje inclusivo, se relativizan las culturas sin tener un
orden prioritario, así como un cuestionamiento profundo de las religiones y sus
prácticas, con un “dejar hacer” bastante flexible, aceptándose todas las
particularidades subjetivas que se pueden imaginar.
Lo
cierto es que los filósofos posmodernos creyeron que liberalizando al ser
humano de los grandes paradigmas y de la “tiranía de la verdad y de lo objetivo”,
daría lugar a expresiones más individuales y paso a las minorías de todo tipo
(racial, social, sexual, etc.). El wokismo, la ideología de género, el
lenguaje inclusivo, los derechos de las minorías sexuales, el matrimonio
igualitario, son hijos de la posmodernidad.
Estas
manifestaciones aparecen primero en Europa y EEUU y luego se expanden al mundo
de habla hispana. A diferencia del marxismo ortodoxo que se enfoca más en el
mundo económico, los posmodernos priorizan las manifestaciones culturales, y
sus banderas de reclamos principalmente son enarboladas por cierta izquierda,
configurando los llamados derechos posmateriales.
Dicho
sea, estos derechos o valores posmateriales se originan en los países
desarrollados, donde tienen cubiertas las necesidades básicas (vivienda,
alimentación salud, educación, etc.), buscando que el ser humano sea más libre
en su individualidad y pueda autoexpresar su yo más íntimo; muy diferente a las
sociedades del hemisferio sur, donde los derechos básicos de la persona apenas
están cubiertos y, en algunos casos, son inexistentes.
En
ese contexto de relativización y cuestionamiento de todo lo real, así como de
elegir la identidad sin importar el hecho biológico, es que aparecen los therians
-abreviación de therianthropy, que procede del griego therion
(bestia) y anthropos (ser humano)-, personas que se creen animales o
sienten tener un fuerte vínculo anímico y espiritual con un animal determinado.
El
sustento filosófico de los therians es posmoderno: existe un
cuestionamiento de la condición objetiva de persona y de la escala evolutiva, así
como un privilegio del yo subjetivo al creerse animal. Siguiendo a Derrida (uno
de los filósofos posmodernos), rompen los diques con la realidad.
Todos
estos fenómenos son netamente subjetivos. El creerse mujer sin serlo
biológicamente, el creerse animal o el creerse una piedra no se condice con la
verificación objetiva biológica. No es obligatorio demostrar la condición, ni pasar
por un tamiz de certeza. Basta con sentirlo. En muchos países ya han
ganado ciertos derechos y prerrogativas particulares (baño especial en lugares
públicos, opción de elegir el género en los documentos de identidad, respeto a
su creencia subjetiva, acceso a centros de estudio y trabajo en igualdad de
condiciones, aceptación a la par de todas las culturas, el matrimonio entre
personas del mismo sexo).
Uno
de los problemas de la subjetividad llevada al extremo es que rompe la
condición universal de ser humano. La humanidad se fragmenta en mil particularidades
subjetivas que reclaman sus propios derechos y que dependen solo del deseo u
opinión de la persona sin importar el factor objetivo. Están ausentes los
grandes paradigmas que han guiado a la humanidad y que la han tratado de
unificar y, más bien, cada particularidad crea su propio relato o génesis.
La
idea inicial de los posmodernos era que convivan en su diversidad grupos
humanos distintos y afianzar así la libertad del hombre y la democracia,
liberalizándolo de los “grandes relatos”. En los hechos no sucedió como lo
pensaron, más bien se estableció un “sistema de tribus”, donde cada grupo se
ocupa de lo suyo sin importar los demás; y, de existir disconformidad de unos
con otros, se aplica la cultura de la cancelación y se impone verticalmente las
creencias e ideas propias de un grupo sobre los demás, como sucede con los wokes.
Ya no es necesario quemar en la hoguera al adversario como en el medioevo,
ahora solo basta excluirlo de las actividades laborales, académicas y
culturales. El ostracismo en vida. Prevalece el nosotros tenemos razón y
ellos no la tienen.
Frente
a este panorama, no es extraño que cada grupo identitario reclame al estado
derechos particulares, relacionados con su sentir o hacer propio. Es decir,
ciertos valores morales particulares exigen ser convertidos en derecho, en
norma jurídica. Un therian podría solicitar casarse con un animal porque
él se siente de esa especie o si de repente al otro día se siente un peluche,
casarse con uno igual. O, como es noticia reciente, un hombre ha pedido
autorización para contraer matrimonio con su robot. Parece descabellado, pero
podemos llegar a ese nivel y habrá políticos que por ganar votos acepten sus
demandas, convirtiéndolas en ley.
Por
cierto, no se trata de prohibir lo subjetivo, sino que no se escape de ese yo
íntimo, ni afecte a terceros o se quiera imponer la visión e intereses de un
grupo a otros, o exigir al estado demandas particulares que afectarían a la
universalidad de la condición de ser humano. Es hilar fino entre lo público y
lo extremadamente privado.
El
movimiento de los therians no es reciente, por lo menos en el mundo
anglosajón data de los años 90, con comunidades virtuales y reuniones
periódicas de sus integrantes. De allí, saltó al mundo hispano, sintiéndose
mayor presencia en España, México, Argentina y Chile. Pero, a diferencia de los
therians del mundo anglo, donde también hay adultos, entre los hispanos
mayormente es un movimiento de jóvenes, quizás porque por acá es de reciente
data.
A
nivel filosófico, en los últimos años esta relativización y subjetividad
llevada al paroxismo ha traído como reacción el regreso a la realidad objetiva
y la verificación de los hechos, más allá de las subjetividades que cada
individuo puede tener. Se busca retornar a los hechos objetivos, demostrables,
que determinan un aspecto de la realidad.
Como
señalaba Karl Popper, falseando las hipótesis, sometiendo las teorías a
pruebas rigurosas es que avanza la ciencia. La primacía de lo objetivo y demostrable
sobre las subjetividades particulares sin sustento científico. Yo me puedo
creer gato y hasta sentirme gato, pero si científicamente no lo
demuestro queda solo en un deseo de mi yo subjetivo. Menos podría exigir al
estado “derechos” por mi nueva condición felina.
¿Los
therians serán una moda pasajera? Eso solo el tiempo lo va a determinar;
por el momento, si tiene un hijo joven, acostúmbrese a que se crea gato, perro,
chancho o zorro. Es hijo de la posmodernidad.