Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
La primera impresión del regreso de la
derecha es que se trataría de un corsi e ricorsi producto del pobre
desempeño de la izquierda en América Latina. El elector “castiga” votando por
los contrarios. Se debe entender donde hay elecciones libres todavía. No es el
caso de Cuba, Nicaragua, Venezuela o el propio México, donde el partido de
gobierno, Morena, cada vez se parece más en las mañas electorales al PRI.
En
términos generales (cada país tiene sus características propias) fue el pobre
desempeño en el continente de la izquierda en políticas públicas. Usualmente,
cuando llega al poder la izquierda comienza a implementar una serie de
políticas públicas relacionadas con bonos, subsidios, aumento de burocracia y
sueldos en el estado, control de precios y del tipo de cambio, subida de
aranceles a productos extranjeros, etc., amén de servicios como educación y
salud que desbordan toda posibilidad de financiamiento. En algunos casos puede
llegar a expropiaciones de empresas privadas, como en Venezuela o en Bolivia,
lo que se traduce en mayor gasto público y aumento del déficit fiscal, corrupción
generalizada, agotamiento de las reservas internacionales, inflación y
depreciación de la moneda local.
Descontando
la tragedia de la Venezuela chavista, con una diáspora de nueve millones de
nacionales en el exilio, el caso más emblemático en la región de políticas
públicas fallidas es Bolivia, donde vivieron una aparente bonanza gracias al
gas natural y luego se quedaron sin gas, sin recursos y sin divisas, a tal
punto que en la zona fronteriza con Perú todo se negocia en soles, por repudio
a la moneda local, el peso. Actualmente, algunos analistas consideran al país
altiplánico como un estado fallido
La
moraleja es que gastar los recursos que son limitados, trae una aparente sensación
de prosperidad, pero luego el país debe pagar la factura y esta es bastante
elevada.
El
otro aspecto es la economía informal. Ya está superando el 50% en muchos países
de la región (entre nosotros supera el 70%). Comenzó como “un emprendimiento de
los pobres” frente a las limitaciones de la economía formal para absorber mano
de obra; pero, ahora abarca también la economía ilegal, como la explotación del
oro y recursos mineros sin la necesaria protección al medioambiente y a la
seguridad de los trabajadores. No existe Seguro Social, ni jubilación para los
que trabajan en la informalidad, y las autoridades son impotentes o se
encuentran compradas, incluyendo congresistas a los que financian campañas
electorales. En México tienen autoridades, literalmente, trabajando para el
narco. Ni que decir del gobierno o el parlamento federal. Algo similar se
repite en otros países donde la izquierda ha hecho una alianza con las
economías ilegales a cambio de financiamiento y apoyo político. Entre nosotros,
en Perú, también se está produciendo el mismo fenómeno.
Y
el tercero y no menos importante es la seguridad ciudadana y el crimen
organizado. La izquierda se ha visto imposibilitada de manejar el tema, sobre
todo por una cuestión ideológica. Ven al delincuente como consecuencia de la
falta de oportunidades en el sistema capitalista para los sectores menos favorecidos,
por lo que no les queda otra que robar. Es la visión romántica, muy del siglo
XIX, que obvia que actualmente el crimen es una gran empresa que mueve miles de
millones de dólares, que blanquea capitales, abre empresas formales de fachada,
compra autoridades, elige congresistas y hasta presidentes. Ya no es el pobre
que roba un pan por necesidad. Actualmente el crimen organizado asola a muchas
ciudades de América Latina y frente a la debilidad de la izquierda en resolver
el problema, la ciudadanía opta por la “mano dura” que ofrece la derecha:
juzgamientos exprés, altas penas, cárceles de alta seguridad, elevada
discrecionalidad de las fuerzas del orden para usar armas de fuego, juzgamiento
en fueros especiales, etc.
El
ciudadano prefiere tener orden y seguridad, sin importar demasiado la libertad
o los ddhh del delincuente, y opta por las soluciones más expeditivas de la
derecha.
Si
bien la idea ya no tiene el atractivo de antes, súmese a ello la obsesión
de la izquierda por una asamblea constituyente y una nueva constitución
política. El caso chileno fue el último intento en la región, donde se pasaron
tres años discutiendo entre proyecto y proyecto, gastando millones del
presupuesto público y sin conseguir ningún resultado. En Perú, el partido
perdedor de izquierda también tenía en su programa de gobierno una refundación
nacional y convocatoria a una asamblea constituyente que apruebe una nueva
constitución. Nueva constitución que permita la reelección indefinida del
presidente de la república, el sometimiento de los otros poderes del estado y
la estatización de la economía a la venezolana.
Todo ello debemos colocarlo en el contexto
de la nueva doctrina Monroe impuesta por Trump (ver https://laescenacontemporanea.blogspot.com/2025/12/la-doctrina-monroe-regresa.html) donde se vuelve a mirar América Latina
como el patio trasero de los Estados Unidos. Trump, por supuesto, apoya los
gobiernos de derecha; aunque habría que medir que tan efectivo es ese apoyo. En
Perú, la lideresa de derecha Keiko Fujimori no pidió un apoyo explícito a Trump
ni tomarse una foto juntos, usual en los candidatos de derecha como un respaldo
simbólico, y ganó -por estrecho margen- la elección.
Son
algunos de los aspectos por los que el elector ha virado a la derecha. Es como
un mercado donde “se compra” (se elige) entre dos opciones, y si no convence
una, se decide por la otra. No significa que sea algo permanente. Todo depende
que tan bien lo haga la derecha en el poder. En Argentina, por ejemplo, los
libertarios de Milei tienen problemas para hacer andar la economía, aparte de
los escándalos financieros de su entorno más cercano, por lo que ya se escuchan
críticas. No sabemos si ganen los peronistas en la próxima elección. En Bolivia
está en veremos si Rodrigo Paz logra completar su período de gobierno. En
Chile, Kast ya está teniendo problemas con la promesa de “expulsión” de los
migrantes venezolanos y solucionar el crimen organizado en su país.
A
ello se suma que, sean gobiernos de derecha o de izquierda, tienen el reto de
la empleabilidad de jóvenes frente a una IA que cada vez reduce más puestos de
trabajo. Vamos a tener en el continente jóvenes titulados, muchos de buenas
universidades, pero carentes de una oportunidad laboral. Estaríamos frente a
desempleados sin haber trabajado nunca.