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Sunday, March 15, 2026

ADIÓS A ALFREDO BRYCE

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107 


Con la partida de Alfredo Bryce Echenique se va el último grande de la literatura peruana. Si bien sus primeras publicaciones datan de fines de los años 60 (el libro de cuentos Huerto cerrado, 1968), su consolidación se produce en los 70; de allí que pertenece al llamado posboom, los sucesores que publican al calor y posterior a los escritores del boom, como fueron Manuel Puig, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, el propio Bryce, entre otros. Abandonan las novelas totales de sus predecesores, incursionan en el intimismo y algunos en el terreno, en ese entonces pedregoso, de las opciones sexuales minoritarias. Será la última generación de escritores americanos en lengua castellana que gozarán de renombre internacional, con tirajes masivos, libros vendidos en distintos países y traducciones simultáneas a otras lenguas.

En nuestro país, con escritores realistas “serios”, Bryce llamó la atención por el desenfado, el uso de la oralidad y el humor en su prosa, y fue motivo de estudios literarios en su momento. Contar con humor una novela no estaba reñido con la calidad. Sus mejores obras son las publicadas entre las décadas del 70 y 80 del siglo pasado, luego, salvo uno que otro título, “se muerde la cola”, se vuelve repetitivo. Su mejor novela: Un mundo para Julius (1970), sobre la extinta oligarquía vista a través de los ojos de un niño y que, valgan verdades, la usó como propaganda ideológica el gobierno militar reformista de ese entonces y, por desgracia, sufrió también una regular adaptación al cine. Le sigue en importancia La vida exagerada de Martín Romaña (1981), una visión risueña y melancólica de su experiencia europea, sobre todo del Mayo francés.

 

Se opuso públicamente a la aspiración presidencial de Mario Vargas Llosa en 1990, lo que se consideró como una “herejía” en la derecha que apoyaba al escritor y un enfriamiento de su amistad. Muchos creían que era por su izquierdismo y quizás eso influyó, pero tenía razón. Creo que el propio Nobel se dio cuenta de lo descabellada que fue su aventura política y los sinsabores que le iba a traer la presidencia en un país tan complejo como el Perú.

 

No se puede olvidar un suceso desagradable de su trayectoria intelectual: la acusación de plagio a inicios de siglo de unos artículos publicados originalmente en medios españoles y que luego, en un periódico local, Bryce los suscribía con su firma. En una época donde el internet estaba en pañales, pasó desapercibido una temporada, hasta que alguien perspicaz reparó en la copia con puntos y comas. Si bien negó reiteradamente el plagio pese a las abrumadoras evidencias, el incidente quedó registrado y creo nunca más volvió a cometer tamaño desaguisado.

 

En los últimos años, al parecer, gozó de las mieles de la fama. Reconocimientos, actividades culturales en su nombre, en fin, parte de la trayectoria de una vaca sagrada.

 

Era una persona que traslucía timidez, bonhomía, sencillez, y quizás por eso era un tipo querible como Ribeyro, aunque con sus manías inglesas como refieren sus más cercanos amigos. Esperemos algún editor se anime a publicar sus obras completas. Hay crónicas de los años 70 como A ojo de buen cubero tan hilarantes como sus primeros libros y que son inencontrables en la actualidad. Merece la pena revisitar su producción literaria, con él se va el último escritor vivo nacional interesante y ahora, salvo algunas contadas excepciones (pienso sobre todo en Rafael Dumett), se percibe en el ambiente literario una sequedad en cuanto a calidad artística. Descansa en paz.