Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Se están yendo los últimos grandes. En
Marzo, Alfredo Bryce, y ahora, en Abril, en el periodismo, el querido Chema
Salcedo.
De
origen vasco, los padres huyen de la pobreza de la España franquista. Creyente
convencido, lo dice su militancia. De joven en las filas de la Democracia
Cristiana y de adulto en el Partido Socialista Revolucionario, el único partido
de la izquierda de ese entonces que no tenía un ideario marxista. El Chema
era un cristiano suscrito a la opción por los pobres, creyentes más que en Marx
en la Teología de la Liberación.
En
realidad no fue un periodista, sino alguien muy creativo que encontró en el
periodismo la manera de expresar esa desbordante creatividad. Era multidiverso.
Parecía un hombre del renacimiento: guionista, actor, director de cine,
escritor y, claro, periodista. Estudiante de Derecho en la Católica y abogado
en ejercicio por apenas dos años, se dio cuenta que la profesión encorsetaba su
imaginación entre demandas, pedidos y audiencias. De seguir, de repente, habría
sido un abogado más, de esos que hay por ahí.
Fue
el periodismo lo que encauzó su vida y salvó su futuro. La estatización de los
periódicos en 1974 le dio la oportunidad de ingresar al diario La prensa,
donde ya era asesor jurídico de la comunidad laboral. Era la época de las
grandes salas de redacción, con máquinas de escribir ruidosas, cigarrillos
prendidos en cada boca y periodistas que leían a los clásicos y, algunos, hasta
los recitaban de memoria, de cervezas al final de la jornada, y, de haber
plata, se terminaba en algún burdel del centro de Lima. Eran autodidactas. No
tenían el “cartón” de periodistas, pero la experiencia y la raza los formaba.
Luego
vienen todos los proyectos que lo vimos realizar. Proyectos que respiraban
empatía con el prójimo, de allí su carisma y popularidad que se vio muy bien reflejada
en la radio, en los largos años en RPP. Se interesaba auténticamente por la
gente, sobre todo por la gente de a pie. De allí que era un tipo querible, a
pesar que no lo conocieras.
Algo
que no se dice en su semblanza es que en los 70 viene la experiencia del Diario
de Marka, un periódico netamente de izquierda, donde el Chema funge
de director y escribe sus mejores crónicas en el suplemento dominical El
Caballo Rojo. Luego llegan los años negros donde Sendero Luminoso toma el
control del diario, se publica la célebre “entrevista del siglo” a Abimael
Guzmán. Salcedo, tengo entendido, todavía se encuentra como director del
periódico hasta cierto momento en que se retira. Fue la última experiencia en estas
tierras de un periódico socialista, con gran acogida de público y un suplemento
cultural digno de los mejores diarios de Europa.
La
masacre de Uchuraccay (donde fueron asesinados varios periodistas de Marka)
y el terrorismo, van a sellar su trayectoria en los 80. Creo que fue un
parteaguas de su condición vital.
Si
bien no fue un político en ejercicio, llevaba la política en las venas desde
muy joven. Me parece que la única candidatura fue para alcalde de Miraflores
por Izquierda Unida, cuando la izquierda representaba a un tercio de los
electores. No entendía la política como un provecho personal, sino como una
entrega al bien común de todos. Por cierto, quedó segundo en la elección, solo
detrás del, por entonces, apitucado PPC.
Y,
en los 90, otra colaboración con el poder: apoya la campaña de Fujimori y
escribe unos folletos a su favor entre primera y segunda vuelta. Claro, era
darle la contra a la campaña de Mario Vargas Llosa que para la izquierda
representaba la reacción conservadora. Como gran parte de la zurda en ese
entonces, ocupó puestos clave en la administración pública, como presidente del
IRTP. Llevó gente de talento al canal del estado, algo raro de ver el día de
hoy.
Nunca
cayó en el fanatismo ni la caza de brujas de un sector de la izquierda que,
caído el gobierno de Alberto Fujimori, buscaba solo culpar a los militares y
policías en la lucha contra el terrorismo y, sincerémonos, estaban a la caza de
las jugosas indemnizaciones que el estado debía pagar a las víctimas. En ese
mercado persa en que se convirtieron los derechos humanos en el Perú, el Chema
tuvo una actitud digna y discrepante.
En
los últimos años quizás estuvo algo desencantado de la izquierda, pero su
corazón seguía siendo fiel a sus ideas de juventud. Lo que no se dice es que cuando
sus compañeros de ruta le dan la espalda en la enfermedad, en esos últimos
años, fue Phillip Butters, alguien de derecha, quien le da trabajo. Se dio
cuenta que detrás de ese hombre, ahora demacrado y castigado por la enfermedad,
había un periodista de raza. Lo escucharemos, al final de su vida, en la radio
PBO, ya con un cáncer extendido y al que la muerte acechaba hacía buen tiempo.
Como
sucede con muchos buenos periodistas, su obra desaparece el día que se publica.
Es difícil rescatarla, habría que hacer una arqueología y sumergirse en los
diarios de hace cincuenta años, algunos de difícil acceso. Si eso no se hace
con los escritores muertos (salvo que la viuda o los hijos publiquen las
obras), menos con los periodistas, a pesar de tener algunos, como el Chema
Salcedo, más calidad literaria y humana que muchos escritores.
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