Sunday, February 08, 2026

CÓMO NACE UN ARTÍCULO DE OPINIÓN: DE LA IDEA A LA VERSIÓN FINAL

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Todo comienza con una idea y un tema que me atraiga. No necesariamente de actualidad, ni temas de lo “políticamente correcto”. Es un tema que, como dirían los españoles, me nazca de los cojones. Ahí estarán mis filias y mis fobias, algunas veces bastante visibles y otras, medio ocultas. Por lo común, mis “obsesiones” giran en torno a cine, literatura (mi gran vocación frustrada), casi siempre en ensayo o novela, política, y derecho y economía. En política me atraen más las grandes tendencias, hacia dónde va la democracia y el mundo (que, por cierto, no es nada halagüeño). Últimamente escribo muy poco de coyuntura actual. Tampoco escribo temas para “complacer al lector” o tener una buena cantidad de likes. Eso no me interesa.

 

El artículo de opinión se encuentra más cerca del ensayo que del artículo periodístico. Su nombre lo dice todo: es opinar argumentadamente sobre un tema determinado. Es tomar posición y, de ser necesario, ir contra la corriente. Es ser auténtico, informarte bien del tema y leer mucho. Difícilmente se podrá hacer un artículo de opinión sin tener un bagaje de lecturas.

 

Una vez que tengo la idea, bosquejo mentalmente el tema. No hago esquemas de cómo será el artículo, a lo sumo, a veces, apunto algunas ideas en papel. La primera versión la escribo de frente en el procesador de texto. Es la etapa más angustiosa e inquietante. Desconozco cómo será lo que salga. La escribo “de un tirón”. Lo fecho y, si no es urgente, lo dejo “macerar”, es decir dejo que pase el tiempo y surta sus efectos benéficos.

 

Como soy más diurno que nocturno, generalmente escribo cuando todavía no ha aclarado la mañana, reina el silencio y apenas se escucha un gato techero a lo lejos. Es importante tener una buena iluminación y haber desayunado adecuadamente. La mañana empieza con un buen café con leche, café pasado, bien negro y de sabor fuerte. Sin energías es difícil que ande tú cerebro.

 

La primera versión del artículo estará sujeta a infinidad de cambios. La imprimo y la voy corrigiendo. Por lo general la tercera versión es la definitiva. Del original, a veces, ya no queda nada. Es raro que a la primera quede listo para publicar. Me ha ocurrido en muy pocas oportunidades, donde apenas le cambié una que otra palabra antes de subirlo. Aconteció con el homenaje a María Elena Moyano por el 20° aniversario de su muerte, Querrán matarla y no podrán matarla, título que aludía a un conocido poema de Alejandro Romualdo (aunque, visto a la distancia, creo que lo volvería a reescribir). No la llegué a conocer personalmente. En 1992, cuando fue asesinada, ya estaba apartado de la izquierda; pero, admiré el valor que tuvo al enfrentar a Sendero Luminoso, cuando otros, en la “izquierda legal”, mantenían posiciones bastante ambiguas frente al terror.

 

 También es poco común hacer más de tres versiones de un artículo. La excepción fue El nacionalpopulismo, que me demandó hasta diez versiones distintas, con un sinnúmero de cambios, debido a que la redacción final no me convencía. Era un comentario con anotaciones personales del libro del mismo título de Roger Eatwell y Matthew Goodwin que aborda el fenómeno del populismo conservador que se expande sobre Europa y los Estados Unidos. Me demoró sobre todo para aplicar los principios de los autores a la segunda administración de Trump (el libro se centra en la primera y el Brexit inglés) que, al inicio, parecía bastante caótica, y encontrar cierta lógica en ese aparente caos.  Recuerdo que lo escribí en Febrero de ese año y recién pude subirlo en Julio, por las múltiples correcciones que tuvo.

 

Si bien soy un perfeccionista (supongo que fruto de alguna neurosis que adquirí de niño), no por ello dejo de poner fechas límite a lo que publico. Eso lo aprendí del maestro Carlos Eduardo Zavaleta, porque si no -como me advirtió-, nos pasaríamos eternamente corrigiendo el escrito. Es un consejo que cumplo al pie de la letra.

 

La corrección es “lo más rico”. La hago bastante relajado. Ya no sufres la angustia de cuando escribes la primera versión con la hoja en blanco. Corrijo con lapicero rojo para contrastar con el color negro de la impresión. Reviso y vuelvo a revisar. Lo imprimo de nuevo y lo vuelvo a revisar. A veces, he garabateado tanto el borrador de la versión impresa, añadiendo o tachando que, por “mi letra de médico”, debo tener paciencia de santo para saber qué añadí o corregí de puño y letra.

 

La parte formal tampoco se me escapa. Si bien trato que el estilo sea directo y que cualquier persona lo entienda (como me digo “que te entienda hasta un niño de cinco años”), lo que me viene de mi condición docente, ello no quita que revise si encuentro repeticiones, cacofonías, gazapos (que muchas veces se me escapan), y que el tono, la tensión y el ritmo sean los adecuados. Las oraciones y párrafos son cortos para no saturar a un lector medio. En las versiones finales, antes de publicarlo, lo reviso en voz alta para oír “cómo suena”. Más de un lector habrá advertido que uso “trucos” provenientes de la literatura de ficción.

 

Cuando veo que ya no hay más que decir o más que corregir, lo publico. ¿Cómo lo sé? Es un presentimiento. Algo que viene de las entrañas. Publico los días domingo de cada semana. No por cábala, sino porque en otras épocas paraba saturado los otros días, por lo que domingo era un día tranquilo para publicar. Antes de subirlo le doy las últimas revisadas, alguna palabra que se cambia o suprime. Fecho también el día de la publicación y, una vez subido, lo guardo en mi archivo personal que se encuentra clasificado por temas. Lo archivo tanto en la PC como en un disco duro externo. No confío mucho en “la nube”, por lo menos para lo más importante. 

 

Ya publicado el artículo, es raro que lo vuelva a leer, y me concentro en el siguiente (por lo general tengo más de uno en “lista de espera”).

 

Suscribiendo la conocida receta clásica, puedo decir que un diez por ciento es inspiración y un noventa por ciento traspiración, sudor, trabajo duro y disciplinado. Y tener en cuenta que la escritura es un arte solitario (y silencioso), donde estás solo frente a la computadora o la hoja en blanco. Tú con tus fantasmas, tus obsesiones o como quieras llamarlo. Es una lucha agónica contra ti mismo, en la cual te mides con tus habilidades, experiencia, fortalezas y flaquezas. Y, por supuesto, te tiene que gustar, como todo lo que se hace en la vida que valga la pena.

 

Aunque, soy consciente que más pronto que tarde la inteligencia artificial hará textos de escritura creativa mejores que los preparados por un humano (ahora ya los hace, pero son impersonales), desde artículos de opinión, pasando por sentidos poemas hasta novelas complejas. Todo esto que hemos conversado sobre el encanto de escribir será cosa del pasado.

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