Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Todo comienza con una idea y un tema que
me atraiga. No necesariamente de actualidad, ni temas de lo “políticamente
correcto”. Es un tema que, como dirían los españoles, me nazca de los
cojones. Ahí estarán mis filias y mis fobias, algunas veces bastante
visibles y otras, medio ocultas. Por lo común, mis “obsesiones” giran en torno
a cine, literatura (mi gran vocación frustrada), casi siempre en ensayo o
novela, política, y derecho y economía. En política me atraen más las grandes
tendencias, hacia dónde va la democracia y el mundo (que, por cierto, no es
nada halagüeño). Últimamente escribo muy poco de coyuntura actual. Tampoco
escribo temas para “complacer al lector” o tener una buena cantidad de likes.
Eso no me interesa.
El
artículo de opinión se encuentra más cerca del ensayo que del artículo
periodístico. Su nombre lo dice todo: es opinar argumentadamente sobre un tema
determinado. Es tomar posición y, de ser necesario, ir contra la corriente. Es
ser auténtico, informarte bien del tema y leer mucho. Difícilmente se podrá
hacer un artículo de opinión sin tener un bagaje de lecturas.
Una
vez que tengo la idea, bosquejo mentalmente el tema. No hago esquemas de cómo
será el artículo, a lo sumo, a veces, apunto algunas ideas en papel. La primera
versión la escribo de frente en el procesador de texto. Es la etapa más
angustiosa e inquietante. Desconozco cómo será lo que salga. La escribo “de un
tirón”. Lo fecho y, si no es urgente, lo dejo “macerar”, es decir dejo que pase
el tiempo y surta sus efectos benéficos.
Como
soy más diurno que nocturno, generalmente escribo cuando todavía no ha aclarado
la mañana, reina el silencio y apenas se escucha un gato techero a lo lejos. Es
importante tener una buena iluminación y haber desayunado adecuadamente. La
mañana empieza con un buen café con leche, café pasado, bien negro y de sabor
fuerte. Sin energías es difícil que ande tú cerebro.
La
primera versión del artículo estará sujeta a infinidad de cambios. La imprimo y
la voy corrigiendo. Por lo general la tercera versión es la definitiva. Del
original, a veces, ya no queda nada. Es raro que a la primera quede listo para
publicar. Me ha ocurrido en muy pocas oportunidades, donde apenas le cambié una
que otra palabra antes de subirlo. Aconteció con el homenaje a María Elena
Moyano por el 20° aniversario de su muerte, Querrán matarla y no podrán
matarla, título que aludía a un conocido poema de Alejandro Romualdo
(aunque, visto a la distancia, creo que lo volvería a reescribir). No la llegué
a conocer personalmente. En 1992, cuando fue asesinada, ya estaba apartado de
la izquierda; pero, admiré el valor que tuvo al enfrentar a Sendero Luminoso,
cuando otros, en la “izquierda legal”, mantenían posiciones bastante ambiguas
frente al terror.
También es poco común hacer más de tres
versiones de un artículo. La excepción fue El nacionalpopulismo, que me
demandó hasta diez versiones distintas, con un sinnúmero de cambios, debido a
que la redacción final no me convencía. Era un comentario con anotaciones
personales del libro del mismo título de Roger Eatwell y Matthew Goodwin que
aborda el fenómeno del populismo conservador que se expande sobre Europa y los
Estados Unidos. Me demoró sobre todo para aplicar los principios de los autores
a la segunda administración de Trump (el libro se centra en la primera y el
Brexit inglés) que, al inicio, parecía bastante caótica, y encontrar cierta
lógica en ese aparente caos. Recuerdo
que lo escribí en Febrero de ese año y recién pude subirlo en Julio, por las
múltiples correcciones que tuvo.
Si
bien soy un perfeccionista (supongo que fruto de alguna neurosis que adquirí de
niño), no por ello dejo de poner fechas límite a lo que publico. Eso lo aprendí
del maestro Carlos Eduardo Zavaleta, porque si no -como me advirtió-, nos pasaríamos
eternamente corrigiendo el escrito. Es un consejo que cumplo al pie de la
letra.
La
corrección es “lo más rico”. La hago bastante relajado. Ya no sufres la
angustia de cuando escribes la primera versión con la hoja en blanco. Corrijo
con lapicero rojo para contrastar con el color negro de la impresión. Reviso y
vuelvo a revisar. Lo imprimo de nuevo y lo vuelvo a revisar. A veces, he
garabateado tanto el borrador de la versión impresa, añadiendo o tachando que,
por “mi letra de médico”, debo tener paciencia de santo para saber qué añadí o
corregí de puño y letra.
La
parte formal tampoco se me escapa. Si bien trato que el estilo sea directo y
que cualquier persona lo entienda (como me digo “que te entienda hasta un niño
de cinco años”), lo que me viene de mi condición docente, ello no quita que
revise si encuentro repeticiones, cacofonías, gazapos (que muchas veces se me
escapan), y que el tono, la tensión y el ritmo sean los adecuados. Las
oraciones y párrafos son cortos para no saturar a un lector medio. En las
versiones finales, antes de publicarlo, lo reviso en voz alta para oír “cómo
suena”. Más de un lector habrá advertido que uso “trucos” provenientes de la
literatura de ficción.
Cuando
veo que ya no hay más que decir o más que corregir, lo publico. ¿Cómo lo sé? Es
un presentimiento. Algo que viene de las entrañas. Publico los días domingo de
cada semana. No por cábala, sino porque en otras épocas paraba saturado los otros
días, por lo que domingo era un día tranquilo para publicar. Antes de subirlo
le doy las últimas revisadas, alguna palabra que se cambia o suprime. Fecho
también el día de la publicación y, una vez subido, lo guardo en mi archivo
personal que se encuentra clasificado por temas. Lo archivo tanto en la PC como
en un disco duro externo. No confío mucho en “la nube”, por lo menos para lo más
importante.
Ya
publicado el artículo, es raro que lo vuelva a leer, y me concentro en el
siguiente (por lo general tengo más de uno en “lista de espera”).
Suscribiendo
la conocida receta clásica, puedo decir que un diez por ciento es inspiración y
un noventa por ciento traspiración, sudor, trabajo duro y disciplinado. Y tener
en cuenta que la escritura es un arte solitario (y silencioso), donde estás
solo frente a la computadora o la hoja en blanco. Tú con tus fantasmas, tus
obsesiones o como quieras llamarlo. Es una lucha agónica contra ti mismo, en la
cual te mides con tus habilidades, experiencia, fortalezas y flaquezas. Y, por
supuesto, te tiene que gustar, como todo lo que se hace en la vida que valga la
pena.
Aunque,
soy consciente que más pronto que tarde la inteligencia artificial hará textos
de escritura creativa mejores que los preparados por un humano (ahora ya los hace,
pero son impersonales), desde artículos de opinión, pasando por sentidos poemas
hasta novelas complejas. Todo esto que hemos conversado sobre el encanto de
escribir será cosa del pasado.