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Sunday, February 22, 2026

¿SOMOS UNA REPÚBLICA PARLAMENTARIA?

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Bueno, en los hechos creo que vamos hacia allá. Y no es necesariamente malo. No es tampoco una “dictadura congresal”, sino que en el pulseo por el poder en los últimos años entre el Legislativo y el Ejecutivo, va ganando el primero.

 

Ha tenido que ver con la crisis de la institucionalidad democrática desde, por lo menos, el 2016 en adelante, la forma en que se han resuelto estas crisis, reflejándose en que los presidentes de los últimos dos períodos no hayan completado su mandato y la sucesión fuera continuada con los vicepresidentes y luego el presidente del congreso. En total, llevamos 9 presidentes (incluyendo interinos) que han estado en el cargo en promedio 13 meses cada uno.

 

Más allá del “estudio de caso” de nuestra política y de la comidilla internacional que sibilinamente nos ha calificado de estado fallido y “república bananera”, existe una crisis institucional que no se puede negar y que está siendo resuelta con el empoderamiento cada vez mayor del legislativo. Y, posiblemente, en el próximo período presidencial las crisis se repitan. Más importante que conocer quién será el presidente, es saber cómo se distribuirán las fuerzas políticas en el parlamento. Son los que en última instancia decidirán si se queda o se va.

 

A ello se suma las supercompetencias que tendrá el Senado a partir de 2026 y la necesidad que los partidos políticos en el Congreso tengan un número mínimo de legisladores para mantener su inscripción. Muchos serán los llamados, pocos los elegidos.

 

Si se quiere, vamos a una italianización del poder con sabor nacional; y una economía que sigue su camino en cuerda separada, sin hacer mucho caso de las crisis políticas, aunque estas últimas están afectando un mayor crecimiento.

 

Como decía líneas arriba, no es malo en si que vayamos a una suerte de república parlamentaria. El modelo presidencial o semipresidencial no estuvo exento de problemas. Antes, las crisis se resolvían con los golpes de estado por militares, eran el fiel de la balanza. Ahora se resuelven por medio de vacancias y censuras. Pero, crisis hemos tenido en el pasado y algunas bastante fuertes.

 

Y querer mantener el presidencialismo porque es parte de una “tradición jurídica” es como querer mantener la esclavitud porque ha sido parte inherente del trabajo gratuito de la humanidad por milenios. En más de una ocasión el presidente de la república llegaba “arañando” al fin de su periodo, en otras, con mayor muñeca política, conseguía alianzas fuera de su partido para mantenerse en el poder.

 

Existen salidas más sensatas como rebajar los años del mandato presidencial, de 5 a 4 años, la posibilidad que una sola vez se pueda reelegir el presidente, la elección en fecha distinta del parlamento, su renovación por tercios o mitades, etc. Aunque personalmente me inclinaría por la salida parlamentaria. Que el jefe de gobierno surja del consenso en el Legislativo y el presidente de la república, como jefe de estado, represente a la nación, y en crisis graves sea una suerte de árbitro para la formación de gobierno. Es sincerarnos a una realidad que ya se encuentra entre nosotros.

 

Claro, para ello debemos contar con partidos políticos fuertes, no remedos de partidos como los existentes, donde sus líderes solo se afanan en buscar prebendas en el estado por apoyo político, sin visión a largo plazo. Esta crisis de los partidos lleva más de treinta años, normalizándose la situación que estamos presenciando.

 

Por cierto, la cuestión de si el presidente del congreso en ejercicio de funciones ejecutivas debe ser vacado o censurado por sus pares, dependerá mucho de la interpretación que se de en uno u otro sentido. Por su origen (es un congresista) la censura es el medio idóneo. Se le censura en calidad de parlamentario y por defecto deja de ejercer las funciones ejecutivas encargadas y vuelve a su escaño. El congresista censurado nunca dejó de ser un parlamentario. Si lo interpretamos desde el ejercicio del cargo, sería la vacancia, sin importar si el ejercicio de funciones presidenciales fue asumido o no por elección popular. Ambos, censura o vacancia, tienen procedimientos y mayorías calificadas diferentes.

 

Sería recomendable que por lo menos en el Reglamento del Congreso se aclare el asunto y se precise si el presidente del congreso que asume funciones ejecutivas es un presidente interino o encargado. Los matices son válidos porque de ser interino en el cargo no tendría los mismos derechos y prerrogativas que un presidente elegido por elección popular.

 

Mientras tanto, dependerá mucho cómo se elija a los futuros congresistas y que tan responsablemente asuman el poder que se les otorga. Pero, crisis vamos a tener. De ello no quepa la menor duda.

Sunday, October 12, 2025

EL DINOSAURIO TODAVÍA ESTABA ALLÍ

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


        Cité la célebre frase de Augusto Monterroso para aludir que, a pesar de la vacancia de Dina Boluarte, los problemas del país seguirán allí. Las extorsiones, sicariato, economías ilegales, pago de cupos, seguirán y posiblemente se agraven en los próximos meses. Es entendible la rabia y frustración de muchos honestos ciudadanos y la ilusión que, con el nuevo presidente, la criminalidad y las extorsiones sean cosa del pasado. Pero, no hay nada de que alegrarse ni nada que celebrar. La salida de Boluarte es únicamente política. Los mismos que la sostuvieron en el gobierno (y que fueron cómplices en mantener el statu quo), cerca de las elecciones ya no quieren saber de ella. Es un residuo tóxico que restaría votos. Pero, los problemas, como el dinosaurio de Monterroso, van a seguir allí.

 

Los problemas “se la comieron” a Boluarte. Tres años y medio para un vicepresidente era demasiado tiempo y requería mucha habilidad política para sostenerse en el cargo, de la cual carecía, así como resolver los problemas más urgentes que le demandaba la población. El “hacerse el muertito” por más de tres años y dejar hacer a quienes la apoyaban en el Congreso, quizás hubiera funcionado en un país no tan complicado como el Perú, de repente en Suiza, pero acá demandaba más ejercicio activo de la presidencia.

 

Un síntoma de lo grave que está la crisis política en nuestro país es haber tenido ocho presidentes en menos de diez años. La causa de esa “enfermedad” es lo que hasta ahora no se trata. Se ven solo los síntomas. Nada garantiza que el próximo presidente electo dure los cinco años de su mandato. Otro síntoma es que, cual destino trágico, acaban procesados y siendo huéspedes de Barbadillo.

 

La crisis política es patológica, no es coyuntural, ni se soluciona con un recambio de los personajes de la escena política. Sistema de partidos quebrado, mafias enquistadas en la política, economías ilegales financiando candidatos, Ministerio Público y Poder Judicial “gobernado” por grupos de interés. Nada de eso va a cambiar en los próximos meses, ni siquiera en los próximos años.

 

Cada vez me convenzo más que debemos separar nítidamente la Jefatura de Estado de la Jefatura de Gobierno, sobre todo en países tan inestables políticamente como el Perú. Al presidente (el jefe de Estado) se le ve cómo el que debe resolver los problemas inmediatos del país, el día a día, y eso hace que desgaste su majestad presidencial, sumado a que la dignidad del cargo se ha perdido entre tantas denuncias (poco consistentes más de una) que un Ministerio Público politizado acumuló contra la presidenta en todos estos años. Y, también, valgan verdades, a que los últimos inquilinos de Palacio no han estado a la altura del cargo. Ser cachinero en La Parada ahora tiene más dignidad y prestigio que ser presidente de la república.

 

Un jefe de gobierno que sea el encargado de resolver los problemas inmediatos del país. Una suerte de parachoques reemplazable y que puede emerger del propio parlamento. Le daría más estabilidad al jefe de estado, que podría dedicarse a labores de estadista que de político del día a día.

 

¿Es posible que convivan inestabilidad política y estabilidad económica? Sí, pero con un costo bastante alto para el país. El sistema de democracia representativa debería ser lo más estable y predecible posible, con sólidas instituciones, de la mano de un sistema de libre mercado accesible a todos, amén de derechos y garantías insustituibles para la persona (libertad, servicios básicos esenciales, seguridad). Eso, en su expresión más clara, tampoco lo tenemos, aparte que las economías ilegales hace buen tiempo han penetrado los círculos políticos.

 

Por eso, cuando nos despertemos, el dinosaurio todavía estará allí.