Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Miguel Gutiérrez y Mario Vargas Llosa
comparten una infancia en Piura más o menos por las mismas fechas y una
geografía de barrios comunes. No obstante ello, en el caso de Gutiérrez la
evocación nostálgica de cuando Piura era un pueblo es más intensa que la del
Nobel.
En
El mundo sin Xóchitl (2001), una evocación intimista y nostálgica del
amor incestuoso entre dos hermanos, nos describe esa Piura donde incluso a la
medianoche dos niños podían pasear tranquilamente, hecho hoy día imposible. Más
que ciudadanos anónimos, eran vecinos los habitantes de la ciudad. Todo el
mundo se conocía.
El
único temor de los niños noctámbulos era, aparte de los perros callejeros, la
envidia y el rencor que su color de piel (blancos) y la reacción que su
condición social alta podía causar entre la gente del pueblo (“…No quiero
decir con esto que yo no sintiera miedo, no tanto por las jaurías de perros
callejeros, sino por la misma gente cuyo odio o rencor por los niños de nuestra
condición y por nuestro aspecto y color había sufrido en carne propia…” p.
180).
Quien
evoca los recuerdos es Wenceslao, el hermano de Xóchitl, ya anciano,
escribiendo sus memorias a fin de exorcizar esos recuerdos dolorosos por la
muerte prematura de su hermana y amante.
Por
cierto, esas relaciones íntimas entre parientes cercanos no eran del todo
raras. En una ciudad pequeña y cerrada, donde no existía libertad sexual y el
desfogue solo se encontraba en los prostíbulos, las relaciones íntimas entre parientes
cercanos como hermanos, primos, tíos con sobrinas, sobrinos con tías eran
usuales. Incluso la de padres con hijas. Pregúntenle a Faulkner lo que sucedía
en su imaginario Yoknapatawpha o a Gabriel García Márquez en el mítico Macondo.
Había
un viejo dicho popular, vulgar pero que lo dice todo: la prima hasta que
gima. Rafael Dumett en El camarada Jorge y el dragón da cuenta
novelada de las relaciones íntimas entre la tía Adela y el protagonista, su
sobrino carnal, en la lejana e inmensa casa-hacienda de Cajamarca, donde vive sus
primeros años Eudocio Ravines, el futuro y controvertido revolucionario,
coetáneo de Mariátegui.
Los
hermanos, en muchos casos, no llegaban a consumar el acto sexual, pero sí
tocamientos de las zonas genitales o sexo oral como relata uno de los amigos de
Xóchitl y Wenceslao: “…Lo único que recordaba es que él se acostaba y se
hacía el dormido, esperando la llegada de su hermana. Por fin, después de una
torturada y dulce espera, Milagros entraba a la alcoba desnuda y se quedaba un
tiempo acariciándole y besándole su pequeño cetro viril…” p. 105).
El
otro desfogue era con la servidumbre. Era lugar común las relaciones sexuales
entre el patrón y sus hijos con las empleadas de la casa (y a veces también de
la patrona con los empleados). La chismografía limeña cuenta que el padre de José
de la Riva-Agüero y Osma, perteneciente a una de las familias aristocráticas de
ese entonces, murió de un fulminante ataque al corazón cuando estaba encima de
la cocinera.
Está
pendiente todavía un estudio antropológico del comportamiento sexual de las
familias en el Perú, del pasado y del presente, de lo que sucedía puertas
adentro. Creo que daría más de una sorpresa.
*****
Una
Piura de los años 40 del siglo pasado. Bastante pequeña, con sus secretos a sotto
voce y con sus burdeles en las zonas populares (“…Meses después, ya en
Monte de los Padres, Xóchilt me decía que lo más sensacional y emocionante de
nuestras incursiones por los barrios mangache y gallinacero fue nuestra
travesía por los barrancos -como se les decía entonces a los basurales- de
Loreto y la calle Sullana, donde se encontraba el principal de los dos o tres
prostíbulos que había en Piura…” p.180).
A
diferencia de otros países, en Perú el ejercicio de la prostitución no estuvo
prohibido. Se le consideró como un mal necesario, restringido a las afueras de
la ciudad, como el propio MVLL también evoca sobre el burdel piurano La casa
verde, que conoció de joven. Incluso el homosexualismo era tolerado,
siempre y cuando existiera discreción de por medio. Un personaje de la novela
de Gutiérrez, un respetable hombre de negocios, apodado Lulú por las
noches, lo ejerce, pero debe ser en los extramuros de la ciudad.
Recuerdo
de niño a una pareja homosexual que en los años 60 convivía abiertamente, a
vista y paciencia de todos. Un escándalo para la época. Uno de ellos era de una
familia muy conocida y adinerada, de esas que salían constantemente en las
páginas sociales del diario El Comercio; incluso un destacado jurista,
de conocimientos enciclopédicos y vasta obra en el Derecho, de esos que ya no
existen, pertenecía al clan familiar. Los términos para la convivencia era que
viva lejos y no haya contacto con la familia. Como muchos otros hombres de su clase
social que tenían “costumbres invertidas”, como se solía decir, pudo haberse
casado con una chica de la alta sociedad limeña, tener un matrimonio de fachada
y una vida privada íntima a su manera, pero prefirió ser auténtico, ser él
mismo. Vivió junto a su pareja hasta la muerte.
El
signo identificador de los prostíbulos en la novela de Gutiérrez era un foco
rojo en la puerta. En Lima el foco rojo también alumbró célebres prostíbulos
hasta fines del siglo pasado. El trocadero, junto a La salvaje y El
botecito -estaban juntos los tres prostíbulos-, en la provincia del Callao,
era un lugar emblemático que reemplazó en los años 60 al célebre jirón Huatica
en La Victoria (inmortalizado también por MVLL en su primera novela La
ciudad y los perros). Ubicados al final de la Av. Argentina, había que
cruzar en carro o a pie un largo descampado oscuro para llegar, lo que hacía
más estimulante y “prohibido” el ingreso a un lugar pecaminoso.
Se
dice que hasta había fiestas en los corredores del prostíbulo chalaco, el único
que contaba con licencia de funcionamiento y donde las trabajadoras sexuales
debían contar y tener al día el carnet de sanidad, que era chequeado rigurosamente
por la administradora del local. Si estaba vencido no podía entrar a trabajar.
Fue
el último intento de centralizar en una zona y con garantías para el
parroquiano el ejercicio del meretricio. Actualmente es imposible.
*****
Esa
Piura de los años 40 que evoca Gutiérrez se parece mucho a la Lima de aquel
tiempo, solo que con un poco más de habitantes. Una vida más tranquila, con
fiestas que duraban días, y sin los problemas de crecimiento, inseguridad y
concentración de población que vinieron después. El foco rojo pasó al olvido y
la virtualidad ha permitido ejercer el oficio más antiguo del mundo en
distintas clases sociales, con diferentes precios y gustos. No solo
prostitutas, también trans, lesbianas, bisexuales, homosexuales activos y
pasivos y, seamos sinceros, incluso hasta menores de edad.
Con
lo que se ve ahora, la relación que, fracturada el alma, evoca el protagonista
con su hermana y amante fallecida, hasta parece un juego inocente de niños.
*Miguel
Gutiérrez: El mundo sin Xóchitl. Edición consultada: Alfaguara, 2025,
485 pp.
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