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Sunday, May 03, 2026

CUANDO LAS CIUDADES ERAN PUEBLOS: PIURA EN LA MIRADA DE MIGUEL GUTIÉRREZ

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Miguel Gutiérrez y Mario Vargas Llosa comparten una infancia en Piura más o menos por las mismas fechas y una geografía de barrios comunes. No obstante ello, en el caso de Gutiérrez la evocación nostálgica de cuando Piura era un pueblo es más intensa que la del Nobel.

 

En El mundo sin Xóchitl (2001), una evocación intimista y nostálgica del amor incestuoso entre dos hermanos, nos describe esa Piura donde incluso a la medianoche dos niños podían pasear tranquilamente, hecho hoy día imposible. Más que ciudadanos anónimos, eran vecinos los habitantes de la ciudad. Todo el mundo se conocía.

 

El único temor de los niños noctámbulos era, aparte de los perros callejeros, la envidia y el rencor que su color de piel (blancos) y la reacción que su condición social alta podía causar entre la gente del pueblo (“…No quiero decir con esto que yo no sintiera miedo, no tanto por las jaurías de perros callejeros, sino por la misma gente cuyo odio o rencor por los niños de nuestra condición y por nuestro aspecto y color había sufrido en carne propia…” p. 180).

 

Quien evoca los recuerdos es Wenceslao, el hermano de Xóchitl, ya anciano, escribiendo sus memorias a fin de exorcizar esos recuerdos dolorosos por la muerte prematura de su hermana y amante.

 

Por cierto, esas relaciones íntimas entre parientes cercanos no eran del todo raras. En una ciudad pequeña y cerrada, donde no existía libertad sexual y el desfogue solo se encontraba en los prostíbulos, las relaciones íntimas entre parientes cercanos como hermanos, primos, tíos con sobrinas, sobrinos con tías eran usuales. Incluso la de padres con hijas. Pregúntenle a Faulkner lo que sucedía en su imaginario Yoknapatawpha o a Gabriel García Márquez en el mítico Macondo.

 

Había un viejo dicho popular, vulgar pero que lo dice todo: la prima hasta que gima. Rafael Dumett en El camarada Jorge y el dragón da cuenta novelada de las relaciones íntimas entre la tía Adela y el protagonista, su sobrino carnal, en la lejana e inmensa casa-hacienda de Cajamarca, donde vive sus primeros años Eudocio Ravines, el futuro y controvertido revolucionario, coetáneo de Mariátegui.

 

Los hermanos, en muchos casos, no llegaban a consumar el acto sexual, pero sí tocamientos de las zonas genitales o sexo oral como relata uno de los amigos de Xóchitl y Wenceslao: “…Lo único que recordaba es que él se acostaba y se hacía el dormido, esperando la llegada de su hermana. Por fin, después de una torturada y dulce espera, Milagros entraba a la alcoba desnuda y se quedaba un tiempo acariciándole y besándole su pequeño cetro viril…” p. 105).

 

El otro desfogue era con la servidumbre. Era lugar común las relaciones sexuales entre el patrón y sus hijos con las empleadas de la casa (y a veces también de la patrona con los empleados). La chismografía limeña cuenta que el padre de José de la Riva-Agüero y Osma, perteneciente a una de las familias aristocráticas de ese entonces, murió de un fulminante ataque al corazón cuando estaba encima de la cocinera.

 

Está pendiente todavía un estudio antropológico del comportamiento sexual de las familias en el Perú, del pasado y del presente, de lo que sucedía puertas adentro. Creo que daría más de una sorpresa.

 

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Una Piura de los años 40 del siglo pasado. Bastante pequeña, con sus secretos a sotto voce y con sus burdeles en las zonas populares (“…Meses después, ya en Monte de los Padres, Xóchilt me decía que lo más sensacional y emocionante de nuestras incursiones por los barrios mangache y gallinacero fue nuestra travesía por los barrancos -como se les decía entonces a los basurales- de Loreto y la calle Sullana, donde se encontraba el principal de los dos o tres prostíbulos que había en Piura…” p.180).

 

A diferencia de otros países, en Perú el ejercicio de la prostitución no estuvo prohibido. Se le consideró como un mal necesario, restringido a las afueras de la ciudad, como el propio MVLL también evoca sobre el burdel piurano La casa verde, que conoció de joven. Incluso el homosexualismo era tolerado, siempre y cuando existiera discreción de por medio. Un personaje de la novela de Gutiérrez, un respetable hombre de negocios, apodado Lulú por las noches, lo ejerce, pero debe ser en los extramuros de la ciudad.

 

Recuerdo de niño a una pareja homosexual que en los años 60 convivía abiertamente, a vista y paciencia de todos. Un escándalo para la época. Uno de ellos era de una familia muy conocida y adinerada, de esas que salían constantemente en las páginas sociales del diario El Comercio; incluso un destacado jurista, de conocimientos enciclopédicos y vasta obra en el Derecho, de esos que ya no existen, pertenecía al clan familiar. Los términos para la convivencia era que viva lejos y no haya contacto con la familia. Como muchos otros hombres de su clase social que tenían “costumbres invertidas”, como se solía decir, pudo haberse casado con una chica de la alta sociedad limeña, tener un matrimonio de fachada y una vida privada íntima a su manera, pero prefirió ser auténtico, ser él mismo. Vivió junto a su pareja hasta la muerte.

 

El signo identificador de los prostíbulos en la novela de Gutiérrez era un foco rojo en la puerta. En Lima el foco rojo también alumbró célebres prostíbulos hasta fines del siglo pasado. El trocadero, junto a La salvaje y El botecito -estaban juntos los tres prostíbulos-, en la provincia del Callao, era un lugar emblemático que reemplazó en los años 60 al célebre jirón Huatica en La Victoria (inmortalizado también por MVLL en su primera novela La ciudad y los perros). Ubicados al final de la Av. Argentina, había que cruzar en carro o a pie un largo descampado oscuro para llegar, lo que hacía más estimulante y “prohibido” el ingreso a un lugar pecaminoso.

 

Se dice que hasta había fiestas en los corredores del prostíbulo chalaco, el único que contaba con licencia de funcionamiento y donde las trabajadoras sexuales debían contar y tener al día el carnet de sanidad, que era chequeado rigurosamente por la administradora del local. Si estaba vencido no podía entrar a trabajar.

 

Fue el último intento de centralizar en una zona y con garantías para el parroquiano el ejercicio del meretricio. Actualmente es imposible.

 

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Esa Piura de los años 40 que evoca Gutiérrez se parece mucho a la Lima de aquel tiempo, solo que con un poco más de habitantes. Una vida más tranquila, con fiestas que duraban días, y sin los problemas de crecimiento, inseguridad y concentración de población que vinieron después. El foco rojo pasó al olvido y la virtualidad ha permitido ejercer el oficio más antiguo del mundo en distintas clases sociales, con diferentes precios y gustos. No solo prostitutas, también trans, lesbianas, bisexuales, homosexuales activos y pasivos y, seamos sinceros, incluso hasta menores de edad.

 

Con lo que se ve ahora, la relación que, fracturada el alma, evoca el protagonista con su hermana y amante fallecida, hasta parece un juego inocente de niños.


*Miguel Gutiérrez: El mundo sin Xóchitl. Edición consultada: Alfaguara, 2025, 485 pp.