Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
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En
La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez gran parte de los
protagonistas son hijos bastardos, no reconocidos por el padre, producto, casi
siempre, de violaciones de los gamonales, los dueños de haciendas, hacia las
indias y mestizas. Algunos, parece decirnos el autor en desagravio, a pesar de
la situación desventajosa en que han nacido, son mejores hijos y más
inteligentes que los nacidos dentro del matrimonio. Pero, es un hecho que existe
predominancia en número de hijos extramatrimoniales y que muchos alcancen
niveles de inteligencia y habilidad sorprendentes, como el propio Gutiérrez lo describe
en su novela.
Los
hijos extramatrimoniales, hasta bien entrado el siglo XX, no tenían iguales
derechos que uno matrimonial, salvo que el padre los reconociera en forma voluntaria
o mortis causa, por testamento. No tenían derechos hereditarios ni alimenticios,
ni menos a llevar el nombre de su progenitor. Es más, en muchas legislaciones
se les tenía prohibido el derecho a averiguar sus orígenes, quién era su padre.
Gutiérrez
evoca que algunas veces, cuando el hijo extramatrimonial varón tenía una
inteligencia despierta, el padre, sin reconocerlo, lo ayudaba para que estudie
una profesión universitaria; en otras ocasiones pasaban a vivir a la
casa-hacienda en calidad de administradores. En uno u otro sentido, sea
estudiando una profesión liberal o trabajando en un cargo de confianza en la
hacienda del padre, le permitía al hijo no reconocido ascender socialmente y
contraer matrimonio con una mujer blanca para que sus hijos salgan “más
claritos”, símbolo de prestigio y estatus social.
Era
una alienación que existía (y existe) con el color de la piel, sobre todo en un
país tan racista como el Perú. Casi siempre sus madres eran de color oscuro o
moreno y eso se asociaba al pueblo llano; de allí que se eligiese mujeres de
piel blanca para formar familia y “mejorar la raza”. En algunos casos, incluso,
el hijo bastardo que había ascendido socialmente podía elegir entre las parientas
de la rama pobre del progenitor, que vivían como “arrimadas” en la
casa-hacienda y no tenían esperanza de contraer matrimonio con alguien
adinerado y de la aristocracia provinciana.
Caso
contrario sucedía con las mujeres en edad de casar de la elite piurana. De los
16 años en adelante la familia ya iba viendo con quien unirlas. Naturalmente era
con alguien de su clase social para acrecentar el patrimonio; otras veces
parientes cercanos como primos, a fin que los bienes queden en la familia. En
otras ocasiones, cuenta Gutiérrez en El mundo sin Xóchitl, los
candidatos eran extranjeros afincados en la ciudad, de preferencia ingleses,
italianos o españoles (en ese orden), representantes comerciales de empresas
extranjeras o que venían a hacer fortuna al Perú. Arriba de la pirámide social
también tenían la idea de “mejorar la raza”.
2
Nuestra
legislación, como la de muchos países vecinos, era marcadamente proteccionista
con respecto al matrimonio y a los hijos nacidos en su seno. Es más, el único
matrimonio válido era el religioso. (En nuestro país, el matrimonio civil
recién se instituyó en el siglo XX).
¿La
razón? Obedecía a la legitimidad que adquirían los hijos nacidos bajo la
“bendición de la iglesia” y cuya descendencia era atribuida al cónyuge. Dentro
del patriarcado, los hijos del padre ganan derechos frente a los hijos solo de
la madre que no está casada. De allí también la virtud que desde niñas se
inculcaba a la mujer de, por un lado, perpetuar la especie, como razón y fin
último de su género, procrear dentro del matrimonio, bajo el edulcorado aforismo
“la dicha de ser madre”, finalidad suprema a la que debería aspirar toda mujer.
Y, por otra parte, de no cometer el pecado nefando de las relaciones adúlteras,
ya que se corría el riesgo de tener un hijo que no era del cónyuge, con
consecuencias nada deseables para la sucesión. La educación religiosa era
esencial en la formación de esta ideología.
Eran
razones patrimoniales. El hijo nacido en el matrimonio, como vástago legítimo del
cónyuge, era el llamado a heredar todos los bienes familiares, que pasaban al
hijo primogénito, a fin que no se disgregue entre los demás hermanos (con
excepciones en distintas legislaciones, como apunta Max Weber en Historia
económica general). El hijo mayor varón nacido heredaba todo, mientras las
mujeres recibían una dote para poder casarse con alguien de su clase social, y
los hijos varones menores recibían un estipendio a fin que labren su fortuna
por cuenta propia. Algunos se dedicaban a la carrera militar, otros al
sacerdocio, a la diplomacia, y algunos más al comercio y la industria. Con el
tiempo podían dedicarse a la vida política y ganar mejores posiciones sociales
y económicas, aparte del prestigio y el estatus que traía consigo los cargos
adquiridos.
Tengamos
presente que era una época donde no existía la democracia que conocemos hoy, el
ascenso social era casi inexistente, y los derechos del niño y la mujer, que
ahora son norma común en Occidente, una quimera.
3
Un
símbolo claro de la sujeción de la mujer era hasta hace muy poco la obligación
que esta llevara el apellido del esposo en su documento de identidad precedido
del prefijo “de” que implicaba pertenencia a alguien. Si quería iniciar un
negocio propio, el Código Civil peruano de 1936 todavía exigía la autorización
escrita del esposo. Ya no hablemos de a quién se consideraba como cabeza de
familia. El divorcio, si bien ya se había instituido en nuestro ordenamiento
jurídico, era reservado sobre todo al hombre. Una mujer divorciada era mal
vista en la sociedad.
La
situación de los hijos extramatrimoniales cambia hacia la segunda mitad del
siglo XX, con el reconocimiento cada vez mayor de derechos equiparables a los
de uno matrimonial. Tendrán gradualmente derecho a la herencia (aunque de ser
reconocido, no en proporción a un hijo matrimonial), a los alimentos y a llevar
el nombre del padre. Las pruebas de sangre en el reconocimiento judicial,
cuando el progenitor se negaba a un reconocimiento voluntario, aunque poco
precisas, serán los medios probatorios por excelencia en los juzgados en gran
parte del siglo XX, hasta que son reemplazadas por la prueba del ADN, más exacta
en sus resultados.
En
cuanto a los alimentos, que ahora ya es una institución universal, según el
Código Civil peruano de 1852 (vigente al momento que suceden los hechos
narrados en la novela), para los hijos extramatrimoniales solo eran de carácter
provisional y en caso de extrema urgencia (Art. 1407.- Los hijos naturales
no reconocidos, y los demás ilegítimos, pueden acreditar su filiación, con una
semiplena probanza para solo el efecto de pedir alimentos provisionales, en
caso de necesidad.)
Salvando
distancias y sistemas procesales, la semiplena probanza (que data de las
“pruebas tasadas” que se usaban desde la Colonia) era lo que hoy vendrían a ser
los indicios probatorios. No aportan plena certeza al juzgador, pero le dan un
indicio de lo que alega el demandante. En alimentos había que acreditar el
“acceso carnal” del presunto progenitor con la madre, lo cual devenía en la
concepción del hijo alimentista; algo difícil de probar en una época donde no
existían las pruebas científicas y las documentales estaban bastante limitadas,
quedando únicamente como medio probatorio testigos del hecho.
El
artículo 415° del Código Civil peruano de 1984 recoge el espíritu del 1407° del
CC de 1852 al facultar al hijo extramatrimonial a pedir alimentos a quien tuvo
relaciones sexuales con la madre durante la concepción. Cito la parte
pertinente: “…el hijo extramatrimonial solo puede reclamar del que ha
tenido relaciones sexuales con la madre durante la época de la concepción
una pensión alimenticia hasta la edad de dieciocho años…” (En cursiva y negrita
nuestro). Naturalmente ahora el demandado puede contradecir y negar la supuesta
paternidad con las pruebas científicas.
Asimismo,
el CC de 1852, a la usanza de otros códigos civiles de la época, hacía la
distinción entre hijos naturales e hijos ilegítimos. Los primeros eran los
concebidos por padres solteros, sin impedimento de contraer matrimonio; los
segundos, llamados también hijos bastardos, espurios o adulterinos, eran los
concebidos fuera del matrimonio, donde uno -o a veces los dos progenitores- tenían
impedimento matrimonial. Esa indicación (hijo natural, espurio, ilegítimo,
expósito, etc.) se especificaba en la partida de bautismo, que hacía las veces
de acta de nacimiento, en una época donde las parroquias llevaban los registros
civiles. Era un estigma que cargaba el hijo desde que nacía. Al día de hoy está
prohibido mencionar en las actas de nacimiento cualquier indicación sobre el
origen del niño.
Por
cierto, la inscripción de la condición del niño en las partidas databa desde la
Colonia y continuó en la república. Asimismo, la condena social y religiosa a
un hijo extramatrimonial era bastante fuerte. Considerado como “hijo del
pecado”, sin derechos ni privilegios de un hijo matrimonial.
Me
parece no existe en la actualidad ningún país de Occidente que no reconozca
iguales derechos a los hijos matrimoniales y a los hijos extramatrimoniales. Incluso,
en distintos países, el hijo ya puede llevar primero el apellido de la madre.
Entre nosotros, el Tribunal Constitucional emitió una sentencia en ese sentido;
y el prefijo “de” en el documento de identidad de la cónyuge, ya pasó a la
historia.
4
Realidad
muy distinta al mundo que describe Miguel Gutiérrez en su novela.
En
un pasaje final del libro, el hacendado Odar Benalcázar (también de un linaje
bastardo que adquirió fortuna y bienes), sin hijos matrimoniales que lo hereden
y no deseando dejar los bienes a su detestada cónyuge y prima, de la que se
encuentra separado, pero siguen legalmente casados (los matrimonios religiosos
eran indisolubles), comienza a reconocer por testamento a varios hijos
extramatrimoniales que engendró en las sucesivas indias y mestizas que se le
cruzaron a lo largo de su vida, dejándoles terrenos con dispares metrajes, con
la finalidad que, después de muerto, nazca la envidia y se peleen entre estos.
Tengamos
presente que es una época donde el hacendado, a semejanza del páter familia en
el derecho romano arcaico, era amo y señor de toda persona, animal o cosa que
estuviera en su propiedad, de la que podía disponer libremente, incluyendo el
solaz personal que le brindasen las mujeres bajo su dominio. En la novela Odar
Benalcázar lleva una verga de toro atada al cuello, símbolo del poder (fálico)
que poseía sobre todo ser viviente.
Están
presentes en el acto de reconocimiento, aparte del abogado de Benalcázar (también
un hijo ilegítimo, cuyo padre, sin reconocerlo, lo apoyó en su formación
universitaria), un abogado bastante hábil en las mañas del teje y maneje de la
ley; el empleado de la Notaría que toma nota de los hijos que el hacendado va
reconociendo y el cura de la iglesia más cercana, que expedirá las nuevas
partidas, ya con el nombre del padre agregado.
En
tiempos donde no existían las pruebas científicas de filiación, el hacendado los
reconoce “al tanteo”, es decir por la fecha de nacimiento del hijo, “cuadra” la
fecha aproximada en que pudo estar con la madre. A veces se da cuenta, por las
fechas, que primero estuvo con la madre y años después con la hija procreada
con ella, con la que a su vez engendró descendencia, presuponiendo, mismo
Edipo, un incesto involuntario.
Otra
forma de constatar que era su hijo, estaba en las características físicas de
semejanza como color de ojos, nariz, rasgos faciales, o señas particulares
propias, como lunares en ciertas zonas del cuerpo.
Algunos
hijos extramatrimoniales del hacendado, con coraje y dignidad en la frente,
solo acuden para decirle cuatro verdades a su progenitor y rechazar el
reconocimiento y la herencia. Son pocos, pero son.
Ha
sido un largo recorrido para un reconocimiento igualitario de derechos en unos
y otros. Todavía se considera a los matrimoniales como hijos del cónyuge, salvo
que este niegue la paternidad; y los extramatrimoniales no reconocidos
voluntariamente por el progenitor tienen el proceso judicial de filiación, donde
el ADN es la prueba por excelencia. Por cierto, es un derecho imprescriptible.
La
descripción que nos hace Miguel Gutiérrez en su novela es muy cierta, fidedigna
a una época de nuestra historia y, quien sabe, de repente tenía razón en que
los hijos extramatrimoniales son mejores que los nacidos dentro del matrimonio.
* Miguel
Gutiérrez: La violencia del tiempo. Edición consultada: Alfaguara, 2024,
1182 pp.
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