Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
A diferencia de otras realidades, la
tradición familiar de “heredar” cargos políticos no es típica en nuestro país.
Los intentos hasta ahora siempre fueron frustrados y no tuvieron el apoyo
popular. Que recuerde es el primer caso contemporáneo de la hija de un
presidente que llega a la primera magistratura. Y el camino no ha sido fácil.
Tres
veces privada de su libertad, detenciones bastante discutibles, tres intentos
anteriores por llegar a la presidencia y, en el camino, un divorcio y la muerte
de los padres. Esas experiencias a cualquiera o lo foguean o se deja hundir en
la derrota y el desánimo. En el caso de Keiko fue lo primero, de allí que habló
de la resiliencia en su discurso.
A
diferencia del progenitor, alérgico a los partidos políticos, Keiko tuvo la
paciencia de construir uno solo con el recuerdo de lo que el pueblo evocaba del
legado del padre. Recordemos que fue el único mandatario que visitaba caseríos
apartados donde nunca antes había llegado un presidente de la república y
cumplido con lo que les prometía a los pobladores.
Salvando
distancias, Keiko hace recordar a la creación del Partido Aprista por Víctor
Raúl Haya de la Torre. Tiene al frente, como
Haya, desde liberales, progresistas y gran parte de la izquierda en contra, en
un movimiento antifujimorista que se iba gestando con un relato que por 25 años
caló en las conciencias. Eran los mismos que antes habían sido furibundos
antiapristas. Quizás eso hizo más fuerte al movimiento que, de no tener
resistencias, hubiera caído en el ablandamiento y el conformismo.
Pero,
a diferencia de Haya, Keiko llegó al poder. Como que, conforme pasaba el
tiempo, “el relato” antifujimorista iba perdiendo fuerza, por más que sus
ideólogos trataban de mantenerlo vivo. Algo similar le pasó a Alan en 1985, en
su primer mandato. Llega al poder cuando el antiaprismo ya no era tan fuerte.
El
paralelo no es gratuito. Alguien dijo con razón que Fuerza Popular puede ser el
aprismo del siglo XXI. Ideologías aparte y naturalmente Keiko no es Haya (perteneciente
este último a esa especie extinta que fueron los intelectuales-políticos o
políticos-intelectuales), los emparenta el “olor a cholo”, el olor a pueblo de
su movimiento político. Brownies, como dirían los derechistas de San
Isidro, Miraflores o Asia. Es una derecha popular que no teme dictar medidas
populistas como duplicar de un plumazo pensión 65, aumentar la remuneración
mínima vital o pedir al Congreso exoneraciones tributarias. Fuerza Popular es
un partido de derecha, sí, pero también populista y bastante pragmático, que
escucha con atención a su clientela. El ministro de economía va a tener que
hacer malabares con el presupuesto para cuadrar las cifras.
Y,
como el padre, Keiko también es pragmática. Si una persona o cosa es útil o
funciona lo usará. Su movimiento cuenta con antiguos detractores, que apenas
ayer la maldijeron a ella y a su partido y que hoy se integraron a sus filas.
Imagino su conversión habrá sido como la revelación de Pablo en Damasco: vieron
la luz.
¿Cómo
le irá?
Siempre
es una incógnita.
Si
hablamos solo de la presidencia, es bastante probable que complete los cinco
años de gobierno. Tiene un partido que le da sostenibilidad y operadores
políticos que conjuren las múltiples zancadillas que la oposición le pondrá en
el camino. Habrá un desgaste, eso es natural. Errores y frivolidades también. Y
ni que hablar de la corrupción. Como dice el conocido refrán En arca abierta
hasta el justo peca. Pero, dependerá de los reflejos rápidos con que
corrija los errores. Que estos no crezcan o, peor aún, esconderlos debajo de la
alfombra. Y los preocupados con que se quede diez años en el cargo como el
padre, yo lo dudo. La dialéctica nos enseña que todo cambia en el tiempo y que
no nos bañamos en el mismo río dos veces. Los 90 del Perú no son los mismos del
día de hoy. Muchas cosas han cambiado en los últimos 30 años, salvo quizás los
odiadores profesionales y los auto instituidos “guardianes de la conciencia nacional”.
Al quinto año -que en el Perú son una eternidad en el ejercicio del poder-
entregará la banda al siguiente presidente electo.
Después
de diez años de inestabilidad política y nueve presidentes en el cargo, será
saludable para el país tener cierta estabilidad que se extrañaba. Y no es
gratuita la afirmación. El “ruido político” afecta al crecimiento económico y
la continuidad de las políticas públicas.
En
cuanto al partido el reto es difícil. Fuerza popular es un partido sólido, es
cierto, pero construido en base a ella. Con mano dura lo ha moldeado a su
imagen y semejanza. Algo similar a lo que hizo Haya y luego García con el Apra.
No hay delfines o estos terminan minimizados. La continuidad del partido luego
de Keiko es la gran incógnita y que los sucesores ya no se apelliden Fujimori
es una incógnita aún mayor.
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