Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
En cierta manera la saga de Dune
se puede leer como la lucha eterna por el poder. Dune entre Paul y el
emperador, Shaddam IV, entre la casa Atreides y la casa Corrino, donde gana la
primera. El mesías de Dune sobre el afianzamiento de Paul en el poder,
destruyendo a sus últimos enemigos, pero al costo de quedar ciego, que puede
leerse como una metáfora de la ceguera que trae el poder a quien lo detenta, de
allí su huida al desierto lejos de todo oropel y poder reflexionar y enmendar
los errores que cometió. La tercera, Hijos de Dune, la disputa del poder
dentro de la propia casa Atreides. Alia, hermana de Paul, queda como regente
hasta la mayoridad de Leto II y Ghanima, los gemelos que tuvo con Chani. Poseída
por el espíritu de su abuelo, el baron Harkonnen (de allí el apelativo de abominación
que recibe Alia), ansía todo el poder para ella, sin importar el costo. A su
alrededor ha construido toda una religión en base a la memoria de su hermano,
siendo ella la sacerdotisa principal. Poder religioso y poder político: la idea
más interesante de la novela.
Tercer
libro de la saga de Dune, esta vez centrada en los hijos de Paul y las
luchas eternas por el poder, envuelto en cuestiones mágico-religiosas. Si bien
superó los problemas de estilo que arrastraba Dune, como el excesivo uso
de los monólogos internos que entorpecían la acción, esta vez el autor se
regodeó con el empleo de términos de la religión musulmana, por lo que el
lector debe consultar a cada momento un diccionario para no perderse en la
trama, además que el desarrollo argumentativo es muy extenso (creo que con 200
páginas menos el libro quedaba mejor) y rocambolesco, perdiéndose en una serie
de pruebas, contrapruebas y vericuetos que sufre sobre todo Leto, algunas poco
convincentes (eso de enviar los Corrino tigres amaestrados para asesinar a los
gemelos ya es de chiste), descentrándose la acción en diferentes escenarios,
unos más interesantes que otros.
Dune, a pesar de sus problemas estilísticos
sigue siendo la mejor, El Mesías de Dune no deja de tener interés, pero Hijos
de Dune repite la fórmula de su primera novela, la envuelve en una serie de
términos sagrados sin motivo aparente (por ejemplo es repetitivo el uso del
término la senda de oro, concepto que proviene de la religión budista
como sinónimo de pureza, sabiduría e iluminación), pero con un desenlace poco convincente
y repleto de clichés y frases huecas en
diálogos que pretenden ser “trascendentes” y lo cierto es que no dicen
mucho. Por lo demás, personajes muy queridos como la dama Jessica, Stilgar o el
propio Paul aparecen en un plano bastante secundario (incluso la muerte de Paul
en las últimas páginas carece de un tratamiento dramático más efectivo).
La
tercera novela de la saga no convence, tiene serios problemas estilísticos,
siendo concebida para servir de resolución a la consolidación del poder de los
Atreides y dar lugar a un universo más vasto, con Leto II como Dios-emperador
que garantiza estabilidad para el nuevo imperio por largos milenios, idea que ampliará
los siguientes libros.
En
resumen, Hijos de Dune es una novela que solo interesa a los fanáticos
en el universo creado por Frank Herbert, quien frente al éxito que tuvo el
primer libro estiró la saga lo más que pudo, lo que continúo su hijo, vista la
veta de oro que habían encontrado.
*Frank Herbert:
Hijos de Dune. Edición consultada: Debolsillo, 2021, 601pp.