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Sunday, July 26, 2026

LOS HIJOS BASTARDOS EN LA VIOLENCIA DEL TIEMPO: UN BREVE RECORRIDO POR EL DERECHO DE FAMILIA

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


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En La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez gran parte de los protagonistas son hijos bastardos, no reconocidos por el padre, producto, casi siempre, de violaciones de los gamonales, los dueños de haciendas, hacia las indias y mestizas. Algunos, parece decirnos el autor en desagravio, a pesar de la situación desventajosa en que han nacido, son mejores hijos y más inteligentes que los nacidos dentro del matrimonio. Pero, es un hecho que existe predominancia en número de hijos extramatrimoniales y que muchos alcancen niveles de inteligencia y habilidad sorprendentes, como el propio Gutiérrez lo describe en su novela.

 

Los hijos extramatrimoniales, hasta bien entrado el siglo XX, no tenían iguales derechos que uno matrimonial, salvo que el padre los reconociera en forma voluntaria o mortis causa, por testamento. No tenían derechos hereditarios ni alimenticios, ni menos a llevar el nombre de su progenitor. Es más, en muchas legislaciones se les tenía prohibido el derecho a averiguar sus orígenes, quién era su padre.

 

Gutiérrez evoca que algunas veces, cuando el hijo extramatrimonial varón tenía una inteligencia despierta, el padre, sin reconocerlo, lo ayudaba para que estudie una profesión universitaria; en otras ocasiones pasaban a vivir a la casa-hacienda en calidad de administradores. En uno u otro sentido, sea estudiando una profesión liberal o trabajando en un cargo de confianza en la hacienda del padre, le permitía al hijo no reconocido ascender socialmente y contraer matrimonio con una mujer blanca para que sus hijos salgan “más claritos”, símbolo de prestigio y estatus social.

 

Era una alienación que existía (y existe) con el color de la piel, sobre todo en un país tan racista como el Perú. Casi siempre sus madres eran de color oscuro o moreno y eso se asociaba al pueblo llano; de allí que se eligiese mujeres de piel blanca para formar familia y “mejorar la raza”. En algunos casos, incluso, el hijo bastardo que había ascendido socialmente podía elegir entre las parientas de la rama pobre del progenitor, que vivían como “arrimadas” en la casa-hacienda y no tenían esperanza de contraer matrimonio con alguien adinerado y de la aristocracia provinciana.

 

Caso contrario sucedía con las mujeres en edad de casar de la elite piurana. De los 16 años en adelante la familia ya iba viendo con quien unirlas. Naturalmente era con alguien de su clase social para acrecentar el patrimonio; otras veces parientes cercanos como primos, a fin que los bienes queden en la familia. En otras ocasiones, cuenta Gutiérrez en El mundo sin Xóchitl, los candidatos eran extranjeros afincados en la ciudad, de preferencia ingleses, italianos o españoles (en ese orden), representantes comerciales de empresas extranjeras o que venían a hacer fortuna al Perú. Arriba de la pirámide social también tenían la idea de “mejorar la raza”.

 

2

 

Nuestra legislación, como la de muchos países vecinos, era marcadamente proteccionista con respecto al matrimonio y a los hijos nacidos en su seno. Es más, el único matrimonio válido era el religioso. (En nuestro país, el matrimonio civil recién se instituyó en el siglo XX).

 

¿La razón? Obedecía a la legitimidad que adquirían los hijos nacidos bajo la “bendición de la iglesia” y cuya descendencia era atribuida al cónyuge. Dentro del patriarcado, los hijos del padre ganan derechos frente a los hijos solo de la madre que no está casada. De allí también la virtud que desde niñas se inculcaba a la mujer de, por un lado, perpetuar la especie, como razón y fin último de su género, procrear dentro del matrimonio, bajo el edulcorado aforismo “la dicha de ser madre”, finalidad suprema a la que debería aspirar toda mujer. Y, por otra parte, de no cometer el pecado nefando de las relaciones adúlteras, ya que se corría el riesgo de tener un hijo que no era del cónyuge, con consecuencias nada deseables para la sucesión. La educación religiosa era esencial en la formación de esta ideología.

 

Eran razones patrimoniales. El hijo nacido en el matrimonio, como vástago legítimo del cónyuge, era el llamado a heredar todos los bienes familiares, que pasaban al hijo primogénito, a fin que no se disgregue entre los demás hermanos (con excepciones en distintas legislaciones, como apunta Max Weber en Historia económica general). El hijo mayor varón nacido heredaba todo, mientras las mujeres recibían una dote para poder casarse con alguien de su clase social, y los hijos varones menores recibían un estipendio a fin que labren su fortuna por cuenta propia. Algunos se dedicaban a la carrera militar, otros al sacerdocio, a la diplomacia, y algunos más al comercio y la industria. Con el tiempo podían dedicarse a la vida política y ganar mejores posiciones sociales y económicas, aparte del prestigio y el estatus que traía consigo los cargos adquiridos.

 

Tengamos presente que era una época donde no existía la democracia que conocemos hoy, el ascenso social era casi inexistente, y los derechos del niño y la mujer, que ahora son norma común en Occidente, una quimera.

 

3

 

Un símbolo claro de la sujeción de la mujer era hasta hace muy poco la obligación que esta llevara el apellido del esposo en su documento de identidad precedido del prefijo “de” que implicaba pertenencia a alguien. Si quería iniciar un negocio propio, el Código Civil peruano de 1936 todavía exigía la autorización escrita del esposo. Ya no hablemos de a quién se consideraba como cabeza de familia. El divorcio, si bien ya se había instituido en nuestro ordenamiento jurídico, era reservado sobre todo al hombre. Una mujer divorciada era mal vista en la sociedad.

 

La situación de los hijos extramatrimoniales cambia hacia la segunda mitad del siglo XX, con el reconocimiento cada vez mayor de derechos equiparables a los de uno matrimonial. Tendrán gradualmente derecho a la herencia (aunque de ser reconocido, no en proporción a un hijo matrimonial), a los alimentos y a llevar el nombre del padre. Las pruebas de sangre en el reconocimiento judicial, cuando el progenitor se negaba a un reconocimiento voluntario, aunque poco precisas, serán los medios probatorios por excelencia en los juzgados en gran parte del siglo XX, hasta que son reemplazadas por la prueba del ADN, más exacta en sus resultados.

 

En cuanto a los alimentos, que ahora ya es una institución universal, según el Código Civil peruano de 1852 (vigente al momento que suceden los hechos narrados en la novela), para los hijos extramatrimoniales solo eran de carácter provisional y en caso de extrema urgencia (Art. 1407.- Los hijos naturales no reconocidos, y los demás ilegítimos, pueden acreditar su filiación, con una semiplena probanza para solo el efecto de pedir alimentos provisionales, en caso de necesidad.)

 

Salvando distancias y sistemas procesales, la semiplena probanza (que data de las “pruebas tasadas” que se usaban desde la Colonia) era lo que hoy vendrían a ser los indicios probatorios. No aportan plena certeza al juzgador, pero le dan un indicio de lo que alega el demandante. En alimentos había que acreditar el “acceso carnal” del presunto progenitor con la madre, lo cual devenía en la concepción del hijo alimentista; algo difícil de probar en una época donde no existían las pruebas científicas y las documentales estaban bastante limitadas, quedando únicamente como medio probatorio testigos del hecho.

 

El artículo 415° del Código Civil peruano de 1984 recoge el espíritu del 1407° del CC de 1852 al facultar al hijo extramatrimonial a pedir alimentos a quien tuvo relaciones sexuales con la madre durante la concepción. Cito la parte pertinente: “…el hijo extramatrimonial solo puede reclamar del que ha tenido relaciones sexuales con la madre durante la época de la concepción una pensión alimenticia hasta la edad de dieciocho años…” (En cursiva y negrita nuestro). Naturalmente ahora el demandado puede contradecir y negar la supuesta paternidad con las pruebas científicas.

 

Asimismo, el CC de 1852, a la usanza de otros códigos civiles de la época, hacía la distinción entre hijos naturales e hijos ilegítimos. Los primeros eran los concebidos por padres solteros, sin impedimento de contraer matrimonio; los segundos, llamados también hijos bastardos, espurios o adulterinos, eran los concebidos fuera del matrimonio, donde uno -o a veces los dos progenitores- tenían impedimento matrimonial. Esa indicación (hijo natural, espurio, ilegítimo, expósito, etc.) se especificaba en la partida de bautismo, que hacía las veces de acta de nacimiento, en una época donde las parroquias llevaban los registros civiles. Era un estigma que cargaba el hijo desde que nacía. Al día de hoy está prohibido mencionar en las actas de nacimiento cualquier indicación sobre el origen del niño.

 

Por cierto, la inscripción de la condición del niño en las partidas databa desde la Colonia y continuó en la república. Asimismo, la condena social y religiosa a un hijo extramatrimonial era bastante fuerte. Considerado como “hijo del pecado”, sin derechos ni privilegios de un hijo matrimonial.

 

Me parece no existe en la actualidad ningún país de Occidente que no reconozca iguales derechos a los hijos matrimoniales y a los hijos extramatrimoniales. Incluso, en distintos países, el hijo ya puede llevar primero el apellido de la madre. Entre nosotros, el Tribunal Constitucional emitió una sentencia en ese sentido; y el prefijo “de” en el documento de identidad de la cónyuge, ya pasó a la historia.

 

4

 

Realidad muy distinta al mundo que describe Miguel Gutiérrez en su novela.

 

En un pasaje final del libro, el hacendado Odar Benalcázar (también de un linaje bastardo que adquirió fortuna y bienes), sin hijos matrimoniales que lo hereden y no deseando dejar los bienes a su detestada cónyuge y prima, de la que se encuentra separado, pero siguen legalmente casados (los matrimonios religiosos eran indisolubles), comienza a reconocer por testamento a varios hijos extramatrimoniales que engendró en las sucesivas indias y mestizas que se le cruzaron a lo largo de su vida, dejándoles terrenos con dispares metrajes, con la finalidad que, después de muerto, nazca la envidia y se peleen entre estos.

 

Tengamos presente que es una época donde el hacendado, a semejanza del páter familia en el derecho romano arcaico, era amo y señor de toda persona, animal o cosa que estuviera en su propiedad, de la que podía disponer libremente, incluyendo el solaz personal que le brindasen las mujeres bajo su dominio. En la novela Odar Benalcázar lleva una verga de toro atada al cuello, símbolo del poder (fálico) que poseía sobre todo ser viviente.

 

Están presentes en el acto de reconocimiento, aparte del abogado de Benalcázar (también un hijo ilegítimo, cuyo padre, sin reconocerlo, lo apoyó en su formación universitaria), un abogado bastante hábil en las mañas del teje y maneje de la ley; el empleado de la Notaría que toma nota de los hijos que el hacendado va reconociendo y el cura de la iglesia más cercana, que expedirá las nuevas partidas, ya con el nombre del padre agregado.

 

En tiempos donde no existían las pruebas científicas de filiación, el hacendado los reconoce “al tanteo”, es decir por la fecha de nacimiento del hijo, “cuadra” la fecha aproximada en que pudo estar con la madre. A veces se da cuenta, por las fechas, que primero estuvo con la madre y años después con la hija procreada con ella, con la que a su vez engendró descendencia, presuponiendo, mismo Edipo, un incesto involuntario.

 

Otra forma de constatar que era su hijo, estaba en las características físicas de semejanza como color de ojos, nariz, rasgos faciales, o señas particulares propias, como lunares en ciertas zonas del cuerpo.

 

Algunos hijos extramatrimoniales del hacendado, con coraje y dignidad en la frente, solo acuden para decirle cuatro verdades a su progenitor y rechazar el reconocimiento y la herencia. Son pocos, pero son.

 

Ha sido un largo recorrido para un reconocimiento igualitario de derechos en unos y otros. Todavía se considera a los matrimoniales como hijos del cónyuge, salvo que este niegue la paternidad; y los extramatrimoniales no reconocidos voluntariamente por el progenitor tienen el proceso judicial de filiación, donde el ADN es la prueba por excelencia. Por cierto, es un derecho imprescriptible.

 

La descripción que nos hace Miguel Gutiérrez en su novela es muy cierta, fidedigna a una época de nuestra historia y, quien sabe, de repente tenía razón en que los hijos extramatrimoniales son mejores que los nacidos dentro del matrimonio.

* Miguel Gutiérrez: La violencia del tiempo. Edición consultada: Alfaguara, 2024, 1182 pp.