Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Precisemos que fue Dina Boluarte y no
Keiko la primera presidenta mujer en el Perú. Puede parecer sin importancia,
pero nosotros votamos por planchas o fórmulas presidenciales (presidente y
vicepresidentes), no solo presidentes. De allí que la proclamación del ganador
por parte del JNE es de la fórmula presidencial. Dina Boluarte asumió
como presidenta en ejercicio (no interina) luego de la vacancia de Pedro
Castillo, al ser parte de la plancha presidencial de Perú Libre y, por tanto,
electa por votación popular.
Tampoco
es el primer caso que un partido autoritario se trasforma en uno democrático. Aparte
que el padre, Alberto Fujimori, jamás se interesó en tener un verdadero partido
político, a diferencia de Keiko que ha organizado un sólido partido a través de
los años. El padre fue bastante alérgico a las formaciones partidarias
(recordemos el desdén con que calificaba a los “políticos tradicionales”) y
prefería en cada elección ir con una nueva inscripción política. Como buen
caudillo autoritario, veía al partido como un decorado de la escenografía,
donde el protagonista era él.
Por
otra parte, el “presagio” que esgrime cierta oposición agorera de cómo será su
gobierno, no es verificable, dado que su gobierno todavía no empieza; pero, sí
tenemos experiencias de movimientos políticos autoritarios que, con el paso de
los años, se trasformaron en democráticos. Fue el caso de Chile con los
pinochetistas, Colombia con los uribistas, España con los franquistas. En el
tiempo todo cambia, todo se trasforma. El fujimorismo de ahora no es una foto
del que existió en los años 90.
Gracias
a que la respalda un sólido y organizado partido, Keiko podrá terminar su
período de gobierno, lo cual se traducirá en una mejor gobernabilidad. No
veremos las vacancias de presidentes a las que estábamos acostumbrados. Una
mayor estabilidad política se traduce en un mejor gobierno. La estabilidad
también puede traer mejor desempeño económico. Las turbulencias políticas que
hemos padecido han impedido crecer un par de puntos más. Y, a mayor
crecimiento, mayores oportunidades de trabajo, sobre todo para los jóvenes.
Se
podrá repotenciar tratados comerciales que, por razones ideológicas, estuvieron
congelados, como la Alianza del Pacífico. Quizás sin México, que está en otro
sentido, pero sí países medianos con gobiernos afines, como Chile, Perú y
Colombia. Y una vez más. Esos tratados traen más exportaciones y más empleo
para la gente.
Hablando
de su partido político, es el único realmente sólido y organizado que existe en
el espectro nacional. El resto, sean de izquierda o derecha, son siglas que
desaparecen terminada la lid electoral. Y, aunque sea redundante decirlo,
necesitamos partidos políticos fuertes, no los remedos que existen ahora.
Aunque
resulta paradójico, su gobierno será probablemente uno de centro o
centroizquierda, con más énfasis en lo social. Es posible que reclute técnicos
de otras tiendas políticas, incluyendo de la oposición más recalcitrante, sabiendo
que solo la mitad del electorado la apoyó. El énfasis de los programas sociales
es posible se focalice en el sur, una región que le fue adversa y donde tuvo
poca votación a su favor. Ello se traduce en que habrá mayor gasto fiscal y
posiblemente subida de la presión tributaria.
Gracias
a su mayoría parlamentaria va a poder presentar proyectos de reforma; aunque requerirá
consensos para la aprobación al no contar con mayoría absoluta. Es posible que
veamos acuerdos interpartidarios con el consabido “doy para que tú hagas”. Lo
importante es que sea sobre la mesa y no en penumbras como se ha acostumbrado
últimamente. Hay varias reformas que deben ejecutarse, aunque, como ya le
advirtieron, deberá pisar callos. En el mismo sentido, será necesario revisar
varias leyes populistas que aprobó el Congreso saliente y promulgó sin mayores
reparos el último presidente interino que tuvimos.
Si
bien son odiosas las comparaciones; pero no creo sea un gobierno de grandes
reformas como las del padre, debido a que son épocas distintas y en los 90 el
clima para hacerlas era más propicio que el de ahora. Si todo le va bien, será
un gobierno medio, aceptable, con altas y bajas en el camino, pero mejor de los
que tuvimos en los últimos 15 años. Y los casos de corrupción que se detecten,
deberá cortarlos de raíz, antes que compliquen la gobernabilidad.
En
contra tiene el “gen autoritario” que tanto le achaca la oposición. Tendrá que
demostrar con hechos que no es cierto. Más que un gen autoritario, existe un
“gen populista” que el fujimorismo nunca se ha negado en ocultar. Tengamos
presente que es una derecha popular, de base, con “olor a pueblo”, como en su
momento fue el Apra. Entre la aprobación de una medida que le de aceptación y
otra técnica donde pierda puntos, optará sin duda por la primera. No estaremos
ante un gobierno aséptico, cien por ciento tecnocrático.
Igualmente,
al necesitar éxitos en los primeros cien días es muy posible anuncie políticas
de seguridad como “cero crimen”, lo que se traducirá en medidas expeditivas
para combatir la delincuencia, las extorsiones y el sicariato, algunas
posiblemente calificadas por la oposición de “inconstitucionales”; pero, en la
balanza pesará más la aprobación del pueblo que las rasgaduras de ropa de cierta
oposición.
El
antifujimorismo, aunque atenuado, existe todavía. No habrá luna de miel. Miles
de ojos y oídos estarán viendo que hace, que no hace, que dice o que no dice, y
tratarán de interpretarlo a su manera. Periodistas, radios, ONGs, políticos, analistas
sesgados en sus opiniones (incluyendo yaperos de YouTube) estarán observándola
al milímetro, sin descontar que se organicen marchas, protestas, tomas de
carreteras en distintas partes del país. Los cien primeros días serán
cruciales.
Más
allá de los temas coyunturales, como el fenómeno del Niño o el crimen
organizado, que serán una de sus primeras prioridades, hay un tema que deberá
enfrentar, así como los demás presidentes de la región: el creciente reemplazo
de trabajadores, especialmente jóvenes, por la inteligencia artificial. Lo que
se viene, no sólo en Perú, es una masa enorme de desempleados jóvenes con
estudios superiores, muchos provenientes de universidades de primer nivel. Va a
ser imposible que el sector privado o el público puedan absorber esa enorme
cantidad de muchachos a los que se les cierra las oportunidades de trabajo
cuando recién empiezan su vida laboral.
Para
terminar. Patética la performance del perdedor, Roberto Sánchez, en segunda
vuelta. Con leguleyadas, incluyendo una judicialización de los resultados
electorales, alegando un fraude inexistente quiso detener un proceso que lo
daba como perdedor. No es la mejor estrategia para mantener un liderazgo
político. Es lamentable que cierta izquierda no haya madurado. Sigue en el
infantilismo, en usar la democracia solo como medio para “capturar el poder” y
perpetuarse al infinito, “incendiar la pradera” para conseguir sus fines, proponer
recetas económicas fracasadas que no han prosperado en ninguna parte del mundo y
en el victimismo cuando todo les va mal. Roberto Sánchez y esos líderes pigmeos
que pululan por ahí se encuentran muy lejos de la talla de un Alfonso
Barrantes.