Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
En otros países, los ricos (o hijos de
ricos) han ganado elecciones a la presidencia. Algunos holgadamente. El poder
económico ayuda bastante. Pero, acá, en Perú, no ayuda lo suficiente el ser
rico, y hasta parece un lastre para la candidatura. Que recuerde, el último millonario
que llegó a la presidencia de la república fue hace 70 años, en 1956. Manuel
Prado Ugarteche, multimillonario del todopoderoso imperio Prado (abarcaba banca
y seguros, industrias, medios de comunicación, pesca y minería, etc.). Un zorro
en política. Dos veces presidente. Podía tratar con el mismo diablo con tal de
llegar al poder. Se da cuenta de la importancia del voto popular y para su
segundo gobierno pacta con los apristas, vistos poco menos que el demonio por
su clase social.
Pero
no solo eso. En una época donde la cohabitación con el rival era inimaginable,
cuando la economía no marchaba bien, Prado llamó a Pedro Beltrán, su principal
opositor, para el premierato y el Ministerio de Hacienda (hoy Economía).
Beltrán, dueño del diario La prensa y pleno creyente del liberalismo
económico, lo criticaba desde su periódico todos los días y a pesar de ello no
tuvo escrúpulos en llamarlo para que dirija el país. Y, no faltaba más, siendo
presidente, le tuvo sin cuidado los convencionalismos de la época y anuló el
matrimonio religioso con su esposa de toda la vida, con la que tenía más de
cuarenta años de casados, y ese mismo año contrajo matrimonio con “la otra”. No
cualquiera hace lo que hizo Prado en su vida pública y en su vida privada.
Fue
el último representante de la vieja oligarquía dedicada a los negocios y a la
política. No eran lo que ahora se conoce como políticos profesionales,
personas dedicadas a tiempo completo al quehacer partidario. Manejaban sus
empresas y haciendas, y a la vez lideraban sus partidos. Seguían el principio
que dice un personaje en El Padrino III -cito de memoria-: La política es el
gatillo que dispara los negocios.
Luego
de él, varios millonarios lo intentaron, pero ninguno logró llegar al ansiado
sillón de Pizarro.
*****
Si
bien las causas por las que tres millonarios no ganaron la última elección
presidencial obedeció a diversos factores, lo cierto es que sus millones fueron
de muy poca ayuda a la hora de traducirse en votos. Quizás el peruano de a pie
intuye que un rico que se mete a política no es para ayudarlo a salir de pobre
… sino para hacerse más rico él.
Dos de ellos dedicados al negocio
educativo (en el sentido más literal del término) y un tercero a diversas
empresas, incluyendo turismo y hotelería. Superan los 65 años y son ricos de
primera generación. Provenientes de una clase media (provinciana en unos casos,
en otro capitalina), son parte de esa nueva oligarquía, en algunos casos medio
chicha, medio informal, que se ha ido formando en el Perú desde los años 90 y
que han accedido a la política gracias a su poder económico. Racialmente ya no
son homogéneamente blancos como en plutocracias pasadas, sino dos son cholos,
como la gran mayoría de peruanos, y un tercero “blanco cachetón”.
Si bien su fracaso de llegar a la
presidencia se debió a distintos factores, desde malas gestiones a nivel de
gobierno regional y municipal, aprovechamiento indebido del cargo, errores de
campaña y hasta populismo con el erario público; lo cierto es que el poder
económico que tienen no sirvió de mucho y se quedaron a mitad de camino.
En
magnitud de patrimonio ni en habilidad de hacer política, ninguno de estos tres
nuevos millonarios se acerca a Prado. Sus negocios abarcaban casi todos los
sectores económicos del país y su habilidad política era reconocida hasta por
sus detractores. Un hijo de puta, en el carácter encomiástico del
español peninsular. Estos tres émulos son calichines a su lado.
No
creo sea una maldición bíblica que los ricos ya no lleguen a la presidencia
(siendo ricos). Ahora prefieren estar a la sombra y financiar campañas de sus
candidatos preferidos -pertenecientes estos a la clase media- y dejar a ellos
el agobiante día a día de la política, mientras se dedican tranquilamente a sus
negocios.
El
dinero ya no compra una elección, ayuda sí, pero más importante es la
estrategia, la campaña, los gestos, el carisma del candidato y su pasado
público y privado. No hay una alquimia entre el dinero invertido y votos
obtenidos. Y, es mejor pensarlo dos veces si ha sido mal o mediocre funcionario
público antes de tentar la presidencia, y hasta tres si existen escándalos de
corrupción y aprovechamiento del cargo, de él, de su familia o de su grupo. Cambiando
un poco el conocido aforismo la mujer del César debe ser honrada, no solo
parecerlo.
La
gente no es tonta, y el pisco y la butifarra ya no compran votos como antes.
Tampoco bastan los influencers y youtubers.