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Sunday, November 30, 2025

CIEN AÑOS DE LA ESCENA CONTEMPORÁNEA

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107 


          José Carlos Mariátegui (1894-1930), siendo ya un inquieto joven con ideas socialistas que causan problemas al régimen de Leguía, lo “deportan” a Europa junto a su amigo César Falcón, a fin de deshacerse el gobierno de dos revoltosos que sacudían el cotarro limeño. Suerte de viaje de estudios, con una renta que le permitía vivir, estuvo en el viejo continente entre 1919-23, siendo testigo privilegiado de los cambios que tras la primera guerra mundial se estaban produciendo: revoluciones, caídas de imperios, el auge del fascismo en Italia, las crisis de las democracias parlamentarias y la expansión de las ideas socialistas tras la revolución rusa acaecida en 1917. Podemos decir que estuvo en el lugar y momento apropiado.

 

Dicho sea, siempre se especuló porqué Mariátegui no terminó en una cárcel por sus ideas, algo común en esos años. Su biógrafo, Guillermo Rouillon, nos da la respuesta en las páginas 308 y ss. del Tomo I de su biografía, la Edad de Piedra. (Los dos párrafos siguientes son un resumen de lo expuesto por Rouillon en su biografía con anotaciones propias del suscrito).

 

Los Mariátegui eran una familia antigua, sin demasiada fortuna comparada con otras familias aristocráticas del Perú, pero sí con llegada al poder, en una época donde el apellido que se portaba decía mucho. La ciudad de Lima tenía menos de medio millón de habitantes y el casco urbano se reducía a lo que ahora conocemos como el Cercado, el Rímac y Barrios Altos. Entre los ancestros del Amauta existió hasta un Mariátegui precursor de la independencia. Era un apellido poco común y que no pasaba desapercibido en aquellos años donde, en cierta forma, todos se conocían. El propio presidente Leguía estuvo casado con una Mariátegui (doña Julia Swayne Mariátegui) por lo que era medio pariente con José Carlos.

 

El tío del Amauta, Foción Mariátegui, y un familiar de Leguía, interceden ante el mismísimo presidente, gestándose así la idea del viaje bajo el rimbombante título de Agentes Propagandistas del Perú en Europa. Fue una suerte de exilio forzoso, disfrazado de cargo burocrático en el extranjero. Era el viaje o la cárcel. Naturalmente José Carlos y su amigo Falcón eligieron el viaje. Era una oportunidad inmejorable de perfeccionar sus estudios y, sobre todo, ser testigos de los grandes cambios que se iban gestando en el viejo continente luego de la I Guerra Mundial. Por ello, muchas veces, Mariátegui afirmó que el mejor aprendizaje lo hizo en Europa. No le faltaba razón.

 

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Como periodista comienza a remitir sus crónicas de lo que ve, le relatan y lee. Su célebre columna Figuras y aspectos de la vida mundial en la revista Variedades daba cuenta de la realidad europea que se iba desarrollando a ritmo vertiginoso. Período bastante convulso y que el Amauta en breves trazos lo va describiendo, como captando un instante de esa realidad.

 

En 1925 a esos artículos les da cierta organicidad y, como sucedió después con los Siete ensayos, los convierte en libro. Él mismo declaró que sus libros no nacían del encierro en un gabinete, sino de su observación directa de la realidad, de sus lecturas y estudios, por lo que iban convirtiéndose poco a poco y casi imperceptiblemente en una obra de mayor aliento.

 

Tengamos también presente que muerto Mariátegui en 1930 y convertido el Partido Socialista que fundó en Partido Comunista a las órdenes de Moscú y la III Internacional (donde Eudocio Ravines juega un papel trascendental), sus ideas heterodoxas son enterradas y pasadas al olvido. Solo en la década del cincuenta “resucitan” gracias a la labor de su viuda y sus hijos que en la mítica Editorial Minerva comienzan a publicar de nuevo los textos del Amauta, llegando a veinte tomos de bolsillo y a un precio accesible. Luego vendrán los estudios y congresos mariateguistas, la monumental edición Mariátegui total por el centenario de su nacimiento, la publicación de las obras juveniles -la edad de piedra- y la justificada comparación con otro pensador heterodoxo del marxismo: Antonio Gramsci.

 

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Italia será el escenario privilegiado. Como él mismo señala fue donde desposó una mujer y algunas ideas. Es testigo de la consolidación del fascismo de Mussolini, del declive de la democracia parlamentaria y la escisión del ala radical del Partido Socialista italiano, dando nacimiento al Partido Comunista.

 

En Europa, los partidos socialistas se habían vuelto parlamentarios. Insertados plenamente en el sistema político, proponían reformas graduales y pacíficas a través de leyes que beneficiaban a los trabajadores. Gracias al voto concedido a los obreros a fines del siglo XIX, los socialistas en Inglaterra, Francia, Italia y Alemania ganan posiciones en los respectivos parlamentos nacionales. Pero, un parteaguas obligará a tomar una posición definida: la revolución rusa, dando lugar a posturas más radicales al interior de los socialistas y optar por la vía marxista de la toma del poder, con un proletariado protagónico en el continente.

 

Otro hecho del que nos da cuenta es el crecimiento de los nacionalismos en Europa y la crisis de la democracia parlamentaria, lo que da lugar a posiciones más autoritarias y diferencias irreconciliables que desembocarán en la segunda guerra mundial. Para Mariátegui, como para otros observadores de su tiempo, la democracia y la civilización occidental estaban agonizando (pensamiento muy similar al de nuestra época) y solo el socialismo podría reemplazarla y dar lugar al “hombre nuevo”. Incluso la idea de unos estados confederados de Europa ya se respiraba en el ambiente. Una cooperación internacional teniendo como eje a Francia y Alemania, las dos eternas naciones rivales. Esa idea de una Unión Europea recién tomaría cuerpo luego de la segunda guerra mundial, cuando se reconocen que no hubo vencedores ni vencidos en la contienda, sino un ganador indiscutible: Estados Unidos de Norteamérica que, naturalmente, va a imponer su liderato.

 

Igual sucede con la Liga de las Naciones, idea propuesta por el presidente Woodrow Wilson y que sería el antecedente de la actual Naciones Unidas, proyecto que fracasó en parte por el tratado humillante impuesto a los germanos en su rendición. Mariátegui, como otros políticos e intelectuales, percibe que ello ocasionará más problemas y zozobra al continente que beneficios. Los vencedores estaban ciegos en las condiciones que imponían. Un país de rodillas, humillado, con una impagable deuda de guerra y territorios cercenados, era terreno fértil para que florezcan el descontento, el revanchismo y se afiance un nacionalismo extremo: el nazismo.

 

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Algunos especulan que la historia se está repitiendo cien años después, aludiendo a los partidos políticos y gobiernos de ultraderecha que han aparecido en Europa, Estados Unidos y América Latina. Argumentan que tenemos fascismo, xenofobia, los nacionalismos han regresado y las crisis económicas están a la vuelta de la esquina, confundiendo síntomas con causas de un fenómeno bastante complejo y situado históricamente en un contexto determinado como fue el fascismo.

 

Tengamos presente que el fascismo fue reacción directa a la revolución bolchevique de 1917, siendo financiado por la propia burguesía, temerosa que se expanda el comunismo en Europa. Actualmente no tenemos un hecho histórico tan grande en magnitud como fue la revolución rusa. Igual sucede con las crisis económicas que ya no colocan en estado crítico al capitalismo como antaño. Las experiencias de las anteriores permitieron curarse en salud. De allí que, por ejemplo, la fuerte crisis económica del 2006 por los bonos chatarra fue superada rápidamente y nosotros ni la sentimos gracias a las políticas anticíclicas que en la época de Mariátegui no existían.

 

En el plano ideológico, si bien hemos tenido pensadores fascistas y hasta un partido fascista (Unión revolucionaria), más obedecieron a remedos de lo que sucedía en Europa antes de la segunda guerra mundial. El fascismo europeo inspiró a muchos movimientos de esa tendencia en América Latina, que fueron imitación y desaparecieron tras la derrota militar en la II Guerra Mundial.

 

Lo más cercano que tenemos en la actualidad a un “pensamiento fascista” es el etnocacerismo, con la reivindicación de la “raza cobriza” como “raza superior”, acompañado de una participación activa de las FFAA en el ejercicio del poder, reminiscencias de una gloriosa civilización incaica, y clasificación de ciudadanos con derechos diferenciados en primera categoría (la supuesta “raza cobriza”) y en segunda categoría (las demás razas).

 

Y, en cuanto a la crisis del sistema democrático, hemos pasado por varias. En la época de Mariátegui ya se discutía sobre la crisis de la democracia y la civilización occidental. La presente no significa el fin del sistema político como algunos especulan. Es cierto que hay embates autoritarios de derecha e izquierda muy fuertes en distintas partes del mundo, pero que el sistema democrático por eso vaya a colapsar, creo que dista mucho.

 

Reiteramos, el fascismo no nace por generación espontánea. El lenguaje agresivo de cierta derecha radical no los hace fascistas, ni el ideario conservador los convierte en fascistas. Se debe contar con causas objetivas muy potentes como sucedió en la Europa de los años 20 del siglo pasado.

 

Para no repetir la célebre sentencia de Marx (la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa), Mark Twain dijo algo parecido: La historia no se repite, pero a menudo rima. Antes de calificar a movimientos populistas de ultraderecha como fascistas, es preferible hacer un análisis desapasionado y sin anteojeras de ningún tipo.

 

Más preocupante son los autoritarismos que provienen de Oriente. Coaligados China, Rusia, Corea del Norte, Irán y otros países de regímenes autoritarios sí podrían poner en peligro la democracia, la libertad y los derechos humanos. Eso sí es preocupante.

 

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Como dice el interesante prólogo escrito por Martín Bergel para la edición del centenario, este fue el libro olvidado de Mariátegui. Es el menos estudiado y el menos citado, si lo comparamos con los Siete ensayos, el segundo que publica estando en vida. Quizás porque trataba hechos acaecidos en países y continentes lejanos para nosotros y en un pasado que ya interesaba a muy pocos o a que los Siete ensayos se convirtió en “la biblia de estudio” para muchos, La escena contemporánea quedó relegada como una obra de cierto interés solo para curiosos en el tema.

 

Bergel precisa que para Mariátegui escena contemporánea equivalía a época y todo lo que esta conlleva, tanto en aspectos materiales y sociales, como de ideas, cultura, filosofía. El espíritu de la época. Todo ello lo supo captar muy bien el Amauta con esa suerte de marxismo heterodoxo que se alimentaba también de filósofos idealistas y que estoy seguro Marx, con el sectarismo que lo caracterizaba, hubiera renegado. Pero gracias a ello lo hizo peculiar a nuestro pensador.

 

La edición del centenario está bastante cuidada. No solo contiene el estudio preliminar de Martín Bergel, sino un dossier que puede ser escaneado del libro con los artículos originales que publicó José Carlos en revistas locales, y, en cuanto a tamaño, el libro tiene las dimensiones clásicas de los tomitos de las Obras completas, cuando fue publicado por sus herederos, siendo La escena contemporánea el número 1 de aquella ahora lejana colección.

 

Sorprende todo lo que hizo Mariátegui en tan poco tiempo de vida. Fue intelectual y político a la vez, activista cultural a través de la revista Amauta y fundador del Partido Socialista, hombre de ideas y hombre de acción al mismo tiempo, algo que en la actualidad es raro de ver.

 

Merece ser revisitado de nuevo La escena contemporánea (nuestra página web le rindió un pequeño homenaje al haberle puesto como nombre el título del primer libro del Amauta), no solo por la precisión de sus análisis y el estilo, sino el valor histórico que encierra.


*José Carlos Mariátegui: La escena contemporánea. Edición consultada: FCE, 2025, 358 pp.