Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
José Carlos Mariátegui (1894-1930), siendo ya un inquieto joven con ideas socialistas que causan problemas al régimen de Leguía, lo “deportan” a Europa junto a su amigo César Falcón, a fin de deshacerse el gobierno de dos revoltosos que sacudían el cotarro limeño. Suerte de viaje de estudios, con una renta que le permitía vivir, estuvo en el viejo continente entre 1919-23, siendo testigo privilegiado de los cambios que tras la primera guerra mundial se estaban produciendo: revoluciones, caídas de imperios, el auge del fascismo en Italia, las crisis de las democracias parlamentarias y la expansión de las ideas socialistas tras la revolución rusa acaecida en 1917. Podemos decir que estuvo en el lugar y momento apropiado.
Dicho
sea, siempre se especuló porqué Mariátegui no terminó en una cárcel por sus
ideas, algo común en esos años. Su biógrafo, Guillermo Rouillon, nos da la
respuesta en las páginas 308 y ss. del Tomo I de su biografía, la Edad de
Piedra. (Los dos párrafos siguientes son un resumen de lo expuesto por Rouillon
en su biografía con anotaciones propias del suscrito).
Los
Mariátegui eran una familia antigua, sin demasiada fortuna comparada con otras
familias aristocráticas del Perú, pero sí con llegada al poder, en una época
donde el apellido que se portaba decía mucho. La ciudad de Lima tenía menos de
medio millón de habitantes y el casco urbano se reducía a lo que ahora
conocemos como el Cercado, el Rímac y Barrios Altos. Entre los ancestros del
Amauta existió hasta un Mariátegui precursor de la independencia. Era un
apellido poco común y que no pasaba desapercibido en aquellos años donde, en
cierta forma, todos se conocían. El propio presidente Leguía estuvo casado con
una Mariátegui (doña Julia Swayne Mariátegui) por lo que era medio pariente con
José Carlos.
El
tío del Amauta, Foción Mariátegui, y un familiar de Leguía, interceden ante el
mismísimo presidente, gestándose así la idea del viaje bajo el rimbombante título
de Agentes Propagandistas del Perú en Europa. Fue una suerte de
exilio forzoso, disfrazado de cargo burocrático en el extranjero. Era el viaje
o la cárcel. Naturalmente José Carlos y su amigo Falcón eligieron el viaje. Era
una oportunidad inmejorable de perfeccionar sus estudios y, sobre todo, ser
testigos de los grandes cambios que se iban gestando en el viejo continente
luego de la I Guerra Mundial. Por ello, muchas veces, Mariátegui afirmó que el
mejor aprendizaje lo hizo en Europa. No le faltaba razón.
*****
Como
periodista comienza a remitir sus crónicas de lo que ve, le relatan y lee. Su
célebre columna Figuras y aspectos de la vida mundial en la revista Variedades
daba cuenta de la realidad europea que se iba desarrollando a ritmo vertiginoso.
Período bastante convulso y que el Amauta en breves trazos lo va describiendo,
como captando un instante de esa realidad.
En
1925 a esos artículos les da cierta organicidad y, como sucedió después con los
Siete ensayos, los convierte en libro. Él mismo declaró que sus libros
no nacían del encierro en un gabinete, sino de su observación directa de la
realidad, de sus lecturas y estudios, por lo que iban convirtiéndose poco a
poco y casi imperceptiblemente en una obra de mayor aliento.
Tengamos
también presente que muerto Mariátegui en 1930 y convertido el Partido
Socialista que fundó en Partido Comunista a las órdenes de Moscú y la III
Internacional (donde Eudocio Ravines juega un papel trascendental), sus ideas
heterodoxas son enterradas y pasadas al olvido. Solo en la década del cincuenta
“resucitan” gracias a la labor de su viuda y sus hijos que en la mítica
Editorial Minerva comienzan a publicar de nuevo los textos del Amauta, llegando
a veinte tomos de bolsillo y a un precio accesible. Luego vendrán los estudios
y congresos mariateguistas, la monumental edición Mariátegui total por
el centenario de su nacimiento, la publicación de las obras juveniles -la
edad de piedra- y la justificada comparación con otro pensador heterodoxo
del marxismo: Antonio Gramsci.
*****
Italia
será el escenario privilegiado. Como él mismo señala fue donde desposó una
mujer y algunas ideas. Es testigo de la consolidación del fascismo de Mussolini,
del declive de la democracia parlamentaria y la escisión del ala radical del
Partido Socialista italiano, dando nacimiento al Partido Comunista.
En
Europa, los partidos socialistas se habían vuelto parlamentarios. Insertados
plenamente en el sistema político, proponían reformas graduales y pacíficas a
través de leyes que beneficiaban a los trabajadores. Gracias al voto concedido
a los obreros a fines del siglo XIX, los socialistas en Inglaterra, Francia,
Italia y Alemania ganan posiciones en los respectivos parlamentos nacionales.
Pero, un parteaguas obligará a tomar una posición definida: la revolución rusa,
dando lugar a posturas más radicales al interior de los socialistas y optar por
la vía marxista de la toma del poder, con un proletariado protagónico en
el continente.
Otro
hecho del que nos da cuenta es el crecimiento de los nacionalismos en Europa y
la crisis de la democracia parlamentaria, lo que da lugar a posiciones más
autoritarias y diferencias irreconciliables que desembocarán en la segunda
guerra mundial. Para Mariátegui, como para otros observadores de su tiempo, la
democracia y la civilización occidental estaban agonizando (pensamiento muy
similar al de nuestra época) y solo el socialismo podría reemplazarla y dar
lugar al “hombre nuevo”. Incluso la idea de unos estados confederados de Europa
ya se respiraba en el ambiente. Una cooperación internacional teniendo como eje
a Francia y Alemania, las dos eternas naciones rivales. Esa idea de una Unión
Europea recién tomaría cuerpo luego de la segunda guerra mundial, cuando se reconocen
que no hubo vencedores ni vencidos en la contienda, sino un ganador
indiscutible: Estados Unidos de Norteamérica que, naturalmente, va a imponer su
liderato.
Igual
sucede con la Liga de las Naciones, idea propuesta por el presidente Woodrow Wilson
y que sería el antecedente de la actual Naciones Unidas, proyecto que fracasó
en parte por el tratado humillante impuesto a los germanos en su rendición. Mariátegui,
como otros políticos e intelectuales, percibe que ello ocasionará más problemas
y zozobra al continente que beneficios. Los vencedores estaban ciegos en las
condiciones que imponían. Un país de rodillas, humillado, con una impagable
deuda de guerra y territorios cercenados, era terreno fértil para que florezcan
el descontento, el revanchismo y se afiance un nacionalismo extremo: el
nazismo.
*****
Algunos
especulan que la historia se está repitiendo cien años después, aludiendo a los
partidos políticos y gobiernos de ultraderecha que han aparecido en Europa,
Estados Unidos y América Latina. Argumentan que tenemos fascismo, xenofobia,
los nacionalismos han regresado y las crisis económicas están a la vuelta de la
esquina, confundiendo síntomas con causas de un fenómeno bastante complejo y
situado históricamente en un contexto determinado como fue el fascismo.
Tengamos
presente que el fascismo fue reacción directa a la revolución bolchevique de
1917, siendo financiado por la propia burguesía, temerosa que se expanda el
comunismo en Europa. Actualmente no tenemos un hecho histórico tan grande
en magnitud como fue la revolución rusa. Igual sucede con las crisis económicas
que ya no colocan en estado crítico al capitalismo como antaño. Las
experiencias de las anteriores permitieron curarse en salud. De allí que, por
ejemplo, la fuerte crisis económica del 2006 por los bonos chatarra fue
superada rápidamente y nosotros ni la sentimos gracias a las políticas
anticíclicas que en la época de Mariátegui no existían.
En
el plano ideológico, si bien hemos tenido pensadores fascistas y hasta un
partido fascista (Unión revolucionaria), más obedecieron a remedos de lo que
sucedía en Europa antes de la segunda guerra mundial. El fascismo europeo
inspiró a muchos movimientos de esa tendencia en América Latina, que fueron imitación
y desaparecieron tras la derrota militar en la II Guerra Mundial.
Lo
más cercano que tenemos en la actualidad a un “pensamiento fascista” es el etnocacerismo,
con la reivindicación de la “raza cobriza” como “raza superior”, acompañado de
una participación activa de las FFAA en el ejercicio del poder, reminiscencias
de una gloriosa civilización incaica, y clasificación de ciudadanos con
derechos diferenciados en primera categoría (la supuesta “raza cobriza”) y en
segunda categoría (las demás razas).
Y,
en cuanto a la crisis del sistema democrático, hemos pasado por varias. En la
época de Mariátegui ya se discutía sobre la crisis de la democracia y la
civilización occidental. La presente no significa el fin del sistema político
como algunos especulan. Es cierto que hay embates autoritarios de derecha e
izquierda muy fuertes en distintas partes del mundo, pero que el sistema
democrático por eso vaya a colapsar, creo que dista mucho.
Reiteramos,
el fascismo no nace por generación espontánea. El lenguaje agresivo de cierta
derecha radical no los hace fascistas, ni el ideario conservador los convierte
en fascistas. Se debe contar con causas objetivas muy potentes como sucedió en
la Europa de los años 20 del siglo pasado.
Para
no repetir la célebre sentencia de Marx (la historia se repite, primero como
tragedia y luego como farsa), Mark Twain dijo algo parecido: La historia
no se repite, pero a menudo rima. Antes de calificar a movimientos
populistas de ultraderecha como fascistas, es preferible hacer un análisis
desapasionado y sin anteojeras de ningún tipo.
Más
preocupante son los autoritarismos que provienen de Oriente. Coaligados China,
Rusia, Corea del Norte, Irán y otros países de regímenes autoritarios sí
podrían poner en peligro la democracia, la libertad y los derechos humanos. Eso
sí es preocupante.
*****
Como
dice el interesante prólogo escrito por Martín Bergel para la edición del
centenario, este fue el libro olvidado de Mariátegui. Es el menos estudiado y
el menos citado, si lo comparamos con los Siete ensayos, el segundo que
publica estando en vida. Quizás porque trataba hechos acaecidos en países y
continentes lejanos para nosotros y en un pasado que ya interesaba a muy pocos
o a que los Siete ensayos se convirtió en “la biblia de estudio” para
muchos, La escena contemporánea quedó relegada como una obra de cierto
interés solo para curiosos en el tema.
Bergel
precisa que para Mariátegui escena contemporánea equivalía a época y todo lo
que esta conlleva, tanto en aspectos materiales y sociales, como de ideas,
cultura, filosofía. El espíritu de la época. Todo ello lo supo captar
muy bien el Amauta con esa suerte de marxismo heterodoxo que se alimentaba
también de filósofos idealistas y que estoy seguro Marx, con el sectarismo que
lo caracterizaba, hubiera renegado. Pero gracias a ello lo hizo peculiar a
nuestro pensador.
La
edición del centenario está bastante cuidada. No solo contiene el estudio
preliminar de Martín Bergel, sino un dossier que puede ser escaneado del
libro con los artículos originales que publicó José Carlos en revistas locales,
y, en cuanto a tamaño, el libro tiene las dimensiones clásicas de los tomitos
de las Obras completas, cuando fue publicado por sus herederos, siendo La
escena contemporánea el número 1 de aquella ahora lejana colección.
Sorprende
todo lo que hizo Mariátegui en tan poco tiempo de vida. Fue intelectual y
político a la vez, activista cultural a través de la revista Amauta y fundador
del Partido Socialista, hombre de ideas y hombre de acción al mismo tiempo,
algo que en la actualidad es raro de ver.
Merece
ser revisitado de nuevo La escena contemporánea (nuestra página web le rindió
un pequeño homenaje al haberle puesto como nombre el título del primer libro
del Amauta), no solo por la precisión de sus análisis y el estilo, sino el
valor histórico que encierra.
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