Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
La literatura queer en el Perú tiene
escasos cultores. No se trata de aquellos que desde fuera escriben sobre la
homosexualidad o el mundo trans, o de los que proclaman a los cuatro vientos su
salida del closet. Es aquella literatura que escapa a los cánones de la
“normalidad”, cuestiona el llamado heteropatriarcado y ante una sociedad
hostil, es resiliente. Expresan desde dentro sus deseos, frustraciones y
temores. Sin caer en el dogmatismo, podemos decir que su literatura es
militante o, por lo menos, un testimonio de vida ficcionalizado.
Juan
Carlos Cortázar (Lima, 1964) es uno de sus cultivadores. Sociólogo de profesión
por la PUCP, con una maestría en Gestión y Políticas Públicas, y candidato al
doctorado por la London School of Economics, residente actual entre Chile y
Argentina, su ingreso al mundo de las letras es tardío, cuando frisaba la
cincuentena. No obstante, tiene una producción literaria interesante.
Lo
que nos hace tan fuertes
es una selección de doce cuentos del autor escritos entre 2013 y 2025. No todos
tienen la misma calidad, pero el denominador común es que tratan a personajes
de minorías sexuales, trans que no se sienten cómodos en el cuerpo de
hombre, pero viven su vida como pueden, “resisitiendo” (de allí el título de la
colección, de raigambre nietzscheana) en una sociedad todavía bastante machista
y con prejuicios sexuales.
La
acción se sitúa entre las ciudades de Lima y Cuzco. El origen social es de una
clase media bastante golpeada y de los sectores populares. Casi siempre sus
personajes son jóvenes, aunque hay excepciones. Algunos aparecerán en más de un
cuento.
Personalmente
el que más me gustó fue Pasión y muerte de Atahualpa. Escrito con humor y
desenfado, de lo cual carecen los otros relatos, es una sátira al mundo progre
que egresa de la PUCP y trabaja en el Ministerio de Cultura u organismos
similares, mundo académico que, por su origen, suponemos el autor conoce muy
bien. Uno de ellos, el Rubio (por su color de pelo y piel blanca),
conoce a una chique trans en el Cuzco, van a un hotel a conocerse mejor
y luego del ejercicio gimnástico de rigor le propone montar una obra de teatro
sobre la captura de Atahualpa vista desde la “diversidad”. Un concurso que trae
un dinerillo extra y que lo promociona el propio Ministerio. Lo ayuda a
completar los papeles y comienza el ensayo, con mil problemas que parecen no
tener solución.
La
obra en si no pudo haber salido peor, pero el día de estreno, en el clímax y
ante la efervescencia del público cuando van a ejecutar al Inca, y bajo el
grito de “Dina asesina”, “genocidas” y “devuelvan el oro”, al estilo Tarantino,
la historia hace un giro de 180° grados y todos salen en procesión, con
Atahualpa triunfante a la cabeza, y el natural aplauso del respetable. El
rubio, su pareja y el jefe de este quedan extasiados y conmovidos hasta las
lágrimas por la diversidad y supuesta aceptación de los asistentes a la
puesta de escena.
La
historia ha sido tratada en el cine en incontables ocasiones. Todo está predestinado
para que algo salga mal, pero por un giro del destino o de la suerte, se
componen las cosas y los personajes salen airosos de la prueba.
Los
personajes de las chicas (su mundo: las discotecas de ambiente del Cuzco
y a la caza de turistas, viven solo el presente) tienen hondura, son creíbles;
los progres que vienen de Lima son caricaturizables, el típico progre de
lenguaje inclusivo, mente estereotipada y bolsa con motivos incaicos al
costado. El autor deliberadamente los ha diseñado de esa manera. Han salido de una
Universidad enraizada en la cultura woke, trabajan con buena paga en alguna
institución del estado y desconocen la realidad que supuestamente quieren
cambiar. Son como esos occidentales bien intencionados que antaño buscaban
redimir al indio sin saber mucho de su realidad.
Me
parece es el mejor relato de la colección porque el autor se olvida de la
“denuncia social” e imperceptiblemente ingresa a un mundo que conoce muy bien:
el de la cultura woke y lo políticamente correcto. No creo haya
sido su propósito satirizar ese mundo (al cual, suponemos, el mismo autor
pertenece), pero deja de lado la ideología y permite que el relato salga
redondo.
Me
gustó también el cuento Darío detrás de la puerta. Un hombre de avanzada
edad y con dolencias, es el limpiador de un hostal del centro de Lima donde van
parejas del mismo sexo. Mientras lo vemos recoger los desperdicios que dejan
(condones, papel higiénico usado, limpiar manchas de semen), rememora que su
hijo también es trans y ya no sabe propiamente que hace, ni dónde sale, ni con
quién, pero sospecha. Es un cuento que expresa el dolor contenido de padre.
En
Última puntada un viejo y solitario trans se dedica a la labor de
bordado para una virgen patronal en el Cuzco. Sufre las dolencias propias de la
edad, casi nadie lo llama para trabajos de bordado dado que ahora se hacen a
máquina, más rápido y más barato, aunque la calidad no es la misma. Refleja la
soledad al llegar a la vejez. Sin necesidad de melodrama conmueve la situación
del personaje y avizoramos cuál será su destino final.
En
cambio, no convenció mucho El alma en medio, historia de un amor
lesbiano entre ama y sirvienta en plena colonia, o, Pintadas prostitutas a
caballo, ejercicio del absurdo no muy convincente sobre personajes de un
museo en España que “escapan de sus cuadros” y buscan encabezar una rebelión en
Tungasuca, al mismo estilo de Túpac Amaru.
Todos
los cuentos no son parejos, algunos bordean el panfleto, pero vale la pena
adentrarse en ese mundo todavía poco explorado en la literatura peruana.
*Juan Carlos
Cortázar: Lo que nos hace tan fuertes. Edición consultada: FCE Perú, 2025,
165 pp.