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Sunday, January 18, 2026

CIEN AÑOS DE EL ACORAZADO POTEMKIN

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Como es conocido, Serguéi Eisenstein recibe el encargo del partido comunista de la naciente Unión Soviética de realizar una película que conmemore los 20 años de la revolución rusa de 1905, antesala de la revolución de 1917. Es una película de encargo, política para mayores señas; pero Eisenstein la convierte en una obra artística maestra, una de las primeras del cine. En manos de un cineasta mediocre habría pasado sin pena ni gloria, olvidada en algún archivo; pero, por fortuna, no fue así.

 

¿Cuál es el mérito de El acorazado Potemkin?

 

Desde lo formal, el primero es el montaje. Eisenstein contrapuso imágenes que daban un nuevo sentido. El caso más emblemático es la matanza en las escaleras de Odesa (que históricamente no sucedió). Contrapuso a civiles indefensos que caían muertos contra las tropas del zar que descendían las escaleras disparando sus fusiles. Simbólicamente aludía a la represión desde arriba (el poder) hacia los de abajo (el pueblo). Contraponía imágenes en planos cortos que daba lugar a algo nuevo. Lo llamó montaje dialéctico (tesis, antítesis, síntesis).

 

Cada imagen también se encuentra cargada de significado, como la escena inicial del mar embravecido que alude a la furia del pueblo, o el célebre león que de dormido pasa a despierto y rugiente. Igual sucede con el ritmo que daba una tensión dramática trepidante al filme hasta la escena final, donde los marineros de otros barcos se solidarizan con los del Potemkin (hecho que tampoco sucedió en la realidad, pero le daba tensión dramática y épica al desenlace).

 

Otro aspecto, que se encuentra también presente en sus obras del período mudo, fue la coralidad de la película. Es un filme coral, no hay protagónicos. No existe un héroe individual como sucede en tantos filmes. El protagonista es el pueblo ruso.

 

Las lecciones de Eisenstein, de cien años atrás, son ahora el abc de cualquier realizador. Hasta un director novato sabe muy bien que la película quedará lista en la sala de edición. El rodaje es solo la materia prima, en la edición le impondrá el ritmo que sea necesario, eliminará o añadirá escenas, imprimirá la velocidad adecuada, agregará efectos especiales, le dará un estilo propio. De allí saldrá el filme que luego veremos.

 

En los hechos históricos, el Potemkin no tuvo un final tan grandioso como lo pintó Eisenstein. No solo la escena de las escaleras o la unión de los marineros de otros buques de guerra (que aludía a la solidaridad de clase), sino el final de los amotinados y de la propia nave.

 

El desenlace no fue tan épico. Ante la falta de alimentos y combustible, los marineros del Potemkin se rindieron en Rumanía. Si bien el gobierno rumano no los entregó de vuelta a Rusia (habría significado la muerte inminente de los sublevados), el acorazado sí fue devuelto, aunque las autoridades zaristas le cambiaron el nombre para evitar la vergüenza del amotinamiento. Muchos de los marineros se establecieron en la misma Rumanía, otros migraron a países cercanos y algunos hasta llegaron a las costas de Brasil y Argentina, donde se establecieron. Para colmo, en el año de la filmación, el Potemkin estaba siendo desguazado y convertido en chatarra, por lo que se utilizó otro barco para las locaciones. En 1917, tras la revolución, hubo marineros que regresaron a Rusia, aunque tuvieron distinta suerte. En el período de Stalin, tras las purgas, algunos fueron fusilados y otros terminaron en algún Gulag.

 

Tengamos presente que el filme nace por encargo del partido comunista de la URSS. Es un filme de propaganda. El arte debía estar al servicio del partido, la ideología y el pueblo. No es una decisión libre de Eisenstein. No obstante, realiza una obra maestra contra los que argumentan que el verdadero arte nace de la libertad total del artista. ¿Contrasentido, excepción a la regla? No tanto. Su caso no es único. Artistas del cine, la pintura o la literatura se las han ingeniado para realizar sus creaciones dentro de los límites que les concede el poder político o económico. A veces, sus mejores obras se han producido cuando han vivido un control estricto de la censura. Otros, en cambio, viviendo y creando con plena libertad artística, han producido obras francamente olvidables. De todo hay en la Viña del Señor.

 

Vi el filme por primera vez en los años 70, en algún cine club de la época, bastante populares en ese entonces. Pasábamos por una dictablanda (no era una férrea dictadura como la franquista o las del cono sur de América) y se permitían filmes soviéticos de la época dorada. No solo el Potemkin, también Octubre y sus filmes sonoros (que, en un inicio, al igual que otros cineastas de Occidente, se opuso al sonido en el cine) como la saga de Iván el terrible.

 

Más allá que Eisenstein se permitió licencias artísticas (al final de cuentas era una obra de ficción) que, con el tiempo, han pasado por verdades históricas, El acorazado Potemkin sigue vigente cien años después, no solo porque fue uno de los pilares fundamentales del lenguaje cinematográfico que se iba forjando en esos años, sino por la particularidad propia del filme, tan vigente y entrañable como cuando se exhibió por primera vez.