Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Como es conocido, Serguéi Eisenstein
recibe el encargo del partido comunista de la naciente Unión Soviética de
realizar una película que conmemore los 20 años de la revolución rusa de 1905,
antesala de la revolución de 1917. Es una película de encargo, política para
mayores señas; pero Eisenstein la convierte en una obra artística maestra, una
de las primeras del cine. En manos de un cineasta mediocre habría pasado sin
pena ni gloria, olvidada en algún archivo; pero, por fortuna, no fue así.
¿Cuál
es el mérito de El acorazado Potemkin?
Desde
lo formal, el primero es el montaje. Eisenstein contrapuso imágenes que daban
un nuevo sentido. El caso más emblemático es la matanza en las escaleras de
Odesa (que históricamente no sucedió). Contrapuso a civiles indefensos que
caían muertos contra las tropas del zar que descendían las escaleras disparando
sus fusiles. Simbólicamente aludía a la represión desde arriba (el poder) hacia
los de abajo (el pueblo). Contraponía imágenes en planos cortos que daba lugar
a algo nuevo. Lo llamó montaje dialéctico (tesis, antítesis, síntesis).
Cada
imagen también se encuentra cargada de significado, como la escena inicial del
mar embravecido que alude a la furia del pueblo, o el célebre león que de
dormido pasa a despierto y rugiente. Igual sucede con el ritmo que daba una
tensión dramática trepidante al filme hasta la escena final, donde los
marineros de otros barcos se solidarizan con los del Potemkin (hecho que
tampoco sucedió en la realidad, pero le daba tensión dramática y épica al
desenlace).
Otro
aspecto, que se encuentra también presente en sus obras del período mudo, fue
la coralidad de la película. Es un filme coral, no hay protagónicos. No existe
un héroe individual como sucede en tantos filmes. El protagonista es el pueblo
ruso.
Las
lecciones de Eisenstein, de cien años atrás, son ahora el abc de cualquier realizador.
Hasta un director novato sabe muy bien que la película quedará lista en la sala
de edición. El rodaje es solo la materia prima, en la edición le impondrá el
ritmo que sea necesario, eliminará o añadirá escenas, imprimirá la velocidad
adecuada, agregará efectos especiales, le dará un estilo propio. De allí saldrá
el filme que luego veremos.
En
los hechos históricos, el Potemkin no tuvo un final tan grandioso como lo pintó
Eisenstein. No solo la escena de las escaleras o la unión de los marineros de
otros buques de guerra (que aludía a la solidaridad de clase), sino el final de
los amotinados y de la propia nave.
El
desenlace no fue tan épico. Ante la falta de alimentos y combustible, los
marineros del Potemkin se rindieron en Rumanía. Si bien el gobierno rumano no
los entregó de vuelta a Rusia (habría significado la muerte inminente de los
sublevados), el acorazado sí fue devuelto, aunque las autoridades zaristas le
cambiaron el nombre para evitar la vergüenza del amotinamiento. Muchos de los
marineros se establecieron en la misma Rumanía, otros migraron a países
cercanos y algunos hasta llegaron a las costas de Brasil y Argentina, donde se
establecieron. Para colmo, en el año de la filmación, el Potemkin estaba siendo
desguazado y convertido en chatarra, por lo que se utilizó otro barco para las
locaciones. En 1917, tras la revolución, hubo marineros que regresaron a Rusia,
aunque tuvieron distinta suerte. En el período de Stalin, tras las purgas,
algunos fueron fusilados y otros terminaron en algún Gulag.
Tengamos
presente que el filme nace por encargo del partido comunista de la URSS. Es un
filme de propaganda. El arte debía estar al servicio del partido, la ideología
y el pueblo. No es una decisión libre de Eisenstein. No obstante, realiza una
obra maestra contra los que argumentan que el verdadero arte nace de la
libertad total del artista. ¿Contrasentido, excepción a la regla? No tanto. Su
caso no es único. Artistas del cine, la pintura o la literatura se las han
ingeniado para realizar sus creaciones dentro de los límites que les concede el
poder político o económico. A veces, sus mejores obras se han producido cuando
han vivido un control estricto de la censura. Otros, en cambio, viviendo y
creando con plena libertad artística, han producido obras francamente
olvidables. De todo hay en la Viña del Señor.
Vi
el filme por primera vez en los años 70, en algún cine club de la época,
bastante populares en ese entonces. Pasábamos por una dictablanda (no
era una férrea dictadura como la franquista o las del cono sur de América) y se
permitían filmes soviéticos de la época dorada. No solo el Potemkin,
también Octubre y sus filmes sonoros (que, en un inicio, al igual que
otros cineastas de Occidente, se opuso al sonido en el cine) como la saga de Iván
el terrible.
Más
allá que Eisenstein se permitió licencias artísticas (al final de cuentas era
una obra de ficción) que, con el tiempo, han pasado por verdades históricas, El
acorazado Potemkin sigue vigente cien años después, no solo porque fue uno
de los pilares fundamentales del lenguaje cinematográfico que se iba forjando en
esos años, sino por la particularidad propia del filme, tan vigente y
entrañable como cuando se exhibió por primera vez.
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