Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
La novela Cinco esquinas (2016)
pertenece a las publicaciones post entrega del Nobel a Mario Vargas Llosa,
ciclo caracterizado por ser novelas flojas, poco consistentes, a excepción de Tiempos
recios, su penúltima obra. Da la impresión que son novelas para cumplir con
los compromisos que MVLL tenía con las grandes editoriales de entregar cada
cierto tiempo un nuevo libro.
Es
también la época donde disfruta de las mieles de la fama y fortuna, el codeo
con los poderosos, sobre todo de España y, por supuesto, la relación
sentimental con la socialité Isabel Preysler, etapa de su vida más
conocida por la revista Hola y las revistas del corazón que por las
publicaciones académicas. Parafraseando la novela de su gran amigo y rival,
Gabriel García Márquez, podemos decir que esos años fueron el otoño del
patriarca.
Cinco
esquinas pretendió ser
una novela negra que atraviesa las distintas clases sociales, asociándolas con
el crimen de un conocido periodista, hecho que es el gatillador de la trama. Ambientada
en los años 90 de Fujimori y Montesinos, pudo ser una interesante novela
policíaca, parecida a Quién mató a Palomino Molero (1986), pero se
pierde entre los escarceos lésbicos de las protagonistas, dos señoras del jet
set limeño, el trío que después arman con el esposo de una de ellas y la suerte
de final feliz que sella la novela. Dicho sea, las escenas lésbicas (tortilleo
le decimos entre nosotros) están muy bien descritas, sobre todo la del capítulo
I, son las mejores páginas eróticas escritas por el Nobel, trasmitiendo muy
bien la pasión desbordada de esas dos señoras de la alta sociedad, hasta con
escenas de celos incluidas.
Lo
que no es convincente es la descripción del magnate de la minería, Enrique, ni
de su amigo y abogado, Luciano. Pertenecientes al segmento alto de la sociedad limeña
(son parte de los dueños del Perú), prácticamente son santos venidos del cielo.
No se les ve ningún defecto visible y parecen hasta ingenuos, algo difícil de
creer en un empresario y un abogado. Para MVLL son el símbolo de los
empresarios que hacen patria, que conoció varios en la campaña presidencial;
pero, vamos, con un poco de defectos los habría hecho más creíbles. (Muchas de las
visitas al SIN de Montesinos eran de empresarios como Enrique o Luciano, a los
que admira superlativamente el escritor).
Otro
detalle es que son apolíneos, guapos, blancos evidentemente, en un sesgo
racista del autor, quizás involuntario; en contraposición a Rolando Garro, el
periodista asesinado, que es inescrupuloso, bajito, contrahecho y taimado, al
igual que su periodista estrella, La retaquita, cuyo apodo lo dice todo,
o el propio doctor (Montesinos). Arribistas que aspiran al estatus de
Enrique o Luciano, cueste lo que cueste.
Cinco
esquinas, lugar donde
sucede la mayor parte de la acción, es una suerte de Chinatown peruano:
cualquier cosa puede pasar. Describe un barrio decadente, que en sus mejores
años albergó a los grandes del criollismo, pero ahora solo lo pueblan
traficantes, drogadictos, ladrones, homosexuales, prostitutas y cafichos;
aunque en la época en que trascurre la historia existían otras zonas de Lima
mucho más peligrosas que el célebre barrio criollo, información que, suponemos,
el autor desconocía por su desconexión física del país. (Igual sucede con
ciertas avenidas y distancias del libro que no calzan con la realidad).
Un
cráter de la novela, la revelación del propio doctor a la Retaquita,
que él mandó matar a Garro porque lo desobedeció, es poco creíble (se refiere a
las fotos de una orgía donde participa, inducido por el alcohol, Enrique y que
Montesinos guarda para chantajearlo o pedirle un favor, de ser necesario, no
para sacarle dinero como pretendía Garro). Nunca Montesinos se habría
autoinculpado de un crimen delante de una extraña, ni menos dejado de revisar
exhaustivamente a las visitas que acudían al SIN o a su casa de playa (la Retaquita
pasa sucesivas veces una grabadora de lo más normal); y si quería asustarla
bastaba insinuar, acompañado de los videos que tomaba de sus visitas, donde se las
ve recibiendo montañas de billetes, incluyendo a la propia periodista que
recibe fuertes sumas de dinero para continuar con la revista que calumnia a los
opositores al régimen. El cambio de la periodista de fiel servidora a opositora
pugnaz pierde credibilidad, más cuando el dinero que recibe del gobierno le ha
permitido cambiar de estatus social y de barrio: del popular Cinco esquinas a
un departamento de lujo en Miraflores.
Novela
fallida y poco convincente. Como novela negra, con los ajustes necesarios,
hubiera funcionado mejor. La época, los años 90, se prestaba. O privilegiando,
en una suerte de relato largo, las relaciones lésbicas de dos señoras que en
medio de los apagones, corrupción y coches bomba se aburren mortalmente.
*Mario Vargas
Llosa: Cinco esquinas. Edición consultada: Debolsillo, 2024, 314 pp.