Estoy en el
cementerio El Ángel, visitando un familiar cuyo aniversario se cumple. En el
trayecto me encuentro con un pequeño grupo de personas bajo el sol, traspirando
por el cerrado saco, y me acerco por curiosidad. Algunas tienen cámaras fotográficas
en la mano. No las de aficionados, sino las profesionales. Presumo que deben
ser periodistas. Me acerco al mausoleo en forma de alas y me doy cuenta que es
el dedicado a los ocho periodistas muertos en Uchuraccay. Leo el epitafio: Por la verdad morimos, por la verdad
lucharemos. Muy en la onda izquierdista de aquellos años, me recuerda una
de esas arengas que coreábamos a voz en cuello por las calles y plazas de la
Lima setentera y ochentera. Tiempos que ya no existen.
Periodistas, familiares y amigos se
van reuniendo, hijos, y nietos que nunca vieron a los abuelos, que solo conocen
las historias relatadas en el seno familiar. Quizás los hayan perfilado como
héroes, más o menos como dice el epitafio: fueron en busca de la verdad; o
quizás los delinearon como simples mortales que se encontraron con un destino
fatal en un remoto y gélido caserío. Si fueran mis hijos o mis nietos creo que
les contaría la segunda versión, la de personas comunes y corrientes que en el
avatar de su trabajo se encontraron trágicamente con la muerte. Es más
realista.
Son las nueve de la mañana y todavía
se ven pocas personas. Junto al mausoleo han colocado una gigantografía de la
Asociación Guadalupana que se hace presente. Parece que uno de los ocho
mártires estudió allí o una de las promociones lleva su nombre. También se
aprecia una corona fúnebre bastante austera. Imprevistamente suenan celulares,
algunos se han excusado de asistir a la romería, de repente la distancia y el
calor los han desanimado, o han preferido aprovechar la mañana calurosa para
irse a la playa. Poca gente…
Treinta años después Uchuraccay se
presenta como algo nebuloso, cubierto por la bruma del tiempo. Significa
retrotraernos a tiempos difíciles, sangrientos, de una virtual guerra de
peruanos contra peruanos que nadie quiere recordar. Pero, es necesario. Los que
vivimos en esa década del terror no podemos olvidar lo que sucedió.
Pero, ¿qué pasó en esa comunidad
olvidada donde ocho periodistas más su guía y traductor perdieron la vida a
manos de comuneros, asesinándolos con sadismo inconfesable? ¿Fue cierto que los
confundieron con terroristas o fueron azuzados por las fuerzas armadas?
1983. Estamos en los primeros años
del retorno a la democracia que coincidió con el comienzo de los actos terroristas
por Sendero Luminoso. Todavía se encuentra lejos en el tiempo la captura de
Abimael Guzmán y más bien parece que este y su banda son los que van ganando la
partida. El gobierno de Belaunde no tiene una estrategia precisa para luchar
contra el terror. Lo tomó desprevenido y no encuentra mejor política que la de
“tierra arrasada”, donde los derechos de las personas y la protección a la
sociedad pasan a un segundo plano. Los comuneros de las zonas en conflicto
viven entre dos fuegos: los terroristas y “las fuerzas del orden”. En el medio
se producen una serie de delaciones, venganzas personales, asesinatos, ajustes
de cuentas entre comunidades y otros hechos cuya historia falta contar
claramente.
Ocho periodistas de Lima van en
busca de la noticia, desconociendo al partir que ellos serán la noticia que
conmocionará al Perú y al mundo. Curiosamente van a cubrir la información de
unos ajusticiamientos que comuneros
de Huaychao infligieron a senderistas y que les valió un reconocimiento público
del propio presidente Fernando Belaunde por el gallardo acto patriótico. En el trayecto los ocho periodistas son
interceptados por comuneros de la vecina Uchuraccay. El resto es historia
conocida. Según el informe de la Comisión de la Verdad, el asesinato no habría
durado más de treinta minutos.
La noticia conmocionó tanto dentro
como fuera del país, tanto así que fue necesario buscar una solución política,
por lo que el presidente Belaunde designa una comisión ad hoc presidida nada
menos que por Mario Vargas Llosa, ya una celebridad y con un prestigio moral en
ese entonces, amen de amigo cercano del arquitecto, a fin de determinar
qué pasó ese 26 de Enero.
Es cierto que el Informe de la
Comisión Vargas Llosa adoleció de un excesivo antropologismo. Afirmaba que los
comuneros al vivir prácticamente aislados confundieron a los periodistas con
militantes de Sendero Luminoso, generándose el macabro desenlace. La tesis me
hizo evocar una novela del célebre escritor publicada hacía poquísimos años antes
de los aciagos hechos: La guerra del fin
del mundo, donde la revuelta de los lugareños en Canudos obedece a una
trágica comedia de equivocaciones. No convenció del todo la conclusión del
informe, daba la impresión que se quería exonerar de responsabilidad política
al gobierno de Belaunde. Pero tampoco convenció la tesis contraria de la
oposición: de la autoría directa de militares encubiertos de comuneros. Sinchis
o soldados disfrazados de campesinos como autores inmediatos del asesinato
múltiple. No existen pruebas contundentes que sustenten la tesis.
Otra
hipótesis sostiene que el guía Juan Argumedo era senderista o cercano al
senderismo, hecho que conocían los pobladores de Uchuraccay y que al verlo
llegar junto a extraños, los asociaron inmediatamente con militantes de Sendero
Luminoso, produciéndose la masacre. La viuda de Argumedo desmintió dichas
aseveraciones y más bien ha tratado de borrar ese estigma de la imagen del
difunto, reiterando que él jamás fue senderista; pero la duda siempre se
mantendrá en el tiempo, sobretodo en esos tiempos confusos y aciagos que nos
tocó vivir a los peruanos treinta años atrás.
Quizás y solo quizás, lo que
prevaleció fue una instigación de los militares a los comuneros de darle vuelta a todo extraño, en la
creencia que cualquier foráneo que se acercase a una comunidad debía ser
senderista. Tengamos presente que el propio presidente Belaunde felicitó
públicamente a los comuneros de Huaychao que mataron a terroristas. No sería
extraño que el Comando Político Militar de la zona haya azuzado a los
campesinos a una conducta similar. Parece que los comuneros tuvieron “carta
blanca” para actuar como lo hicieron. Maten y después pregunten.
¿Qué pasó luego? Uchuraccay se
convirtió en un pueblo fantasma. Como una maldición bíblica, muchos comuneros
murieron trágicamente en los años del terror, otros huyeron para no ser
arrestados y culpados del asesinato múltiple. Algunos fueron capturados y
sometidos a un proceso judicial que no aclaró los hechos y solo se convirtieron
en chivos expiatorios de culpas ajenas. Hoy Uchuraccay, treinta años después,
ha cobrado nueva vida y quiere olvidar ese doloroso pasado. Sus problemas son
otros. Quieren convertirse en distrito, tener autonomía política. También deben
enfrentar la vorágine de la vida actual y engancharse a la modernidad, con los
retos y problemas que ello significa. Quieren ser parte del Perú contemporáneo.
En fin, quieren olvidar el pasado y mirar el futuro. Derecho tienen.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
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