Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Cuando apareció en 1986 El otro
sendero de Hernando de Soto (en coautoría con Mario Ghibellini y Enrique Ghersi),
el estado se encontraba imposibilitado de controlar el terrorismo que, entre
apagones, asesinatos y “lucha armada”, parecía que en cualquier momento iba a
tomar el poder. En ese sentido el título del libro era provocador. Era ir a
contracorriente por un sendero distinto al que nos querían conducir las
huestes de Abimael Guzmán.
Desde
las llamadas ciencias sociales el libro se salía de los parámetros marxistas
del diagnóstico de la realidad nacional y planteaba alternativas interesantes,
sobre todo para un fenómeno ya visible en esos años como era la informalidad:
el peruano de a pie no es informal porque quiere sino porque los requisitos del
estado y la burocracia le imposibilitan ser formal. En otras palabras, si
queríamos que se formalicen debíamos aligerar los trámites y la carga
burocrática e ir hacia lo que ahora es sentido común, la simplificación
administrativa.
La
otra idea fuerza y que contradecía al marxismo ortodoxo era que en el país existe
una fuerza enorme de pequeños empresarios, más con vocación capitalista que en
busca de la igualdad social y el paraíso socialista. Donde el diagnóstico
marxista veía potenciales revolucionarios, De Soto veía capitalistas en
expansión. Se les comenzó a llamar los emprendedores.
La
propiedad fue el otro sustento de su tesis: los informales no tenían cómo
formalizar su propiedad y acceder al crédito del sistema financiero para hacer
crecer sus negocios, por lo que se veían supeditados a los préstamos informales
sumamente onerosos o préstamos de parientes y amigos. Faltaba titulizar
esas propiedades para darles un valor de mercado. Nació Cofopri.
En
la década del 80 las tesis liberales de Hernando de Soto eran una bocanada de
aire fresco en un ambiente dominado por el marxismo más rancio. El considerar a
los microempresarios como emprendedores capitalistas fue un diagnóstico
certero. De allí emergió la nueva clase media que a partir de los 90
reconfiguró el país. No eran potenciales revolucionarios de la hoz y el
martillo que buscan tomar el poder liderados por un Lenin local, sino la
expresión tangible de un capitalismo puro y duro. Y, tanto la simplificación
administrativa como la titulización fueron asumidos por el estado como parte de
su programa político.
40
años después El otro sendero quedó pequeño. Si bien la titulización era
necesaria, no era el requisito único para acceder al crédito formal, como se
demostró en los hechos. Muchos de estos emprendimientos tuvieron acceso a la
propiedad, pero no despegaron y algunos hasta naufragaron.
Igual
sucedió con la formalización laboral. Décadas después no dio el resultado
esperado; entre otros factores, porque existen incentivos perversos para
continuar en la informalidad y, en algunos casos, deslizarse hacia la
ilegalidad, como sucede en la minería.
En
igual sentido, se obvió la productividad de las microempresas. No basta con
darles crédito barato o incentivos económicos, es básico darles técnicas
adecuadas para que produzcan mejor y no se queden rezagadas.
De
Soto puso demasiado énfasis en lo legal que, si bien era parte del problema, no
era lo único que se debía tomar en cuenta. No obstante ello, su receta la
vendió muy bien acá y en otros países, no necesariamente democráticos. (De Soto
es muy conocido por su capacidad de ser vendedor de sí mismo y de sus ideas.
Mario Vargas Llosa lo inmortalizó muy bien en uno de los personajes de su
novela Historia de Mayta).
¿Cuál
es el legado de El otro sendero cuarenta años después?
Quizás
su principal legado fue cambiar los paradigmas de cómo se pensaba al Perú en
ese entonces, paradigmas que eran coto exclusivo de la izquierda marxista. De
Soto introduce un enfoque liberal en ese ambiente bastante enrarecido y abrió
camino para buscar ideas y ver las cosas de distinta manera.