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Sunday, May 17, 2026

TIERRA DE CANES: LA CONQUISTA A TRAVÉS DE LOS PERROS

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Rafael Dumett con El espía del inca colocó en primer plano la novela histórica (o ficción histórica para ser más precisos) en un país con predominancia en narrativa del realismo urbano. Novela de largo aliento con trasfondo de filosofía de la historia y contemplación existencial, ficcionalizaba sobre el intento de rescate de Atahualpa, hecho que cuentan algunas crónicas. Siguiendo esa corriente, Carlos Enrique Freyre (militar en ejercicio y con varias obras de ficción en su haber) nos trae Tierra de canes, la conquista del Nuevo mundo teniendo como protagonistas a los perros de guerra que trajeron los españoles, más letales que los arcabuces que portaban.

 

Cada sección del libro está encabezada por un perro, del cual siguen el linaje sus descendientes tan fieros como él. Baldomero, el que da inicio a la saga en un lejano 1502, es el descrito en forma más prolija. Tomás de Xérez, un joven sevillano sin bautizar -es medio moro- y sin nada en los bolsillos, parte a las Indias en busca de fama y fortuna. Como él mismo lo expresa, de ser un Don Nadie a ser un Don Alguien. Amores juveniles contrariados lo deciden a partir. Ese primer capítulo, titulado Baldomero, es el más interesante del libro. Desde su embarque, surcando el Atlántico donde casi muere, hasta su llegada a la Española (hoy República Dominicana) y los conflictos que entre los propios hispanos se producen. Los Colón en el Nuevo mundo reclaman tierras, títulos y soberanía versus una corona que, con poder político, trata de contener las ambiciones desmesuradas del linaje del Almirante.

 

De allí, a través de los canes, que son armas de guerra, vamos a presenciar en menos de 20 años la expansión del dominio español tanto al norte (el actual México y la Florida), y hacia el sur, a un reino que se conoce como Birú y cuyas calles, se dice, están empedradas de oro. En ese contexto, la relación perro-hombre es crucial para sobrevivir. No solo porque el can es el arma más letal que tenga el soldado, sino porque será su guardaespaldas y salvavidas en más de una ocasión; de allí que Tomás decide irse de la Española cuando, pacificado el territorio, ordenan eliminar, por exceso de población, a todos los perros (también servirán de comida en las épocas de hambruna).

 

Tomás lo trata a Baldomero de don perro. Hay un respeto y aprecio al can que sirve de arma y protección, como si se tratase de un compañero. De igual a igual. Es más, el perro gana un salario, como si se tratase de un soldado. Recibe su parte de las riquezas que van encontrando. Baldomero lo cuida contra los naturales que en cualquier momento pueden atacar y contra sus propios compañeros de armas, movidos por la ambición.

 

La conquista del Nuevo mundo fue una empresa privada. Los reyes católicos “daban en concesión” las tierras y riquezas que se encontrasen a cambio de un porcentaje para la corona, el llamado quinto real; pero, el financiamiento era privado. A cambio, el conquistador recibía títulos, monopolios comerciales y una parte de las riquezas. Había socios capitalistas -fue el caso de Hernando de Luque en la conquista del Perú- y otros que se encargaban de la acción ejecutiva, como Pizarro y Almagro. Los porcentajes de ganancia que les tocaba a uno y otro se establecían previamente en un contrato, descontando el quinto real; claro, si la empresa llegaba a buen puerto, caso contrario se perdía el dinero invertido, como sucede en toda actividad privada. Es lo que ahora se conoce como capital de riesgo, donde la Corona -sin dinero y sin ejército propio- solo aportaba la legitimidad real para entregar títulos y bienes a los conquistadores.

 

Freyre no tiene una visión negativa del conquistador. El autor siente empatía hacia aquellos que llegaron a estas tierras. Vinieron por riquezas, es cierto, pero se la jugaron hasta con la vida. Muchos se quedaron a morir acá por decisión propia, otros, hecho algún dinero, regresaron a España. Vemos que no solo fue heroísmo, sino saber acomodarse con el ganador en esa lucha por el poder que surge entre los mismos españoles desde el descubrimiento. Un joven Francisco Pizarro, quizás sin demasiadas letras, pero sí con bastante olfato político, decide no seguir a Vasco Núñez de Balboa en su siguiente expedición que lo hará descubrir el océano Pacífico, por las rencillas internas que tiene este con el gobernador, el temido Pedrarias. El estar del lado del vencedor en la disputa (Núñez de Balboa muere decapitado) le ganará la alcaldía de Panamá y el poder hacer la empresa de conquistar las lejanas tierras del sur.

 

En medio de esas ambiciones y luchas intestinas se va desarrollando la conquista del Nuevo mundo. Asentada la potestad del rey en las Indias y eliminadas las últimas sublevaciones de los conquistadores, los barcos que llegan a América ya no traen tantos aventureros, sino funcionarios del rey, monjes y soldados que irán conformando la burocracia del virreinato del Perú, que se extenderá a lo largo de 300 años.

 

Es cierto que el libro tiene algunos anacronismos, como usar el kilogramo como unidad de medida de una pepa de oro encontrada, cuando recién se estandarizó en el siglo XIX, más de tres siglos después de los hechos narrados en la novela. Pero son detalles menores.

 

Tierra de canes se deja leer de un tirón. Novela de aventuras corta, de poco más de 220 páginas, nos registra un episodio de nuestra historia que dará lugar al mestizaje de razas y culturas, del cual, guste o no, somos herederos.


*Carlos Enrique Freyre: Tierra de canes. Edición consultada: Alfaguara, 2025, 227 pp.