Sunday, October 27, 2024

CUBA: ENTRE APAGONES Y HURACANES

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107      


            Es más un ferviente deseo que una realidad concreta, el desenlace terminal del régimen que algunos ven en los apagones y escasez que se vive en Cuba. Son esos buenos deseos que se dan ante una crisis seria, pronosticando que es el fin del régimen.

        Aunque, no va a dar lugar ni al fin del régimen, ni menos a una salida democrática. Es posible que el estado de las cosas en la isla continúe igual o peor. Por lo general la solución a la escasez no ha sido política, sino de exilio; y si bien no llega a la magnitud del exilio venezolano, es significativo en proporción al número de habitantes del país (se estima que en los últimos años entre un 10% a 20% de cubanos se han ido de la isla para no volver).

 

El servicio de inteligencia cubano funciona tan bien que es casi imposible planificar y ejecutar una conspiración en contra, sin que antes lo sepa el régimen. Ese servicio lo presta a Nicolás Maduro en Venezuela y es uno de los soportes de su gobierno para mantenerse en el poder, a pesar de todo.

 

Como era de esperarse, la versión oficial de los apagones obedece al bloqueo norteamericano. (Un poco más y los huracanes sobre la isla también son producto del imperio). Lo cierto es que las centrales eléctricas de la isla carecen de mantenimiento y el generoso petróleo venezolano se ha recortado drásticamente por los problemas de producción del país llanero. Mientras tanto, el ciudadano de a pie es el que sufre las consecuencias, en un país tropical donde los alimentos necesariamente deben refrigerarse, el aire acondicionado es común en los hogares y las cocinas eléctricas fueron trocadas hace tiempo por leña y carbón.

 

Al parecer ni Rusia ni China quieren hacerse cargo de esta dramática situación y ocupar el papel que antaño tuvo la extinta Unión Soviética. Es muy caro y los réditos no son tangibles. Más bien ambos países prefieren apoyar a Venezuela que tiene el petróleo y algunas reservas de oro para pagar por la ayuda sino-rusa, hecho que Cuba está lejos de ofrecer. Aparte que tener una base en Cuba, cercana a EEUU, como antaño la URSS poseyó, no solo es desafiar al imperio frente a sus costas, sino moda pasada con los actuales misiles intercontinentales y satélites espías alrededor del mundo.

 

¿Cuba fue alguna vez una nación medianamente desarrollada como dicen los panegiristas del régimen? Parece que nunca llegó a esos niveles, ni siquiera en la época de auge del socialismo cubano. Tuvieron un buen servicio de salud y educación, es cierto, los que se han deteriorado en los últimos años; pero nunca llegaron a ser un país medianamente desarrollado, por ejemplo, con estándares uruguayos, para hacer una comparación cercana. Lo que existió fue una eficaz propaganda del régimen cubano sobre un paraíso socialista en el trópico, a lo cual ayudó muy bien la izquierda del continente y la europea, parte de la cual todavía persiste en la venta del paraíso, que solo está en los discursos o el papel mojado.

 

Con la protección de la ex Unión Soviética existió una dependencia de productos primarios (el azúcar) a precios protegidos a cambio de bienes terminados y tecnología. Fue una dependencia muy parecida, en aquellos años, a la de distintos países de América Latina con respecto a EEUU y Occidente y que la izquierda criticaba acremente como una de las causas del subdesarrollo. Productos primarios por bienes elaborados. La diferencia era el signo político del país que entregaba los bienes terminados. Aparte que el verbo inflamado y el carisma de Fidel Castro cohesionaba a la isla, algo que ahora ya no existe frente a la opaca burocracia que tiene el poder.

 

         Es posible que Cuba se dirija a un nuevo período especial como en los años 90 del siglo pasado (léase grave austeridad y ajuste de cinturones); pero el fin del régimen creo que está lejos.

Sunday, October 20, 2024

SOBERANÍA DEL ESTADO VS REDES SOCIALES TRASNACIONALES

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


El tema es a raíz de la suspensión total de X (ex Twitter) que acaeció en el estado de Brasil, ordenada por un juez federal de la Suprema Corte. Todo se origina cuando en Enero de 2023 un grupo de partidarios del ex presidente brasileño Jair Bolsonaro invadieron los recintos del Congreso Nacional y la Suprema Corte descontentos de la victoria de Lula da Silva sobre su candidato. Parte del descontento fue difundir supuestamente contenidos falsos en la red X “gestionados por usuarios acusados de socavar la democracia y el proceso electoral” (sic).

 

Inicialmente se ordenó el bloqueo de varios de los usuarios que gestionaban esos mensajes. X no acató la medida, alegando que era censura e iba contra la libertad de expresión. La cosa fue escalando a mayores, multas progresivas, retiro del representante legal de X en Brasil, hasta llegar, por orden del juez Moraes, a la suspensión total de la red en el estado brasileño, ordenando incluso fuertes multas diarias sobre aquellos usuarios que usen X con un VPN “fantasma” a fin de eludir la suspensión.

 

Más allá de si la decisión del juez Moraes fue o no abuso de poder, si obedeció o no a un sesgo político a favor del oficialismo brasileño, el incidente es importante para analizar la eterna dicotomía de libertad de expresión vs censura y los alcances que pueden tener las redes sociales más allá de la soberanía de cualquier estado.

 

La primera apreciación es sobre la libertad de expresión. ¿Es válido que un estado nacional ordene bloquear redes por mensajes que no son de agrado del gobierno de turno?, ¿se puede autorregular la libertad de expresión en las redes?, ¿cuál es la responsabilidad de estas en caso de ser negligentes en la propia regulación?, ¿hasta qué límite es dable la intervención de un estado en temas tan delicados como la libertad de expresión? Tengamos presente que toda decisión judicial no es neutral y tiene repercusiones políticas y económicas.

 

Si entendemos la soberanía como el ejercicio de autoridad del estado en cierto territorio, evidentemente que cualquier estado puede ejercer la suya si se afectan intereses nacionales. El punto es que ese ejercicio de autoridad no sea ilimitado ni arbitrario, ni caiga en un totalitarismo, sino canalizado o regulado, sea por otras instituciones del propio estado (ejemplo el Tribunal Constitucional) o leyes sobre la materia (legislación interna, convenios internacionales, etc.).

 

Luego se encuentra la soberanía del estado vs la “soberanía” de las trasnacionales de la comunicación. Generalmente la soberanía se ha entendido como la de un estado nacional, competente en varias materias, muchas en exclusividad. (ejemplo: cobrar impuestos). Pero, con las redes sociales está ocurriendo una suerte de soberanía virtual, más allá de cada estado nacional. Y la pregunta que cae por su peso es si estas pueden ser impunes en caso trasgredan una legislación nacional.

 

A inicios de siglo las redes y su contenido eran totalmente libres. Recién empezaban. Se hablaba de “la libertad de internet”, suerte de paraíso virtual adánico. Esto cambió cuando congregan más usuarios, se comenta y se transa de todo, y en coyunturas delicadas en un estado nacional como sufragios para cargos de elección popular, los mensajes falsos pueden ir y volver de un lado y otro (encuestas falsas, dichos falsos, fotos trucadas, etc.). Las redes tienen ahora más poder.

 

En ese nivel ya se requiere una regulación de la red sin caer en la censura o colisionar contra los derechos individuales de una persona. Lo idóneo es que la propia red cumpla con el deber de regularse y verificar el contenido. Por ejemplo, en materia de fraude, a redes trasnacionales como Meta se les está pidiendo que tengan mecanismos de autorregulación que eviten las estafas en línea y asumir parte del reembolso (devolución) a las víctimas. Ya no hablemos de lo que sucedió con Telegram, donde uno de sus directivos fue detenido porque la red acusaba tráfico de pedofilia.

 

Si bien la libertad de expresión es esencial, las redes deben verificar que otros bienes jurídicos también sean adecuadamente tutelados como el patrimonio, el honor de la persona o la libertad sexual de menores, caso contrario lo tendrá que ejercer el estado nacional; pero, teniendo presente que un tema de regulación es siempre político, no únicamente “técnico” y que puede ser usado para otros fines distintos en aquellos que detentan el poder. Es un tema polémico por donde se le mire.

 

            Quizás estamos viendo el inicio del fin de la soberanía nacional tal como la entendíamos y la enseñaron en las Escuelas de Derecho o, por lo menos, la disminución de esta soberanía en un mundo globalizado, lo que tarde o temprano iba a suceder, pero donde los estados nacionales todavía tienen algo que decir.

Sunday, October 13, 2024

OLA DE CRIMINALIDAD Y BUKELIZACIÓN

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


El paro de los trasportistas (al que se unieron comerciantes minoristas) contra la inacción del gobierno frente a las extorsiones, pago de cupos y asesinatos por bandas criminales organizadas, ha colocado en primer plano no solo la ola delictiva que azota Lima y otras ciudades del país, sino la carencia de un plan contra el crimen organizado.

 

Contra todo pronóstico, y ante la necesidad de seguridad material por las diarias extorsiones y sicariato, miles de personas afectadas por la ola de criminalidad, salieron a protestar frente a la inacción del gobierno.

 

Es cierto que las extorsiones, sicariato, tráfico de personas y de drogas, no solo ha recrudecido en nuestro país, también otros países de la región están sufriendo el mismo problema, por lo general causado por bandas criminales de origen venezolano. A los gobiernos los ha cogido “en frío” al no saber cómo reaccionar frente a la creciente ola delictiva. El asunto está en qué hacer. Y es allí donde cojea el gobierno de Dina Boluarte.

 

Boluarte asumió el gobierno faltando tres años y medio para completar el período de Pedro Castillo, por lo que, frente a su debilidad política, la decisión de “flotar” para sobrevivir políticamente hasta culminar su mandato, era demasiado tiempo, sobre todo en un país tan complicado y convulso como el Perú, donde cada día surge un nuevo problema. Tenía que afrontar algunos problemas graves, uno de ellos la delincuencia organizada.

 

Pero, por el lado de la oposición, la cosa va igual o peor. Más allá de los discursos retóricos, no se conoce propuestas coherentes. En el supuesto que sean gobierno mañana, el problema de la inseguridad ciudadana seguiría igual.

 

Y es que las propuestas van por cambios difíciles de ejecutar. Más fáciles de decir que de hacer, como sucede con la reforma de la justicia, el Ministerio Público o la eficiencia de la policía nacional, pasando por darle más competencias (y armas) al serenazgo y penas draconianas por delitos agravados.

 

Frente a ello solo tenemos “parches” que no van a ser de mucha ayuda y, frente a la ineficiencia del gobierno y la oposición, puede desembocar en que los grupos sociales afectados apliquen la justicia por sus propias manos. Vamos, “se busca vivo o muerto”, como en el lejano oeste. Cuando el estado, que tiene el monopolio de la violencia, falla, a la sociedad no le queda más remedio que aplicar la justicia con sus propias manos, como de hecho sucede en casos aislados. Ya no será “coge un choro y déjalo paralítico”, sino “haz patria y mata un choro”.

 

La xenofobia también se va a agudizar, sobre todo hacia los venezolanos, y separar la paja del trigo va a ser extremadamente difícil, por lo que justos van a pagar por pecadores.

 

Y, como apuntamos en un artículo anterior, a mediano plazo, de cara a las elecciones de 2026, los planteamientos extremos de una bukelización contra la delincuencia van a tener más oyentes y adeptos que aquellos planteamientos moderados o que hablen del debido proceso y los derechos humanos.

 

Los planteamientos del centro político van a tener poco eco entre los electores. Al ciudadano medio no le va a importar mucho cómo el siguiente gobierno “mata las pulgas”, sino que cese o baje esta ola criminal, por lo que, si es necesario suspender algunos derechos fundamentales, al ciudadano no le va a quitar el sueño. Claro, de allí a un gobierno autocrático, existe apenas un paso.

 

Quien tenga un “relato” contra la delincuencia y sea creíble, sin importar si es de izquierda o de derecha, es quien tendrá más seguro el sillón de Pizarro el 2026. En otras palabras, un populista de “mano dura” tendrá más oportunidad de ganar que alguien con un discurso racional y apegado al estado de derecho. La pobreza y la falta de oportunidades han pasado a un segundo plano, frente a la criminalidad que azota el país. Quien tenga “soluciones”, por más disparatadas o duras que parezcan, pero creíbles, tendrá más chance de ganar. No importa tanto la idoneidad del candidato, importa que su “relato” sea creíble para la ciudadanía.

Sunday, October 06, 2024

LOS HOMBRES QUE MATARON LA PRIMAVERA

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Frente a la ola de extorsiones, robos y secuestros acaecidos en la ciudad de Trujillo en el segundo gobierno de Alan García, nació un “escuadrón de la muerte”, grupo de policías que, con el apoyo político del gobierno y financiero de la gran empresa, ejecutó extrajudicialmente a muchos delincuentes, quienes misteriosamente siempre caían en enfrentamientos con las fuerzas del orden.

 

El núcleo de esa historia real sirve para desarrollar la ópera prima Los hombres que mataron la primavera de Omar Aliaga. Dos jóvenes periodistas trujillanos van a indagar lo que existe detrás de esas ejecuciones.

 

Lo primero que se nos viene a la mente como referente es Los hombres que no amaban a las mujeres del escritor y periodista Stieg Larsson. Hasta el título guarda una gran similitud con la novela del sueco. Igual son dos periodistas, uno mayor que el otro, la chica es una freakie, muy parecida en eso a la Candy de la novela, mientras que él es más centrado, y ambos tienen una relación sentimental mientras dura la investigación. Hay una inspiración evidente, que el propio autor se niega a ocultar.

 

Pero, como toda novela negra, es necesario ir quitando los distintos velos para conocer cuál es la verdad. Acá nos parece le faltó pericia al autor o dio por supuesto que todos conocemos el caso de la vida real. La perentoria verdad de las mentiras, donde se nota la vena del escritor. Eso lo trata de compensar con una historia de romance entre Mauricio y Candy, la cual se excede como historia secundaria y muchas veces obnubila la historia principal. En muchos momentos del relato la historia de la educación sentimental opaca la historia principal, ocupando casi la mitad del libro. Son errores que se presentan al debutante que quiere contar todo en su primera novela.

 

Los saltos temporales son también discutibles. ¿Merecieron la pena?, ¿eran funcionales a la trama? Mario Vargas Llosa, en su primera etapa, fue quien aclimató esa técnica a la literatura peruana, pero incluso él se excedió en el uso en sus novelas de juventud, por lo que siempre hay que tener cuidado en utilizarlos. Por lo demás, la evolución de los personajes principales está muy bien dibujada. Ninguno de los dos será igual al final. Mauricio abandona el periodismo para dedicarse a la docencia, mientras que Candy supera sus problemas personales haciendo una maestría en el extranjero. Hay una suerte de epílogo en el capítulo final, bastante excesivo por cierto, donde nos dice acerca de los personajes diez años después.

 

Si bien la novela adolece de defectos formales y le faltó un mejor desarrollo, es meritorio el retrato sociológico de ese Trujillo de inicios del siglo XXI, en ebullición, con una modernidad en crecimiento, pero también con una delincuencia y achoramiento cultural en orden ascendente. Nuevas clases sociales, nuevos patrones culturales, fortunas de origen dudoso, y el ser rico cómo sea es el norte que guía a los personajes, todos juntos y revueltos.

 

Por ese mérito sociológico vale la pena leer Los hombres que mataron la primavera.


* Omar Aliaga: Los hombres que mataron la primavera Edición consultada: Edición Fondo de Cultura Económica Perú, 2024, 284 pp.