Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Existen películas como libros que
polarizan al público y a la crítica: aquellos que lo consideran un bodrio y
aquellos que dicen estar ante una obra maestra. Es lo que está sucediendo en
todo el mundo con la adaptación de La odisea (2026) de Christopher
Nolan.
LA
ADAPTACIÓN
Tenemos
dos formas de adaptación de un libro al cine: la que es fiel al contenido y la que
es libre y se toma varias licencias. Ninguna es mejor que la otra, ni importa
la intención que tuvo el realizador. Lo que importa es el resultado final. Cómo
queda en la pantalla. Existen innumerables casos de adaptaciones fieles al
libro, pero cuyo resultado dejó mucho que desear; y otras que fueron libres y
quedaron perfectas. Y también ha sucedido lo contrario: adaptaciones libres,
pero francamente olvidables; y las que son fieles al texto original y tienen
bastante interés.
La
de Nolan fue de carácter libre, pero cuyo resultado no estuvo a la altura de
las expectativas. Veamos.
LO WOKE
Por
las cuotas de actores o de equipo técnico de minorías sexuales o raciales con
las que deben contar producciones que deseen competir por un premio Oscar, los
estudios de cine están forzando la participación en cualquier filme de actores
de estas minorías, por más que no calcen en la historia que se cuenta.
Estas
políticas inclusivas forzadas se notan en varias producciones históricas anglosajonas
de los últimos años. Por ejemplo, en una película o serie ambientada en la
época isabelina (Siglo XVI) veremos nobles de color negro ocupando cargos de
importancia en la corte o damas de compañía de la reina de ascendencia asiática,
cuando el hecho era imposible históricamente, convirtiéndose en errores
anacrónicos o de fuera de época que le restan credibilidad al relato.
Es
como hacer un remake de El Padrino, con un capo de la mafia de ascendencia
siciliana como Vito Corleone, protagonizado por un actor negro. Por añadidura,
el personaje tiene un apasionado romance homoerótico con su lugarteniente, a
fin de incluir en la trama a las minorías sexuales.
Es
forzado y no sería creíble, así sea una historia interesante y cuente con un
buen acabado técnico, tal como sucedió con La Odisea de Nolan. Una
Helena negra (cuando en el biotipo griego de la época no existía); una
tripulación de origen étnico indio, asiático, africano y hasta latino (?); o
actores transgénero en roles masculinos, da a la trama una resignificación
cultural, distinta al contexto histórico del canto épico.
Nolan
juega mucho con los elementos woke, más por ganar nominaciones y algunas
estatuillas en la entrega de los Oscar que por ser fiel creyente de esta
ideología; y eso le resta credibilidad a lo narrado, así tenga un excelente acabado
visual y técnico.
Eso
sí, el actor protagónico que hace de Odiseo sigue siendo un auténtico WASP:
blanco, rubio y de ojos azules.
ELEMENTOS
MENORES
A
estas objeciones se suman otros elementos menores que han despertado críticas,
como la ausencia de actores griegos, por lo menos para los papeles secundarios,
o la elección del inglés con acento norteamericano (que naturalmente no existía
en esa época) como la lengua común en que hablan los personajes. Igualmente,
algunos especialistas señalan que se haya diluido el rol protagónico de los
dioses en la trama o que el diseño de las naves y los ropajes no corresponden en
absoluto a los que se usaron en el asedio de Troya.
Digo
elementos menores no con menosprecio, sino porque para las grandes
superproducciones de Hollywood esas cosas las tienen sin cuidado: prefieren
actores norteamericanos para los protagónicos, usar la lengua inglesa, no
importa si la película se ambienta en la prehistoria, porque el público
anglosajón se mira mucho el ombligo y le da flojera leer subtítulos; y lo del
vestuario y decorados a Hollywood siempre le ha dado igual. Salvo uno que otro
filme, a las grandes producciones esos detalles les ha tenido sin cuidado.
LA POLÉMICA
POR EL FORMATO IMAX
A diferencia de otras artes, el cine
es el que más depende de los cambios de la tecnología. Es imposible grabar
películas hoy con las técnicas del pasado. El cine siempre va acompañado de los
cambios tecnológicos. Por supuesto que elegir una técnica u otra no
garantiza la calidad artística de un filme.
Nolan
ha sido muy criticado por su defensa acérrima de usar el formato IMAX (relación
de aspecto en pantalla 1.43:1) que apenas lo tienen para proyección 40 salas de
cine en todo el mundo, lo que significa que la gran mayoría de espectadores que
hemos visto La Odisea fue en un formato recortado, distinto a la versión
original del director. Por ello, fue calificado de snob, de usar una
técnica del pasado, cuando lo dominante ahora en grabación, edición y
proyección es el digital, que cada día mejora más y ha permitido abaratar
costos (la propia empresa IMAX certifica cámaras digitales).
Es
como si un escritor hoy insista en usar una pluma de ganso para escribir sus
poemas, a la usanza del siglo XVI, porque se ve más bonito con la tinta y el
papel especial de ese entonces, y desdeñe el uso de un silvestre procesador de
texto, al no ser tan visual el acabado de su poema como con la pluma de ganso.
Eso
tiene un nombre: anacronismo.
Este
debate entre lo analógico y lo digital se parece mucho al que existió en el
siglo XVI entre el libro hecho a mano por copistas y el libro impreso, toda una
revolución en aquella época (o, más contemporánea, la polémica actual entre el
libro impreso y el libro digital).
Los
defensores del libro hecho a mano argumentaban que eran “más bonitos”, con
mayor elegancia y consideraban al libro impreso “vulgar”. De repente tenían
razón, si consideramos el papel, la tinta y la caligrafía empleada, pero al
final quién se impuso fue el libro impreso. Todo se redujo a una cuestión de
costos: era infinitamente más barato y, por tanto, estaba al alcance de más
personas, mientras el preparado por copistas solo lo podía adquirir una minoría
exclusiva: la nobleza.
El
debate entre la elección de técnicas analógicas o técnicas digitales para hacer
cine es anacrónico, fetichista, y a su vez elitista. Conforme las técnicas
digitales se vayan perfeccionando y abaratando, el debate -como sucedió antaño entre
el libro hecho por copistas y el libro impreso- quedará en el olvido por obsoleto.
EL
PERSONAJE
El
Odiseo de Nolan es un ser atormentado por lo que hizo en la guerra. Más tiene
una conciencia judeo-cristiana de hoy que la de un griego que vivió hace más de
tres mil años. Matar mujeres y niños, arrasar por entero una ciudad y
desaparecerla del mapa eran parte de la guerra. No existía lo que ahora
conocemos como derechos humanos, ni el derecho internacional humanitario; y el genocidio
y exterminio total de una población eran prácticas consuetudinarias. Nos pinta
a un Odiseo con una conciencia moral que en su época no existía. Quizás un
tanto para darnos la apariencia de un héroe atormentado y ganarse la empatía
del público, que la de un tipo bastante taimado, astuto, que no le hacía ascos
traicionar al prójimo, tal como lo describe Homero. Un hijo de puta como
dirían los españoles.
Incluso
nos omiten, para evitar la infidelidad que, de los diez años de la travesía,
ocho los pasó bien acompañado. Convivió primero con Circe por un año y luego
con Calipso por siete, como marido y mujer, bien refocilados uno y otra. En la
adaptación de Nolan a Circe ni la toca; y con Calipso solo se miran a los ojos
y tienen “diálogos existenciales” a la orilla del mar.
LOS DIOSES
Es
cierto que, salvo Atenea, la diosa protectora de Odiseo, los dioses se
encuentran ausentes. En Troya (2004) del desaparecido Wolfgang Petersen,
inspirada libremente en La Ilíada, tampoco estaban presentes los dioses.
Incluso
la Atenea que se le aparece a Odiseo susurrándole al oído, en una escena final
veremos se asocia con una sacerdotisa asesinada en Troya más que a la diosa
misma, por lo que puede ser solo un recuerdo de la mala conciencia que arrastra
el héroe.
Suponemos
es signo de los tiempos. Tiempos descreídos en lo sobrenatural, donde la
presencia de los dioses ya no impacta tanto en el público como antaño, y ambos
directores, Petersen y Nolan, han privilegiado la acción, aunque mucho mejor
tratada en la obra del alemán, como veremos enseguida.
LA
ESTRUCTURA
Efectivamente,
Petersen en su Troya privilegió la acción en un hilo temporal continuo.
Fue un relato de aventuras que no estaba lastrado con ninguna carga ideológica
y que, luego de veinte años, ha envejecido bien.
No
se puede decir lo mismo de La odisea de Nolan. No solo por el lastre de
la ideología woke, que es evidente, el casting equivocado, las
incoherencias del guion; sino porque un relato que se supone debe ser de
aventuras o de acción se encuentra sobrecargado con innumerables flashbacks
que dan cuenta del pasado atormentado del personaje, ralentizando
innecesariamente la acción. El director, en vez de contar un fluido relato de
aventuras, decidió reflexionar sobre los “horrores de la guerra”, la
destrucción y la mala conciencia del personaje -muy en el tono de su filme
anterior, Oppenheimer- en una visión contemporánea diferente a la de un
aqueo de la antigüedad.
El
relato queda lastrado con una moralina poco convincente y el contar la historia
de su regreso a Ítaca se relega a un lugar secundario, saturando con lo
redundante y que ya sabemos: el tormento existencial del personaje.
DEBER DE HOSPITALIDAD Y SANCIÓN
El deber de hospitalidad (la xenía) que tanto se menciona
en la película como la ley de Zeus, puede degenerar, visto con ojos
contemporáneos, en lo que constituye un abuso del derecho por parte de
los invitados, al poner en serio peligro la economía y los medios de
subsistencia de quien hospeda (en este caso Penélope y su hijo Telémaco). Por
ello, el castigo de Odiseo es ejemplar: matarlos, pese al riesgo de venganza de
las familias de los pretendientes. Tengamos presente que, para la época, aparte
del honor considerado como un bien intangible, el patrimonio de un hombre no
solo eran sus bienes materiales, sino también su esposa y sus hijos.
Odiseo practica una justicia usual en el mundo antiguo,
por la que resuelve el conflicto y defiende sus derechos por mano propia, sin
acudir a los tribunales; restableciendo de esa manera el equilibrio roto.
Asimismo, especialistas en la época helénica han
advertido que la escena final del autoexilio de Odiseo y Penélope no encaja con
las creencias e idiosincrasia de la época. Para un griego el Oikos, el
regreso al hogar no solo era una referencia, sino aquello que lo completaba
como persona, identificándose con un espacio determinado y su relación con el
mismo. La identidad personal y social eran indisolubles. Difícilmente Odiseo
iba a abandonar Ítaca por la que tanto luchó por regresar, ni tener conflictos
morales por haber asesinado (con astucia y a sangre fría) a los pretendientes
de su esposa. No estamos ante un millennial individualista de hoy,
cínico y pragmático, que puede vivir fácilmente en un país diferente al suyo,
entre gentes de lenguas y costumbres distintas, sino un hombre que pertenecía a
un grupo y lugar, dentro del cual recién adquiría plena identidad.
INTERSTELLAR
Y LA ODISEA
Algunos comentaristas del filme han apuntado
acertadamente que en Interstellar (2014) del propio Christopher Nolan tenemos
una Odisea en versión espacial, tanto en personaje como en trama.
Tenemos un personaje que literalmente da toda una vuelta
por el espacio y que luego de varios años le carcome el nostos, la
nostalgia por el regreso y ver a su hija. Le suceden una serie de pruebas antes
de llegar y los dioses (representados por humanos del futuro) lo van a ayudar
para ese regreso, aparentemente imposible.
Hasta Anne Hathaway en Interstellar interpreta una
suerte de Penélope a la que, en la escena final, se debe rescatar frente a la
soledad y peligros que la acechan.
En breves líneas está contando la trama de La odisea.
Claro, en versión más moderna y bastante libérrima, pero más interesante y
mejor que su adaptación homérica. Interstellar es una odisea contada de
otra manera.
*****
En las actividades humanas la línea que separa el éxito
del fracaso es muy tenue, muchas veces imperceptible, hasta su consumación en triunfo
o en derrota, los que nunca son definitivos. Hay interpretaciones interesantes
que se han hecho de este Odiseo antibelicista, pero subrayan lo evidente:
ubicar a un personaje que vivió en un contexto histórico de hace más de tres
mil años, con ideas y valores actuales, lo convierte en un personaje
ahistórico, fuera de contexto, poco convincente y que no funciona en el relato
cinematográfico.
Como precisan los especialistas en el mundo antiguo, no
se puede insuflar de ideas, valores y visiones contemporáneas a un hombre para
el cual no significaban nada; así como tampoco se pueden juzgar personajes,
acciones y hechos del pasado con una mirada actual. No es verosímil, se nota
impostado, y tan burdo como las costuras de un vestido barato.
A ello súmese el inadecuado casting (pensado más
para ganar premios), actores desperdiciados en papeles insignificantes, las
incoherencias del guion, el escaso desarrollo de personajes femeninos (una
constante en las películas de Nolan), amén de las licencias poco fidedignas que
se tomó con la historia original. Hasta la traductora de La Odisea al
inglés en que se basó el guion, la filóloga Emily Wilson, manifestó que le
daría vergüenza haber escrito parte de él. Y todos esos pasivos recaen
directamente en Nolan al ser director, productor y guionista del filme.
En lo personal me
parece que su versión de La odisea está
muy por debajo de otros filmes suyos. El director reflexiona sobre los horrores
de la guerra a través de un personaje para quien, tres mil años atrás, tenía un
significado totalmente distinto y no se hacía esas preguntas existenciales. Eso
no quita lo interesante que pudo ser, ni el atractivo visual que tiene, ni los
millones que ha hecho en taquilla que es, al final de cuentas, lo que todo blockbuster
persigue.
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