Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
...más de 39,000 artículos que representan el 23% de los papers han sido retirados de los portales web y otro 16% ha corrido la misma suerte por plagio...
Agustín Ávila (divulgador científico y
coordinador en la UNAM), en un artículo (https://letraslibres.com/revista/los-demasiados-papers/01/05/2026/), criticaba el mercado persa en que se
han convertido los papers (artículos de investigación científica
producidos por investigadores y patrocinado por universidades).
La
idea inicial de los papers era buena: promover en revistas científicas
de alto nivel los avances de investigación en diferentes áreas, siendo el
público objetivo el mundo académico. Al ser publicados en portales web, la
difusión es mundial. Naturalmente un artículo publicado era puntos a favor
tanto para el investigador (ascensos en el escalafón, bonos, incentivos
económicos para futuras investigaciones) como para la propia universidad
(subida en el ranking universitario, aportes económicos para nuevas
investigaciones, marca de prestigio a nivel mundial).
El
problema fue que, al querer aparecer en estas revistas científicas, muchos “investigadores”
comenzaron a comprar papers. Refiere el autor que llamaba la atención
que algunos publiquen papers cada 5 días o cada 37 horas que, bromeando,
se decía, no tenían tiempo ni de leer sus propios artículos. Es imposible
publicar con tanta rapidez investigaciones con rigor científico, así sea un
equipo trabajando a dedicación exclusiva. Al replicar las pruebas de las
investigaciones en otras latitudes se dieron cuenta que la metodología empleada
era incorrecta o, peor aún, se habían adulterado datos para “encajar” las
conclusiones. Como señala Agustín Ávila, más de 39,000 artículos que
representan el 23% de los papers han sido retirados de los portales web
y otro 16% ha corrido la misma suerte por plagio. No extraña, cuando nos indica
que la revisión por pares -esencial en todo artículo científico- ahora es una
formalidad, al crear el propio investigador cuentas e identidades falsas para
revisar sus propios textos.
APARECE EL
MERCADO DE LOS PAPERS
Efectivamente,
frente a la creciente demanda de publicaciones, de cada vez más phd
(investigadores con grado de doctor) que desean trabajar en centros de
investigación de alto nivel, y la necesidad de publicación para ascender en el
mundo universitario, han aparecido distintas empresas que venden papers.
Se coloca el nombre del investigador a cambio de una suma de dinero. No es raro
aparecer en una coautoría de un artículo del cual no se tiene el menor
conocimiento. Es una forma.
Otra,
es usando inteligencia artificial, algo que se está volviendo recurrente. Se ha
detectado que la IA generó el artículo de acuerdo a los datos que el
investigador le ha proporcionado, artículo que luego hace pasar como suyo. También
se usa el método a lo Corleone, presionando una autoridad universitaria
a un investigador o un profesor a sus estudiantes a fin de aparecer en la
investigación donde no ha participado o tuvo una relación mínima. Las
“coautorías” dudosas se han convertido en un subterfugio, donde aparte de pagar
para aparecer en un artículo, otros por jerarquía e influencia en la
universidad (jefe de departamento o de facultad), presionan a sus subordinados
para figurar en la publicación.
Y
no faltan las formas burdas, como la de coinventor en algún modelo de utilidad
por el solo hecho de haber sido asesor de una tesis o una actividad
extracurricular. Conozco una colega que ha patentado cinco modelos de utilidad
en Indecopi sin ser ingeniera o bioquímica (es abogada); pero las patentes las
exhibe orgullosa como parte de su cv.
En
el mundo del derecho, si bien no hay tantos papers, pero sí publicación
de libros. Usualmente son copia de copia de copia de lo que otro ya dijo, insertan
alguna jurisprudencia de la Corte Suprema o el Tribunal Constitucional, y
gracias a la autopublicación lanzan cada cierto tiempo un nuevo libro. Algunos
hasta publican textos que solo son diagramas de procesos, tipo figuritas. ¿La
razón? Es puntaje para concursar al Ministerio Público o el Poder Judicial, o
por lo menos hacer carrera en alguna universidad. Fue el caso de coautoría de
un libro de derecho escrito a siete manos (sí, por siete autores). Las
coautorías respetables identifican claramente quién es el autor responsable de
cada texto que figura en el libro; pero, en este caso (un libro de menos de 200
páginas), no se identificaba quién era el autor de cada capítulo, era anónimo, aparte
que, si uno lo revisa, no tenía ninguna contribución significativa. Es una
recopilación de citas de lo que otros ya dijeron anteriormente, sin aportar
nada nuevo, pero los “coautores” lo exhiben orondos. Uno de ellos decano de una
facultad de derecho. Es la “doctrina jurídica nacional”.
La
idea de los papers era buena, lamentablemente se tergiversó. Como dice Agustín
Ávila “Es hora de que la academia voltee a verse en el espejo y descubra
cómo cortarle cabezas a esa hidra que se refleja”. Esperemos no sea
demasiado tarde, sino la confianza que la sociedad tenía sobre universidades (incluyendo
las de prestigio), investigadores y el conocimiento que generan irá perdiendo
credibilidad.
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