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Sunday, April 19, 2026

¿FUE OTRA ELECCIÓN MÁS?

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Al cierre de este artículo no se encuentra definido el candidato que pase junto a Keiko Fujimori a la segunda vuelta. De ser Sánchez tendríamos un escenario similar al de 2021, donde posiblemente por el voto de toda la izquierda más los descontentos con el sistema, lo harían ganador; pero teniendo al frente a un Congreso dominado por la derecha y que haría inviable su objetivo más caro de llegar al poder: la asamblea constituyente.

 

De ser López Aliaga, primera vez que Keiko tendrá un contendiente más a su derecha, por lo que tendría posibilidades de ganarle. Todo dependerá de quien tenga menos voto anti, más carisma y llegada al votante, se le considere como el mal menor y, por supuesto, tenga una maquinaria política de alcance nacional.

 

La fractura social en el país es evidente. No solo es la rabia de los de abajo frente al ninguneo de los que detentan el poder han ejercido siempre, donde solo cambia el nombre de los actores, pero el argumento es el mismo; es también, en algunas partes del país, ciertas revanchas históricas que no han terminado de soldarse y son aprovechadas por quienes agitan las aguas en busca de votos. ¿La historia? Como cada cinco años intentamos un salto al vacío, luego, desilusionados, destituimos al presidente electo y estos terminan en la cárcel o el exilio.

 

Como sucede también en otras partes del mundo, no estamos ante un elector racional que lee y coteja los planes de gobierno y analiza la trayectoria personal del candidato a fin de elegir la mejor opción, sino uno bastante emotivo, de emociones y sentimientos encontrados que pueden llegar a la autodestrucción. Más que un analista político, se requiere un siquiatra social.

 

Veamos algunos aspectos del proceso electoral:

 

1.- ¿ASAMBLEA CONSTITUYENTE O SEGURIDAD?

 

A no ser un fanático devoto de una asamblea constituyente y de la “libertad para Pedro Castillo”, el común de las personas quiere orden y seguridad, y se tenga mano firme contra el sicariato y las extorsiones. Esa plataforma de orden y seguridad solo la ofrece la derecha. La izquierda, aparte de la sempiterna asamblea constituyente y de financiar y apoyar descalabros estatistas (Petroperú y Essalud, crear nuevas empresas del estado, aumentar sueldos y pensiones del sector público, echar mano a las reservas internacionales, regresar disfrazada la cédula viva, etc., etc.), prefiere mantener el estado de las cosas como están sin hacer reformas radicales que, de seguir así, nos llevarían a una catástrofe similar a la vivida en la década del 80 del siglo pasado.

 

Paradójicamente, con ese “programa de gobierno”, parte de la izquierda se convierte en conservadora: son radicales de palabra, pero mantienen la situación de las cosas como están. Salvo la sempiterna “asamblea constituyente”, todo es ilusión.

 

2.- EL PODER DEL PARLAMENTO Y LOS VICES EN LA SUCESIÓN

 

El Parlamento va a seguir teniendo poder, sobre todo la cámara de senadores, marcadamente dominada por la derecha. Como hasta el día de hoy, si se tiene los votos, se podrá vacar a un presidente electo constitucionalmente, sin importar la causal; por lo que es probable que, como ha sucedido en los últimos diez años, el presidente no alcance a cumplir su mandato y sea reemplazado por el vicepresidente, salvo que tenga mayoría en el Congreso o un partido fuerte que lo respalde y, valgan verdades, la única que tiene un sólido partido y mayoría es la candidata naranja (Fuerza Popular).

 

Igualmente, la tendencia a la no reelección en el parlamento se ha cumplido como profecía bíblica. Creo que no pasan de los dedos de una mano los actuales congresistas que consiguieron la reelección, siendo un duro castigo al comportamiento de la clase política. Muchos fueron los llamados, pocos los elegidos.

 

Asimismo, más allá de Fuerza Popular, veo difícil que sobrevivan en el tiempo los partidos que han ingresado ahora al Congreso. Los puede ganar la división, las ansias de poder personal o las prebendas que les ofrezcan por su voto. Hasta Renovación Popular y Juntos por el Perú estarán sujetos a fugas partidarias y desprecios y agravios públicos de su líder a los que se van.

 

3.- EL VOTO ANTI

 

El voto anti existe todavía, pero está perdiendo fuerza. La narrativa de los antis (la corrupción de los 90) va perdiendo viada por el desgaste del discurso y por no tener serias alternativas populares que respalden el discurso ideológico más allá de los fieles creyentes.

 

Atencio de la Alianza Venceremos fue un claro ejemplo: el castigo simbólico a una rata con el nombre de Keiko al cierre de su campaña no le reportó los votos que esperaba, ni siquiera en Puno, considerado uno de sus bastiones; es más, su organización política ni siquiera pasó la valla electoral.

 

4.- LOS OUTSIDERS Y EL ANTISISTEMA.

 

Continúan siendo una opción, como lo han demostrado las candidaturas de varios cercanos al segundo lugar en el balotaje, incluyendo un viejo outsider que salió de sus cuarteles de invierno. Como que el peruano, frente a la decepción de los “políticos tradicionales”, sigue buscando una alternativa nueva, y fue cambiando de candidato conforme se acercaba la fecha del sufragio

 

El antisistema todavía está latente, más por rabia e insatisfacción que por identificación partidaria. Quien canalice mejor ese voto anti, tendrá un bolsón nada desdeñable.

 

5.- ¿SE BUSCA UN BUKELE? HACIA LA SEGUNDA VUELTA

 

A no ser un fanático de la “asamblea constituyente”, el elector peruano ha demostrado que prefiere escuchar a los candidatos que apuesten por la seguridad y el orden frente al crimen organizado, el sicariato y las extorsiones. El elector peruano no busca un Lenin, busca un Bukele.

Friday, February 26, 2016

UN ELECTOR EN BUSCA DE SU PRESIDENTE

Por: Eduardo Jiménez J.
        ejimenez2107@gmail.com
        ejj39@hotmail.com
       @ejj2107


He parafraseado el título de la obra de Pirandello para graficar lo que está sucediendo en las elecciones para presidente de la república. “Políticos antiguos” que no logran sintonizar con los nuevos tiempos; y nuevos que se desgastan rápidamente.

El estancamiento de la coalición Alianza Popular encabezada por dos políticos experimentados como Alan García y Lourdes Flores parece confirmar el fin de un ciclo que comenzó con la Asamblea Constituyente de 1978 y que tiene como personalidades representativas y sobrevivientes de aquella época  tanto a García como a Flores. (Incluso Lourdes ha insinuado que es momento de retirarse a los “cuarteles de invierno”).

Si bien tenemos un gran marco mundial que es el cuestionamiento a todo lo que provenga del establishment político (evidente en el desarrollo de las primarias en EEUU o el fin del bipartidismo español); lo cierto es que entre nosotros el proceso está marcado por un vertiginoso cambio de figuras nuevas en la política que al poco tiempo “envejecen”, así como agrupaciones políticas cuya vigencia no pasa de la coyuntura electoral.

A lo que debemos agregar que los nuevos políticos y sus agrupaciones privilegian un discurso vacío, muy genérico y poco atrayente para un electorado diverso. Y algunos –a la usanza de los aristócratas de antaño- han pensado que el dinero puede comprar la presidencia. Son políticos lights. En otras palabras: más allá de si aplican o no las nuevas herramientas de la tecnología de información, contratar asesores caros o derrochar publicidad y conciertos musicales por doquier, quizás lo que hace falta es la construcción de una nueva fe, de un “mito motivador” al decir de Mariátegui (el abuelo), y forjar un partido político de abajo hacia arriba, sostenido por una ideología o una “visión del mundo”, lo que no se logra de la noche a la mañana, ni existen atajos. Verdadero desafío hercúleo en estos tiempos.

Y dentro de este desgaste de viejos y nuevos políticos el elector sigue buscando un candidato que represente el cambio; pero en paralelo no perdona los “anticuchos” y  hechos poco claros y hasta medio turbios que se denuncian contra algún candidato, prefiriendo mirar a otra opción más trasparente.

Es lo que sucedió con la candidatura de García y los narcoindultos; así como la de Acuña y los casos de plagio (amén de un rosario de otras denuncias). Si bien cada uno esgrimió argumentaciones legales justificatorias, a veces lindantes con las leguleyadas, fueron difíciles de convencer. (Y cuando García pidió disculpas por los narcoindultos ya fue demasiado tarde).

Y, en el medio, un organismo electoral que privilegia los formalismos legales a la realidad: la casi exclusión del candidato Julio Guzmán dio la vuelta al mundo. En las democracias consolidadas y en las que se encuentran en vías de consolidación como la peruana, es muy raro que saquen de competencia a un candidato por no tener “un papel con un sello” y, por añadidura, un candidato que se encuentra segundo en las opciones del electorado. Puede parecer hasta que el organismo electoral “juega en pared” con otras candidaturas que quisiera favorecer. La práctica virreinal del “papel sellado” se privilegió sobre la realidad socio-política.

Pero creo algo está cambiando en la opinión que se tiene del elector promedio y que ya no pasa tan fácilmente estos hechos bochornosos. Calificado despectivamente de “electarado” por cierta prensa conservadora al eligir candidaturas cuestionadas o poco convincentes, más por “afinidad nacional” que por razonamiento (se elige alguien “tan peruano” en las virtudes y sobretodo los defectos como los tiene el elector). Considerado como un votante pragmático y sin muchos valores éticos –que, por lo demás, no le interesan demasiado- socialmente se le ubica en los estratos C (la nueva clase media), D y E.

Al parecer, el elector promedio está adquiriendo una conciencia crítica, más a nivel intuitivo que racional. No le interesa tanto los argumentos técnicos que, por ejemplo, rodean a los narcoindultos, los casos de plagio o la cuasi exclusión de Guzmán, pero sí considera ciertos valores universales como la honestidad o trasparencia en ciertos actos de los candidatos y de los organismos oficiales, y lo que puede estar bien o mal.
No es una actitud ética abstracta, más es sentido común que lo “aterriza” en cómo actúa un candidato o una institución.

Si bien no se puede generalizar (como en todas partes siempre habrá “electarados”), en un ambiente de marcada desconfianza como el peruano, tanto a las instituciones públicas como al oficio de político, el elector promedio está buscando un candidato que exprese ciertos valores que lo hagan creíble y que cumplirá la palabra empeñada de llegar a ser presidente. No un “pendex” redomado, sino alguien que inspire confianza.

Esto da incluso para una tesis universitaria sobre cultura, política y modernidad. Hay una suerte de mezcla de valores de cultura milenaria con modernidad.

De allí el ascenso meteórico de Guzmán, más con un trabajo en redes sociales y en el “boca a boca” que en costosas campañas publicitarias. Representa lo nuevo y “derecho”. Y, de haber salido de la contienda, las preferencias se hubieran encaminado no hacia algún puntero –ya bastante desgastados-, sino a dos candidaturas frescas y trasparentes que comienzan a hacerse visibles como la de Barnechea y la de Mendoza.

Ambos con campañas franciscanas, representan “lo nuevo” en política. Alfredo Barnechea, con un discurso articulado y reformista, ha sabido posicionarse en el centro político, bastante huérfano luego que la mayoría optó por la centroderecha. Mientras a Verónika Mendoza se le aprecia sinceridad en lo que dice; aunque no la tiene fácil dado que parte desde una izquierda neomarxista y antiminera (al igual que su entorno más cercano), cuando el elector predominante es de centro hacia la derecha (un elector más “conservador”). Convencerlo va a ser su gran reto, aparte que sus credenciales democráticas todavía no son muy claras (su posición frente al chavismo y la autocracia venezolana es, por decir lo menos, bastante ambigua). Quizás este no sea su año todavía, pero tiene una gran ventaja: es joven, trasparente y se ha hecho conocida a nivel nacional.

Curiosamente tanto Barnechea como Mendoza ganaron la representación de sus agrupaciones en elecciones internas verdaderamente abiertas y no los remedos que se dieron en otras organizaciones. Representan lo nuevo y, valgan verdades, lo honesto. Por el momento nadie los ha podido acusar de nada turbio. Pueden crecer, dependerá de su estrategia y los errores de sus contendores.

Para terminar, decíamos que no hay una nueva fe, un mito motivador. Quién está en algo de eso es Fuerza Popular. Los fujimoristas vienen construyendo un partido que puede proyectarse más allá del apellido Fujimori. Nos guste o no. Comenzaron con una fe a inicios del 2000 cuando vino la persecución a todo lo que pareciese u oliese a fujimorismo (y que ellos llaman “la gran persecución”), la experiencia de catacumbas que los cohesionó internamente (gracias a los errores de sus adversarios, sobretodo desde la izquierda). Están en mitad del proceso y en convertirse en un partido verdaderamente representativo, enraizado en lo “cholo popular”. Todavía tienen sus dilemas hamletianos. El 2016 es crítico para ellos: de perder otra vez Keiko, posiblemente gane preeminencia al interior de FP el albertismo, lo que marcaría una regresión en todo lo avanzado por los sectores más democráticos del partido.

Nada está dicho y los dados están echados.