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Sunday, June 14, 2026

DESPUÉS DEL 7 DE JUNIO

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107

 

Es sintomático, pero en las últimas cuatro segundas vueltas presidenciales donde ha participado Keiko Fujimori hemos tenido resultados similares: casi un 50% para cada candidato, con un fuerte antifujimorismo (aunque ahora atenuado) que votaba por el otro por no votar por ella. Le pasa lo mismo que a la también conservadora Marine Le Pen en Francia: carga con la mochila del padre y ha perdido todas las elecciones donde participó y, como Keiko, ha sufrido judicialización política.

 

Algo pasa, para que la mitad de los peruanos voten por una opción claramente fracasada en los países vecinos: asamblea constituyente + estatismo. Basta ver los dos millones de venezolanos que tenemos albergados para saber que el modelo no ha funcionado en ninguna parte.

 

La pregunta no es ociosa, porque el pueblo peruano le ha dado la mitad de la votación del domingo a cada candidato, por lo que no es una victoria absoluta para ninguno de los dos. En cierta forma el que gane tendrá una victoria pírrica que se le puede ir de las manos en cualquier momento. El que gane tendrá legalidad, pero tendrá que ganarse la legitimidad en el camino.

 

Porque el domingo 7 ha ganado el centro político. Esa inmensa mayoría que quiere una solución a sus problemas sin meter en agenda asambleas constituyentes, modelos económicos fracasados o liberando terroristas. Pero tampoco quiere un pasado autoritario. De ganar “la chika” tendrá que demostrar que no es igual al progenitor, con una cuesta arriba bastante difícil y ojos fiscalizadores rodeándola.

 

De cierta manera, estamos repitiendo la historia de la elección en 2021: los dos candidatos que pasan a segunda vuelta tienen menos del 20% de los votos; uno es un candidato populista “ofrece todo” contra una candidata más técnica en sus propuestas; uno proviene de provincias, la otra limeña; en género un hombre y una mujer, pero de la misma generación (adultos medios bordeando la cincuentena). Es un déjà vu, algo ya visto. Una asignatura pendiente que no cerró al ser vacado en 2022 Pedro Castillo; y, esos ánimos han recrudecido en la presente elección. Por eso, en artículo anterior, medio en broma decíamos que más que analistas políticos que expliquen la situación, necesitábamos con urgencia un siquiatra social.

 

Hablando del centralismo, la plancha presidencial de Keiko es netamente capitalina y de clase media alta. El padre, recordemos, en su primera fórmula presidencial colocó a un dirigente de pequeñas empresas y a un líder evangélico. En cierta manera, Keiko cometió el mismo error de MVLL cuando eligió a sus compañeros de fórmula en 1990. Contaba con respetables dirigentes políticos, pero no representaban al Perú popular. Si ella gana tendrá que rodearse de muchos técnicos y ministros que vienen de la orilla opuesta y, aunque es odioso recordarlo, su padre también lo hizo en su momento.

 

Muy contrario a Keiko, Sánchez tuvo mayor habilidad política: desde un sector radical con el que comenzó la campaña, para la segunda vuelta amalgamó a varios sectores de la izquierda y mostró mayor empatía. Prometía todo y a todos, dependiendo lo que quieran escuchar, algo que le sería difícil de llegar a cumplir a ser gobierno. Sin olvidar “el relato” que el fujimorismo fue el que gobernó los últimos cinco años, ocultando que el gobierno fueron ellos, con Sánchez en una cartera ministerial importante.

 

Ninguno de los dos la tiene fácil de llegar al poder. Tendrán una oposición dura en el Congreso y en la calle, sobre todo Keiko. Si bien será difícil vacarlos, pero desde uno u otro sitio se les podrá hacer la vida a cuadritos.

 

De ganar Keiko tiene un sólido partido que le permitirá llegar a cumplir su mandato, teniendo el país, luego de diez años, mayor estabilidad política, así como mayor homogeneidad en la gobernanza; de ganar Sánchez tendrá que concertar con toda la izquierda que lo apoyó, cada sector con agenda propia, desde los radicales y su asamblea constituyente hasta los reformistas. En algún momento, esa alianza podría romperse, complicar su gobernabilidad y hasta no terminar el periodo presidencial.

 

Por cierto, fue lamentable el ausentismo para sufragar, sobre todo el de los sectores acomodados, que optaron por el fin de semana en Asia o pasarlo en su club preferido. Demuestra una vez más, desde que fuimos república, que nunca les interesó el país, a pesar que podían perderlo. Ratifica lo que ya dijeron en el pasado distintos historiadores: carecemos de clase dirigente.

 

En otros países, el consenso con el adversario es más viable. Ponerse de acuerdo, por lo menos en aspectos mínimos. Aquí, por el canibalismo político que vivimos en los últimos tiempos, es más difícil. Así lo quieran, se vería como “traición” por los suyos, por lo que no se atreverán. El hecho crucial es que tienen al frente un país que no reconoce ningún extremo y de querer ejecutar un plan sectario sin importarles otra cosa, el fracaso está por descontado, así como cinco años más que se irán al olvido.