Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Es sintomático, pero en las últimas cuatro
segundas vueltas presidenciales donde ha participado Keiko Fujimori hemos
tenido resultados similares: casi un 50% para cada candidato, con un fuerte
antifujimorismo (aunque ahora atenuado) que votaba por el otro por no votar por
ella. Le pasa lo mismo que a la también conservadora Marine Le Pen en Francia:
carga con la mochila del padre y ha perdido todas las elecciones donde
participó y, como Keiko, ha sufrido judicialización política.
Algo
pasa, para que la mitad de los peruanos voten por una opción claramente
fracasada en los países vecinos: asamblea constituyente + estatismo. Basta ver
los dos millones de venezolanos que tenemos albergados para saber que el modelo
no ha funcionado en ninguna parte.
La
pregunta no es ociosa, porque el pueblo peruano le ha dado la mitad de la
votación del domingo a cada candidato, por lo que no es una victoria absoluta
para ninguno de los dos. En cierta forma el que gane tendrá una victoria
pírrica que se le puede ir de las manos en cualquier momento. El que gane
tendrá legalidad, pero tendrá que ganarse la legitimidad en el camino.
Porque
el domingo 7 ha ganado el centro político. Esa inmensa mayoría que quiere una
solución a sus problemas sin meter en agenda asambleas constituyentes, modelos
económicos fracasados o liberando terroristas. Pero tampoco quiere un pasado
autoritario. De ganar “la chika” tendrá que demostrar que no es igual al
progenitor, con una cuesta arriba bastante difícil y ojos fiscalizadores
rodeándola.
De
cierta manera, estamos repitiendo la historia de la elección en 2021: los dos
candidatos que pasan a segunda vuelta tienen menos del 20% de los votos; uno es
un candidato populista “ofrece todo” contra una candidata más técnica en sus
propuestas; uno proviene de provincias, la otra limeña; en género un hombre y
una mujer, pero de la misma generación (adultos medios bordeando la cincuentena).
Es un déjà vu, algo ya visto. Una asignatura pendiente que no cerró al
ser vacado en 2022 Pedro Castillo; y, esos ánimos han recrudecido en la
presente elección. Por eso, en artículo anterior, medio en broma decíamos que
más que analistas políticos que expliquen la situación, necesitábamos con
urgencia un siquiatra social.
Hablando
del centralismo, la plancha presidencial de Keiko es netamente capitalina y de
clase media alta. El padre, recordemos, en su primera fórmula presidencial colocó
a un dirigente de pequeñas empresas y a un líder evangélico. En cierta manera,
Keiko cometió el mismo error de MVLL cuando eligió a sus compañeros de fórmula
en 1990. Contaba con respetables dirigentes políticos, pero no representaban al
Perú popular. Si ella gana tendrá que rodearse de muchos técnicos y ministros que
vienen de la orilla opuesta y, aunque es odioso recordarlo, su padre también lo
hizo en su momento.
Muy
contrario a Keiko, Sánchez tuvo mayor habilidad política: desde un sector
radical con el que comenzó la campaña, para la segunda vuelta amalgamó a varios
sectores de la izquierda y mostró mayor empatía. Prometía todo y a todos,
dependiendo lo que quieran escuchar, algo que le sería difícil de llegar a
cumplir a ser gobierno. Sin olvidar “el relato” que el fujimorismo fue el que
gobernó los últimos cinco años, ocultando que el gobierno fueron ellos, con
Sánchez en una cartera ministerial importante.
Ninguno
de los dos la tiene fácil de llegar al poder. Tendrán una oposición dura en el
Congreso y en la calle, sobre todo Keiko. Si bien será difícil vacarlos, pero
desde uno u otro sitio se les podrá hacer la vida a cuadritos.
De
ganar Keiko tiene un sólido partido que le permitirá llegar a cumplir su mandato,
teniendo el país, luego de diez años, mayor estabilidad política, así como
mayor homogeneidad en la gobernanza; de ganar Sánchez tendrá que concertar con
toda la izquierda que lo apoyó, cada sector con agenda propia, desde los
radicales y su asamblea constituyente hasta los reformistas. En algún momento,
esa alianza podría romperse, complicar su gobernabilidad y hasta no terminar el
periodo presidencial.
Por
cierto, fue lamentable el ausentismo para sufragar, sobre todo el de los
sectores acomodados, que optaron por el fin de semana en Asia o pasarlo en su
club preferido. Demuestra una vez más, desde que fuimos república, que nunca
les interesó el país, a pesar que podían perderlo. Ratifica lo que ya dijeron
en el pasado distintos historiadores: carecemos de clase dirigente.
En
otros países, el consenso con el adversario es más viable. Ponerse de acuerdo,
por lo menos en aspectos mínimos. Aquí, por el canibalismo político que vivimos
en los últimos tiempos, es más difícil. Así lo quieran, se vería como
“traición” por los suyos, por lo que no se atreverán. El hecho crucial es que
tienen al frente un país que no reconoce ningún extremo y de querer ejecutar un
plan sectario sin importarles otra cosa, el fracaso está por descontado, así
como cinco años más que se irán al olvido.