Sunday, September 27, 2026

LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE

 

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Cuando cursaba mis estudios universitarios, los controles de lectura eran sobre un libro entero y a veces dos que, naturalmente, el profesor ya los había leído. Sin derecho a réplica, podía ser un control de lectura escrito que duraba una hora o podía ser oral, en forma aleatoria, preguntando a uno u otro alumno. Preguntas no solo memorísticas, sino de opinión, de criterio, que el estudiante debía sustentar adecuadamente. No existían los atenuantes del “yo trabajo” o el alegar “soy madre/padre soltero”.

 

Existía la autoridad del docente en aula y no estaba supeditado a los caprichos o amenazas del alumno para que lo apruebe o le suba la nota. Menos que algún furibundo padre de familia le mande una carta notarial porque le deja muchas tareas o le pone notas bajas a su engreído.

 

Mi profesor de derecho nos hacía leer densos textos de economía para entender mejor una norma jurídica. Y funcionaba. Comenzábamos a ver las leyes y la constitución política de otra manera. Sin saberlo y antes que llegue a estas tierras, gracias a ese querido maestro, hacíamos Análisis económico del derecho, hábito que se me quedó hasta ahora en lo que escribo, a contracorriente de la escolástica dominante en los estudios de la carrera.

 

Lo bueno de esos controles es que ayudaban a fomentar la lectura y, lo más importante, comprenderla. Había que tener a la mano un resaltador y un lapicero para escribir anotaciones al margen de lo que se iba leyendo. Era una lectura crítica.

 

Hoy es imposible. El profesor sería acusado por sus alumnos de dar lecturas que “no son del curso”. Menos podría dejar todo un libro completo para leer. La propia universidad “sugiere” solo fragmentos de libros y los exámenes se desarrollan en base a las diapositivas del docente. El estudiante lee, si es que lee, solo las diapositivas de una materia. Y no es raro que “no comprenda” lo que el profesor dice en clase.

 

Usualmente se echa la culpa al maestro “que no se le entiende”, pero se cambia de docente y el alumno sigue sin entender. De allí que el profesor tenga que hacer solo esquemas, simplificar al máximo una materia, tomar el examen lo más sencillo posible y “considerar” a los alumnos más duritos de entendimiento para que no lo vayan a evaluar mal a fin de ciclo.

 

El problema “es de fábrica”. 60% de los estudiantes no entiende lo que lee. No es extraño que hayamos salido tan mal en la última prueba PISA (Programme for International Student Assessment, Programa para la evaluación internacional de estudiantes). Y no se diga que solo son los colegios públicos los que han rendido mal la prueba, también los privados salieron jalados. Mal de muchos, consuelo de tontos: Argentina, considerada por mucho tiempo como el faro de la educación y la cultura en el subcontinente, está peor que nosotros, y España está por debajo de la media de la OCDE. Entre los países más ricos del mundo es como un “país sudaca”.

 

La tendencia decreciente es histórica y se ha agudizado con los años. Como muchos especialistas han advertido, salta a la vista que las redes sociales son parte del problema. La fragmentación e instantaneidad de redes como TikTok o Instagram, con videos cortos, de entretenimiento bastante primario (por no decir estúpido), hace que nuestro cerebro pierda la facultad de concentración, crítica y profundidad. Y si no tiene un entrenamiento constante en estas facultades, se pierden. Es como aprender un deporte. Si se deja de practicar se puede olvidar las habilidades adquiridas, solo que las consecuencias neuronales son peores.

 

Pero los investigadores apuntan también a otro fenómeno reciente: la inteligencia artificial. El pedir a la IA que haga por nosotros trabajos de investigación hace que perdamos la cualidad de investigar sobre un tema. O pedirle el resumen de un libro o un artículo para no leerlo todo nos lleva a perder el hábito de la lectura profunda.

 

Antaño, el esfuerzo por buscar fuentes de investigación para un artículo o una tesis permitía que el estudiante adquiera ciertas técnicas, hoy perdidas: el fichaje, consultar libros en bibliotecas distintas a la de la U de origen, el traducir capítulos enteros de un texto en otro idioma con un diccionario a la mano, permitía que el cerebro se active y enlace neuronas.

 

Terminando la secundaria, para fomentar el hábito de la investigación, nuestro profesor de Ciencias Naturales nos mandó a la biblioteca de la Universidad Agraria en La Molina para buscar datos de las variedades de papa en nuestro país, información que, naturalmente, solo se conseguía en esa casa de estudios. Tomamos tres o cuatro carros y parte del trayecto lo hicimos a pie por un camino de tierra hasta llegar a la conocida universidad. No solo consultamos las tesis que había sobre el tema, sino que pudimos ver en el huerto las distintas variedades de papa que existen, dibujándolas “a pulso” lo mejor que podíamos -en una época sin cámaras en el celular-a fin de ilustrar nuestra monografía. Todo un viaje, tan estimulante como instructivo y divertido.

 

En un tiempo donde no existía internet, buscar información era un trabajo arduo. Para mis tesis universitarias tuve que facilitarme por amigos libros de otras universidades; y en una época sin Amazon, comprarlos en el extranjero era por medio de conocidos o familiares que vivían en otros países. Ahora las bibliotecas se encuentran a un clic de distancia, pero da “flojera” investigar entre tanta página académica y el cerebro busca el camino más corto: preguntarle a la inteligencia artificial.

 

Es posible que la situación empeore. La entrega de tablets y laptops a los estudiantes demostró que no mejoraron la enseñanza. La educación en aulas altamente tecnificadas tampoco tuvo los resultados esperados, ni el uso del ppt en clase fue mejor que la clase donde el estudiante tomaba nota a mano de lo que el profesor decía y se fomentaba la concentración.

 

Frente al desengaño de la ilusión tecnológica, en muchos países desarrollados se está volviendo a los libros impresos y a los apuntes de puño y letra del estudiante en un cuaderno.

 

La verdad no hay solución a la vista que no tenga un costo político enorme para cualquier gobierno. Requiere medidas audaces que acarrearían una enorme presión política y social. Además, que las políticas educativas demoran en madurar, no son a corto plazo. Quizás en veinte años recién se verían los frutos y a ningún gobierno le interesa eso. Más rentable es entregar, cada cierto tiempo, un colegio, laptops o un laboratorio, con fotos y prensa incluida, que esperar pacientemente un progreso que lo verá el sucesor en el cargo, casi siempre de un partido de oposición.

 

Así que es muy posible que seguiremos siendo los últimos de la clase.

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