Eduardo
Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Cuando cursaba mis estudios
universitarios, los controles de lectura eran sobre un libro entero y a veces
dos que, naturalmente, el profesor ya los había leído. Sin derecho a réplica, podía
ser un control de lectura escrito que duraba una hora o podía ser oral, en
forma aleatoria, preguntando a uno u otro alumno. Preguntas no solo
memorísticas, sino de opinión, de criterio, que el estudiante debía sustentar
adecuadamente. No existían los atenuantes del “yo trabajo” o el alegar “soy
madre/padre soltero”.
Existía
la autoridad del docente en aula y no estaba supeditado a los caprichos o
amenazas del alumno para que lo apruebe o le suba la nota. Menos que algún
furibundo padre de familia le mande una carta notarial porque le deja muchas
tareas o le pone notas bajas a su engreído.
Mi
profesor de derecho nos hacía leer densos textos de economía para entender
mejor una norma jurídica. Y funcionaba. Comenzábamos a ver las leyes y la
constitución política de otra manera. Sin saberlo y antes que llegue a estas
tierras, gracias a ese querido maestro, hacíamos Análisis económico del derecho,
hábito que se me quedó hasta ahora en lo que escribo, a contracorriente de la
escolástica dominante en los estudios de la carrera.
Lo
bueno de esos controles es que ayudaban a fomentar la lectura y, lo más
importante, comprenderla. Había que tener a la mano un resaltador y un lapicero
para escribir anotaciones al margen de lo que se iba leyendo. Era una lectura
crítica.
Hoy
es imposible. El profesor sería acusado por sus alumnos de dar lecturas que “no
son del curso”. Menos podría dejar todo un libro completo para leer. La propia
universidad “sugiere” solo fragmentos de libros y los exámenes se desarrollan
en base a las diapositivas del docente. El estudiante lee, si es que lee, solo las
diapositivas de una materia. Y no es raro que “no comprenda” lo que el profesor
dice en clase.
Usualmente
se echa la culpa al maestro “que no se le entiende”, pero se cambia de docente
y el alumno sigue sin entender. De allí que el profesor tenga que hacer solo
esquemas, simplificar al máximo una materia, tomar el examen lo más sencillo
posible y “considerar” a los alumnos más duritos de entendimiento para que no
lo vayan a evaluar mal a fin de ciclo.
El
problema “es de fábrica”. 60% de los estudiantes no entiende lo que lee. No es
extraño que hayamos salido tan mal en la última prueba PISA (Programme for
International Student Assessment, Programa para la evaluación internacional de estudiantes).
Y no se diga que solo son los colegios públicos los que han rendido mal la
prueba, también los privados salieron jalados. Mal de muchos, consuelo de
tontos: Argentina, considerada por mucho tiempo como el faro de la educación y
la cultura en el subcontinente, está peor que nosotros, y España está por
debajo de la media de la OCDE. Entre los países más ricos del mundo es como un
“país sudaca”.
La
tendencia decreciente es histórica y se ha agudizado con los años. Como muchos
especialistas han advertido, salta a la vista que las redes sociales son parte
del problema. La fragmentación e instantaneidad de redes como TikTok o
Instagram, con videos cortos, de entretenimiento bastante primario (por no
decir estúpido), hace que nuestro cerebro pierda la facultad de concentración,
crítica y profundidad. Y si no tiene un entrenamiento constante en estas
facultades, se pierden. Es como aprender un deporte. Si se deja de practicar se
puede olvidar las habilidades adquiridas, solo que las consecuencias neuronales
son peores.
Pero
los investigadores apuntan también a otro fenómeno reciente: la inteligencia
artificial. El pedir a la IA que haga por nosotros trabajos de investigación
hace que perdamos la cualidad de investigar sobre un tema. O pedirle el resumen
de un libro o un artículo para no leerlo todo nos lleva a perder el hábito de
la lectura profunda.
Antaño,
el esfuerzo por buscar fuentes de investigación para un artículo o una tesis
permitía que el estudiante adquiera ciertas técnicas, hoy perdidas: el fichaje,
consultar libros en bibliotecas distintas a la de la U de origen, el traducir
capítulos enteros de un texto en otro idioma con un diccionario a la mano,
permitía que el cerebro se active y enlace neuronas.
Terminando
la secundaria, para fomentar el hábito de la investigación, nuestro profesor de
Ciencias Naturales nos mandó a la biblioteca de la Universidad Agraria en La
Molina para buscar datos de las variedades de papa en nuestro país, información
que, naturalmente, solo se conseguía en esa casa de estudios. Tomamos tres o
cuatro carros y parte del trayecto lo hicimos a pie por un camino de tierra
hasta llegar a la conocida universidad. No solo consultamos las tesis que había
sobre el tema, sino que pudimos ver en el huerto las distintas variedades de
papa que existen, dibujándolas “a pulso” lo mejor que podíamos -en una época
sin cámaras en el celular-a fin de ilustrar nuestra monografía. Todo un viaje,
tan estimulante como instructivo y divertido.
En
un tiempo donde no existía internet, buscar información era un trabajo arduo. Para
mis tesis universitarias tuve que facilitarme por amigos libros de otras
universidades; y en una época sin Amazon, comprarlos en el extranjero era por
medio de conocidos o familiares que vivían en otros países. Ahora las
bibliotecas se encuentran a un clic de distancia, pero da “flojera” investigar
entre tanta página académica y el cerebro busca el camino más corto:
preguntarle a la inteligencia artificial.
Es
posible que la situación empeore. La entrega de tablets y laptops a los
estudiantes demostró que no mejoraron la enseñanza. La educación en aulas
altamente tecnificadas tampoco tuvo los resultados esperados, ni el uso del ppt
en clase fue mejor que la clase donde el estudiante tomaba nota a mano de lo
que el profesor decía y se fomentaba la concentración.
Frente
al desengaño de la ilusión tecnológica, en muchos países desarrollados se está
volviendo a los libros impresos y a los apuntes de puño y letra del estudiante
en un cuaderno.
La
verdad no hay solución a la vista que no tenga un costo político enorme para
cualquier gobierno. Requiere medidas audaces que acarrearían una enorme presión
política y social. Además, que las políticas educativas demoran en madurar, no
son a corto plazo. Quizás en veinte años recién se verían los frutos y a ningún
gobierno le interesa eso. Más rentable es entregar, cada cierto tiempo, un
colegio, laptops o un laboratorio, con fotos y prensa incluida, que esperar
pacientemente un progreso que lo verá el sucesor en el cargo, casi siempre de
un partido de oposición.
Así
que es muy posible que seguiremos siendo los últimos de la clase.