Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
Gustave Flaubert afirmaba que su gran
ilusión era escribir una novela que no tenga historia. Claro, sabía que era
imposible, toda novela debe tener una, por lo menos mínima. Flaubert más bien aludía
a la importancia de la forma para sostener la historia, por más que esta sea
pequeña.
Mario
Vargas Llosa (MVLL) como buen discípulo del escritor normando acomete su
segunda novela, La casa verde, siguiendo el dictum flaubertiano. Si
bien en un prólogo de 1998 alude a la deuda que tiene con William Faulkner, su
segundo gran maestro, es evidente que “las hechicerías de la forma en la
ficción” son una deuda directa con Gustave Flaubert, a quien rinde un homenaje
implícito.
La
casa verde es una
novela que se sostiene solo en la forma y es la menos estudiada del primer
periodo del Nobel peruano. Desde muy joven MVLL se dio perfecta cuenta que la
forma que tendrá una historia es esencial en el resultado final del libro.
Podrá tener un buen argumento y personajes interesantes, pero si la forma no es
la adecuada se habrá perdido una buena historia que contar.
Si
nos atenemos a sus memorias, El pez en el agua, un joven MVLL había
escrito un cuento titulado La casa verde, recuerdos del burdel piurano
que llegó a conocer, ubicado en los extramuros de la ciudad. Según relata, el
cuento no le gustó y fue destruido. Luego, antes de su segundo y definitivo
viaje a Europa, en 1958 es invitado por la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos, donde él ya era profesor, a formar parte de una delegación que
acompañaba a un antropólogo mexicano que venía a estudiar las comunidades de la
selva cercanas a donde operaba el Instituto Lingüístico de Verano. Ese viaje de
pocas semanas sería el complemento amazónico de su novela, inicialmente solo
ubicada en Piura.
El
eje de los “personajes amazónicos” es Fushía, el japonés inescrupuloso que
tiene virtud para hacerse rico, pero no fortuna o suerte para conservarla, y
todo lo pierde. Lalita, prototipo de la mujer pasiva, educada para satisfacer
al hombre y que pasará por diferentes parejas, conforme estas la van
abandonando por diversos motivos, desde el posesivo Fushía, el buen práctico
Nieves hasta el Pesado, el lúbrico policía de la guarnición de Santa María de
Nieva. El práctico Nieves, hombre del pueblo que conoce los ríos de la selva y
de ser reclutado a la fuerza en el servicio militar, es desertor del Ejército, luego
pasa al servicio de Fushía, para terminar como guía de los policías de la
guarnición. También se encuentran las monjas de la misión que secuestran niñas
de la selva para “educarlas cristianamente”, y, de donde procede Bonifacia, que
terminará en Piura como prostituta de La casa verde.
Por
la parte piurana, el eje de los personajes es el sargento Lituma, que lo
conocemos sirviendo de policía en la selva. Su historia es mínima también. De
regreso a Piura junto a Bonifacia, su flamante esposa, reta a duelo a un señor
de la zona, de esos de horca y cuchillo, quien muere jugando con Lituma a la
ruleta rusa y pasará un tiempo en una cárcel de Lima, acusado de homicidio. Regresa
a Piura, donde encuentra convertida en puta a su mujer. Situación que Lituma
tolera para que lo mantenga a él y a sus primos, Los inconquistables. Por
cierto, el sargento Lituma aparece en varias obras del escritor y merecerá su
propia novela años después, Lituma en los andes.
Los
inconquistables, vagos
de la mangachería, una barriada piurana que se siente orgullosa de tener al
presidente Luis Sánchez Cerro como hijo predilecto y que se dedican al trago,
las mujeres y la timba. Amigos inseparables de Lituma, quien procede de allí.
La
Chunga, hija de don Anselmo y Antonia (niña ciega y muda que es seducida por
Anselmo), quien fundará la segunda Casa verde. A diferencia del padre, es una
mujer fría y dura para los negocios. No se le conoce pareja y tiene el apodo de
la marimacho. Merecerá años después una obra de teatro del escritor.
Y
por supuesto don Anselmo, el fundador de la Casa verde original, personaje
novelesco y de origen desconocido (al final del libro se revela que proviene de
la selva, de allí su nostalgia de pintar de verde el burdel), más dedicado a
los placeres de la vida que a los negocios. Y, el padre García, su némesis y el
instigador que propició el incendio del burdel piurano años atrás, descendiente
ideológico directo de Torquemada y que recibe precisamente de apodo por parte
de los piuranos de quemador.
Los
personajes son bastante faulknerianos. Existen odios acumulados a través de los
años y como en las novelas de William Faulkner, se puede decir de la Piura de
ese entonces, pueblo chico, infierno grande.
De
lejos la parte piurana de la historia es la más rica e interesante. Se nota más
“verídica” que la parte amazónica, la cual se siente más impostada.
El
espacio temporal que abarca la novela es de inicios del siglo XX, cuando está
en pleno apogeo la explotación del caucho peruano y se funda la primera Casa
verde hasta su incendio algunos años después. Luego saltamos a los años 40 y
50. Se hace mención a la guerra con Ecuador, a la segunda guerra mundial cuando
estaba prohibido vender caucho a los alemanes y se contrabandeaba a precios
altísimos por Brasil (de allí Fushía hace su precaria fortuna) y la fundación
de la segunda Casa verde por la Chunga. Se cierra con la muerte de Anselmo, ya
octogenario, llorado por las putas del burdel como a él le hubiera gustado.
Por
cierto, la novela no pasaría los estándares actuales de lo políticamente
correcto. Hay escenas bastante explícitas de seducción a menores como la de
Anselmo hacia Antonia, bastante niña cuando se la lleva a la Casa verde para
convivir con ella como su mujer, y otras de alusión muy explícita de violación
de menores en la selva. También se describe el secuestro de niñas de las
comunidades amazónicas para ser educadas por las monjas de la misión de manera
cristiana, hecho que en la actualidad sería contrario al derecho de las menores
de criarse y educarse en su hábitat natural.
Como
sucede en sus primeras novelas, existen saltos en el espacio y el tiempo
bastante frecuentes, por lo que requiere de un lector atento para seguir la
ilación de la historia. Quizás en estos tiempos de rapidez y facilismo, esa
forma de narrar no tendría tantos lectores como en su época de publicación.
En
1967 la novela ganó la primera convocatoria del prestigioso Premio Rómulo
Gallegos, instituido por el gobierno de Venezuela y uno de los más importantes
en aquellos años. Al recibir el premio MVLL leería su célebre discurso La
literatura es fuego, donde sienta los principios de su credo literario, los
que no van a cambiar a lo largo de los años.
Como
referencia, La casa verde es lo opuesto a las novelas regionalistas,
incluyendo las del político y escritor cuyo nombre ostentaba el premio, donde
se cargaba con tintes melodramáticos los abusos contra los aborígenes. Hay
mujeres violadas e indios azotados hasta morir en La casa verde, pero la
perspectiva y el punto de vista obvian los tintes melodramáticos de las novelas
regionalistas de ese entonces, produciéndose un efecto de distanciamiento. La discriminación
más que verse, se siente.
Algunos
años después, en 1971, MVLL publicó una pequeña plaqueta titulada Historia
secreta de una novela, donde detalla la génesis de la trama y los
personajes, lo que hay en el desván del escritor y que sirvió de materia prima.
¿Cumplió MVLL con contar una historia mínima en 528 páginas sostenida solo por la forma? Creo que sí y con creces. Usó con mejor pericia varias técnicas utilizadas en su primera novela, logrando el “hechizo” del lector, que sigue la historia y cree que es cierto todo lo que está leyendo. Referencia obligada para todo joven escritor que quiere desentrañar “los misterios de la forma”, La casa verde no ha perdido vigencia luego de sesenta años de publicada.
*Mario Vargas Llosa: La casa verde. Edición consultada: Edición Alfaguara, 2023, 528pp.