Sunday, October 26, 2025

LOS PLACEBOS CAROS Y LA POLÍTICA

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107 


           En un artículo que abordaba la relación entre los placebos caros y la política (¿Qué persuade más: razones o sentido de pertenencia? G Ortiz de Zevallos, en: https://peru21.pe/opinion/que-persuade-mas-razones-o-sentido-de-pertenencia/), el autor aplicaba al ámbito local el descubrimiento de Dan Ariely sobre los placebos caros. Me explico.

 

Ariely, catedrático de psicología y economía conductual, y ganador del Premio Ig Nobel de Medicina en 2008, suerte de parodia de los premios Nobel celebrado en universidades norteamericanas, sostiene que los placebos caros influyen en el consumidor más que los placebos baratos, a pesar que ninguno de los dos tiene efecto sobre un tratamiento determinado. Plantea que al ser más caro un bien, tener un envoltorio llamativo o la marca misma, hace que el consumidor lo adquiera frente a, por ejemplo, un medicamento genérico, pobremente presentado y sin marca conocida (mayormente los genéricos vienen de la India o China). Igual sucede con el precio de un bien. Se comprará uno más caro frente a otro más barato, en la idea que son de mejor calidad, lo cual no necesariamente es así. Pasa mucho con los Iphones que han posicionado una marca y prestigio a pesar que hace buen tiempo otros móviles ya los han superado en calidad de producto y a un menor precio. Igual sucede con un profesional que cobra más por su servicio. Se entenderá que es mejor que otro que cobra menos; y si tiene su consultorio u oficina es un barrio residencial y anda bien trajeado, con Rolex y carro del año, reflejará un aparente “éxito profesional” que no necesariamente se condice con su calidad profesional (y menos con su ética profesional).

 

Son las percepciones que se tienen por el precio, la marca o por lo que ven nuestros ojos, sin entrar en mayores detalles. Son los placebos caros.

 

Trasplantado a la política local, los placebos caros que no curan las enfermedades sociales que padecemos están constituidas por las ofertas demagógicas que van apareciendo para, por ejemplo, combatir el crimen organizado. Se propondrá la pena de muerte, deportar extranjeros, abrir más penales o celebrar convenios -a lo Trump- para que presidentes como Bukele los tengan en sus megacárceles, a pesar que estas propuestas sean placebos caros que no remedian el problema, pero son llamativas y de fácil asimilación.

 

El tema es que, y ahí viene lo interesante del artículo, la gente que padece extorsiones, pago de cupos, asesinatos de emprendedores y siente que no tiene cerca la presencia del estado con una adecuada seguridad, aceptará estos placebos y votará por los candidatos que los proponen, a pesar que sus propuestas sean desarticuladas y poco efectivas.

 

Esa gente va a “comprar” un placebo caro porque no hay otra cosa más que se les ofrezca. Y acá entra a tallar la parte emotiva: quien convenza mejor con un relato sobre el tema, que se identifique con esos votantes, que refleje carisma y emoción hacia ellos, tiene más posibilidades de ganar la presidencia u ocupar una curul en el nuevo Congreso. En otras palabras, quien “venda mejor” el placebo caro.

 

No cualquiera lo podrá hacer, como los ilusionistas, debe convencer al público de su “acto de magia”. Debe sentirse “auténtico” en lo que dice y hace. El “relato” que desarrolle será importante, así como la eficacia con que lo trasmita. Los discursos racionales, fríos, de solo cifras, que hablen de “lucha contra la pobreza y la delincuencia” sin empatizar con esos votantes, difícilmente va conseguir cautivarlos. No se le creerá el discurso. Digamos que “el cebo de culebra” todavía vende, pero dependerá mucho de la persuasión del vendedor.

 

Por eso la derecha no la tiene totalmente asegurada la elección en 2026, pese al desastre del gobierno de Pedro Castillo, y más bien están apareciendo candidatos antisistema carismáticos que enfiebran a las masas con discursos contra Lima, los poderosos y el imperialismo, presentándose como “luchadores sociales” que supuestamente favorecen al pueblo (léase informales, minería ilegal, contrabando en el sur, etc.). No curan, pero entretienen.

 

        Invocar a la Virgen María tampoco convencerá, menos tener modales apocados o hablar fríamente de economía de mercado y libre empresa a gente que no tiene alimentos de calidad, un empleo adecuado o es constantemente extorsionada sin encontrar en el estado la protección necesaria. No es un “electarado” como tantas veces se le critica, es gente que piensa con el bolsillo, el estómago o con una pistola apuntándole.

Sunday, October 19, 2025

EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS: 60 AÑOS

Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107 


            Oswaldo Reynoso no fue un “escritor profesional” en el sentido vargasllosiano; es decir, aquel que es escritor a tiempo completo, vive de escribir sus libros, y entrega uno nuevo a su editorial cada cierto tiempo. Si bien, tanto Reynoso como MVLL, pertenecen a la misma generación, la del 50, sus vidas y creaciones fueron por distintos caminos.

 

Reynoso, integrante junto a Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros del célebre Grupo Narración de clara tendencia marxista, fue parco en publicar. Largos años sin dar a luz un nuevo libro, el viaje a China y el regreso con una novela-crónica deslumbrante (Los eunucos inmortales). El silencio también obedeció a sus ideas políticas en relación a Sendero Luminoso. Siempre calificó las acciones terroristas como “guerra popular”, término muy usual entre los simpatizantes y amigos de SL, sobre todo de cierta izquierda que creía (y algunos creen todavía) nos encontrábamos en el umbral de la revolución socialista que tanto soñaron. Le pasó lo mismo que a Miguel Gutiérrez, otro coetáneo de la generación del 50, que eludió calificar negativamente el accionar terrorista (incluso en el caso de Gutiérrez con la mujer y un hijo militando en las filas de Abimael Guzmán). Las ideas políticas dejaron relegadas en un segundo plano las creaciones literarias, las que, ahora que ha pasado más agua bajo el puente y partidos ambos escritores de este mundo, están siendo revaloradas de nuevo.

 

*****

 

Su novela más conocida y quizás la más leída fue la primera que publicó, En Octubre no hay milagros. Inscrita dentro del naturalismo, en la vertiente de las novelas de denuncia social, privilegia a los personajes de los estratos populares y la baja clase media. Es una suerte de novela coral que trascurre en un solo día, el día de la procesión del Cristo de Pachacamilla.

 

Me parece que hasta ese momento ninguna novela de denuncia social urbana había tratado en forma tan cruda las experiencias vividas por personajes pertenecientes a los sectores populares. Frente a una narrativa que privilegiaba a protagonistas de la clase media, aparecían chicas adolescentes que pierden la virginidad en la oscuridad de una azotea, el bestialismo o la sodomía entre hombres, escenas descritas con una visceralidad que impactó a cierto público. Imaginamos porqué la novela escandalizó cuando fue su publicación. Pero, a pesar de ello, los personajes son descritos con tal empatía que no sentimos repulsión.

 

Es cierto que, como advirtió MVLL en un artículo comentando en su momento el libro, hay desnivel en el tratamiento a los personajes de los sectores populares, a los que el autor secretamente admira, y la forma en que describe a Don Manuel, uno de los dueños del Perú de ese entonces. Una rata haciendo negocios y manejando los hilos del poder político para su beneficio, y homosexual desbocado por añadidura. Descrita su condición sexual en forma caricaturesca, más de personaje de humor chabacano, le restaba credibilidad. Creo que ello obedeció al marxismo que ya había abrazado e influenciado a Reynoso en esos años, describiendo un cuadro de buenos y malos bastante maniqueo, buscando satirizar al personaje como representante de “las clases explotadoras”; y también a su desconocimiento de los sectores plutocráticos de la sociedad peruana, que, es evidente, no conocía bien, salvo referencias de manual muy genéricas, sustituyendo ese desconocimiento con su imaginación y un humor grueso poco convincente; lo que no ocurre con los personajes de los sectores populares, descritos con empatía y en forma bastante realista.

 

En ese marco, la ciudad de Lima de esos años, también cobra un protagonismo esencial. Es una ciudad más grande. Los extramuros ahora se encuentran al final de la Av. México, lugar de prostitutas y maricones, hostales con olor a semen y a orines, y el famoso mercado mayorista La Parada, sitio de leyendas urbanas. La ciudad que nos describe el autor es una ciudad caótica y sucia, que ha crecido por el asentamiento progresivo de varias migraciones e invasiones, con sus conflictos y choques culturales.

 

El mundo gay está presente en la novela, mundo que atraviesa todas las clases sociales y que el autor conocía muy bien por su propia condición sexual. Eran bastante solapas, sobre todo si pertenecían a los sectores altos de la sociedad limeña, por el estigma social y moral de ese entonces, muchos con familia y mujer que servían de fachada a su verdadera condición, buscando en los sectores populares adolescentes que satisfagan sus deseos, tal como describe la novela. Montarse un cabro, como decían los chicos que servían de putos, tanto para desfogar sus instintos básicos como para ganarse unos soles o, de tener suerte, ligarse un maricón millonario que paga mucho más y regala cosas de valor, como le sucede a un miembro de la collera que nos describe el narrador.

 

Por cierto, el autor nos presenta la relación entre Don Manuel y el muchacho que le sirve de amante, como una relación depredador sexual-presa, cosificándolo al último, en términos marxistas, como una mercancía que, agotado su valor de uso, será desechado; por lo que el acto del muchacho de escapar de ese mundo de riquezas y oropel en que su estatus es el de un mantenido, será un acto de liberación.

 

Como trasfondo de todo ese mundo caótico y disímil, la procesión del Señor de los Milagros en el mes de Octubre que reúne a todas las clases sociales. Con distancias físicas de por medio, ricos y pobres se dan encuentro en la procesión. Reynoso, como buen marxista, ve en ese fervor religioso el opio del pueblo.

 

La vida y miserias de los Colmenares, una familia de la clase media baja, nos lo describe muy bien. El padre buscando todo el día infructuosamente una vivienda, ya que será desalojado él y su familia por la inmobiliaria de don Manuel, el mismo dueño del banco donde trabaja. La madre, pasiva y rogando al Señor que le haga el milagro de una casa. La hija mayor, bastante agraciada, y a la búsqueda de un marido con plata que la saque de la pobreza. El mayor de los varones todavía no sabe bien lo que quiere en la vida, y muere trágicamente a manos de la represión policial. Y, el menor, camino a ser un pirañita de barrio y delincuente juvenil. En ese sentido, la saga de la familia Colmenares, con sus miserias y desvelos, es espléndida. Incluso, como en los libros de Zola, hubiera dado para continuar otras novelas con uno o más de los personajes.

 

Es una novela corta, de poco más de 250 páginas (en general las novelas de Reynoso se encuentran en ese promedio, no encontramos ninguna monumental en el estilo de sus coetáneos Gutiérrez o Vargas Llosa), dejando de lado la narración decimonónica y dando paso a técnicas de narración modernas, muy en boga en aquellos años. Es curioso que, en el momento de su publicación, 1965, haya sido catalogada de “pornográfica” por la descripción cruda de una realidad que, suponemos, una parte de la sociedad limeña desconocía. Incluso críticos tan reputados como José Miguel Oviedo se horrorizaron de su contenido. Visto ahora y luego de todo lo que ha pasado en el Perú y en el mundo, la novela hasta resulta inocente y cándida.

 

60 años después de publicada En Octubre no hay milagros (Reynoso tenía buen olfato para colocar el título a sus libros) no ha envejecido. La edición de Alfaguara esta vez sí se nota mejor cuidada (a diferencia de Los eunucos inmortales que contiene varias erratas), y trae un prólogo interesante a cargo de Mariana Enríquez y a modo de colofón dos artículos de la época comentando la novela, uno de Mario Vargas Llosa y otro de Washington Delgado, miembros -como Reynoso- de la magistral y ya desaparecida generación del 50.

*Oswaldo Reynoso: En Octubre no hay milagros. Edición consultada: Alfaguara, 2023, 266 pp.

Sunday, October 12, 2025

EL DINOSAURIO TODAVÍA ESTABA ALLÍ

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


        Cité la célebre frase de Augusto Monterroso para aludir que, a pesar de la vacancia de Dina Boluarte, los problemas del país seguirán allí. Las extorsiones, sicariato, economías ilegales, pago de cupos, seguirán y posiblemente se agraven en los próximos meses. Es entendible la rabia y frustración de muchos honestos ciudadanos y la ilusión que, con el nuevo presidente, la criminalidad y las extorsiones sean cosa del pasado. Pero, no hay nada de que alegrarse ni nada que celebrar. La salida de Boluarte es únicamente política. Los mismos que la sostuvieron en el gobierno (y que fueron cómplices en mantener el statu quo), cerca de las elecciones ya no quieren saber de ella. Es un residuo tóxico que restaría votos. Pero, los problemas, como el dinosaurio de Monterroso, van a seguir allí.

 

Los problemas “se la comieron” a Boluarte. Tres años y medio para un vicepresidente era demasiado tiempo y requería mucha habilidad política para sostenerse en el cargo, de la cual carecía, así como resolver los problemas más urgentes que le demandaba la población. El “hacerse el muertito” por más de tres años y dejar hacer a quienes la apoyaban en el Congreso, quizás hubiera funcionado en un país no tan complicado como el Perú, de repente en Suiza, pero acá demandaba más ejercicio activo de la presidencia.

 

Un síntoma de lo grave que está la crisis política en nuestro país es haber tenido ocho presidentes en menos de diez años. La causa de esa “enfermedad” es lo que hasta ahora no se trata. Se ven solo los síntomas. Nada garantiza que el próximo presidente electo dure los cinco años de su mandato. Otro síntoma es que, cual destino trágico, acaban procesados y siendo huéspedes de Barbadillo.

 

La crisis política es patológica, no es coyuntural, ni se soluciona con un recambio de los personajes de la escena política. Sistema de partidos quebrado, mafias enquistadas en la política, economías ilegales financiando candidatos, Ministerio Público y Poder Judicial “gobernado” por grupos de interés. Nada de eso va a cambiar en los próximos meses, ni siquiera en los próximos años.

 

Cada vez me convenzo más que debemos separar nítidamente la Jefatura de Estado de la Jefatura de Gobierno, sobre todo en países tan inestables políticamente como el Perú. Al presidente (el jefe de Estado) se le ve cómo el que debe resolver los problemas inmediatos del país, el día a día, y eso hace que desgaste su majestad presidencial, sumado a que la dignidad del cargo se ha perdido entre tantas denuncias (poco consistentes más de una) que un Ministerio Público politizado acumuló contra la presidenta en todos estos años. Y, también, valgan verdades, a que los últimos inquilinos de Palacio no han estado a la altura del cargo. Ser cachinero en La Parada ahora tiene más dignidad y prestigio que ser presidente de la república.

 

Un jefe de gobierno que sea el encargado de resolver los problemas inmediatos del país. Una suerte de parachoques reemplazable y que puede emerger del propio parlamento. Le daría más estabilidad al jefe de estado, que podría dedicarse a labores de estadista que de político del día a día.

 

¿Es posible que convivan inestabilidad política y estabilidad económica? Sí, pero con un costo bastante alto para el país. El sistema de democracia representativa debería ser lo más estable y predecible posible, con sólidas instituciones, de la mano de un sistema de libre mercado accesible a todos, amén de derechos y garantías insustituibles para la persona (libertad, servicios básicos esenciales, seguridad). Eso, en su expresión más clara, tampoco lo tenemos, aparte que las economías ilegales hace buen tiempo han penetrado los círculos políticos.

 

Por eso, cuando nos despertemos, el dinosaurio todavía estará allí.


Sunday, October 05, 2025

ALIEN EARTH

 Eduardo Jiménez J.

jimenezjeduardod@gmail.com

@ejj2107


Soy un fanático de Alien. Desde su estreno en un lejano 1979 (en cine, cuando no había vhs, dvd, menos streaming) la habré visionado 30 o 40 veces. Quizás más. Ya perdí la cuenta. Me la sé plano por plano. No en vano, hace un tiempo le dediqué en este blog un homenaje por sus cuarenta años.

 

A mi criterio, la mejor sigue siendo la primera, mezcla de terror con ciencia ficción, en una era de capitalismo espacial reducido todo a ganancias, sin importar mucho la gente. Bueno, como es ahora también.

 

De allí el universo Alien ha sufrido una expansión de secuelas, precuelas, crossover, muchos sin pena ni gloria. Es un universo que goza de buena salud. Y esto lo saben muy bien los dueños de la franquicia.

 

Pero, conforme ese universo se expandía, necesitaba justificar las razones de su crecimiento. Crear nuevas historias que le dieran sentido a la original. Ya no solo era esa bestia agresiva altamente mortal, sino explicar la génesis. Los ingenieros que diseñaron a la criatura. Algo de eso quiso desarrollar las precuelas (Alien Prometheus y Alien Covenant), aunque sin mucho convencimiento. Lo hubiéramos dejado mejor como esa criatura salvaje en estado natural y era más creíble. Luego han venido videojuegos, un tributo a la primera de la saga (Alien Romulus), merchandising y toda la parafernalia en torno al popular xenomorfo.

 

El streaming trajo lo suyo y Alien no podía faltar. Alien earth se perfilaba como una miniserie que aspira a varias temporadas; aunque, por las críticas que le han llovido de todos lados, de repente queda allí.

 

Que no les gustó a los fans de Alien e incluso a cierta crítica, que esperaban otra cosa. Que el último capítulo es decepcionante, etc., etc.

 

Creo que no les gustó que no siga el canon oficial. Me explico.

 

El xenomorfo es un animal altamente letal, casi imposible de vencer. Desde el filme original conocemos los estragos que puede causar y como que nos hemos acostumbrado a ello. Toda película o serie de Alien que se respete tiene que causar infinidad de muertes y, con suerte, luego de mil peripecias, al final ser vencido por la heroína (mujer, blanca, heterosexual, rasgos que son marca constante en el universo Alien). Más o menos ese es el esqueleto del guion original y se encuentra grabado a fuego en nuestro imaginario. El resto son complementos, accesorios, matices.

 

Noah Hawley, el creador de la miniserie, quiso hacer algo diferente. Rompió el canon. En vez de centrarse en el xenomorfo persiguiendo a sus presas, nos mostró el otro lado. A un grupo de niños en cuerpos de androides adultos, con sus dudas y cavilaciones. El punto de vista cambió.  Otro elemento, quizás no de menor importancia, es el lugar de los sucesos. Ya no son planetas lejanos o el interior de naves espaciales como en anteriores películas de la saga, sino la tierra misma. Igual el tiempo. La acción sucede poco antes del filme original, por lo que se trata de una precuela que es antecedente inmediato de lo que veremos en Alien de 1979.

 

Como jefe de esa pandilla de adolescentes tenemos a un Peter Pan perverso (Boy Kavalier) que juega a ser Dios y de verdad se siente omnipotente, parodia de los grandes mandamases de las bigtech. No en vano su megaempresa se llama Prodigy y la isla donde vive Neverland. Los guiños al cuento clásico son más que evidentes. Vemos, como siempre, al xenomorfo matar gente, pero Hawley se ha centrado más en esos niños-máquinas y sus problemas emocionales y existenciales (la célebre pregunta ¿quién soy, hombre o máquina?) que en una serie de muertes sucesivas por el mítico monstruo.

 

La opción de Hawley era válida y creativa: rompe el canon oficial. Y siempre es bueno romper los cánones, a pesar que nos disguste.

 

Salvando las distancias, algo similar sucedió cuando fue el estreno de la live-action Blancanieves por los estudios Disney. También hubo un linchamiento mediático en las redes. ¿El delito? La protagonista no era “blanca como la nieve”, según el clásico cuento de los hermanos Grimm, sino brownie, “marroncita”, como que parte de sus ancestros son del sur del Río Grande, donde el fenotipo predominante no es el blanco, rubio y ojos azules. Rompía el canon de cómo se representaba a Blancanieves. No era una gran película, se permitía varias licencias y hasta era medio “progre”, pero tampoco era como para quemarla viva en la hoguera. Curiosamente muchos de los que se mostraron ofendidos en redes eran hasta más “oscuritos” que Rachel Zegler, la actriz protagónica.

 

No sé qué pasaría si en un futuro a algún creativo o productor de Hollywood con tendencias woke se le ocurre describir a la heroína de Alien ya no como blanca y heterosexual, tal como ha sido caracterizada hasta ahora, sino negra, lesbiana, chapando mujeres cada tres por cuatro y enfundada en botas largas de femme fatale.

 

Hay otros detalles que se han criticado, algunos me parecen fundados, como la exagerada cantidad de especies animales que porta el cargamento y que luego tienen poco desarrollo en la trama (salvo que se usen para futuras temporadas); que el guionista se saque de la chistera algunos trucos para resolver los nudos del argumento (el deus ex machina); o que la protagonista, Wendy (de nuevo la recurrencia al mundo de Peter Pan), pueda dominar con ciertos sonidos guturales al monstruo e incluso que sea su aliado como vemos en la escena final del último capítulo. La única que, en toda la saga, lo ha hecho. Bueno, está demostrado que hasta los animales más salvajes pueden ser apaciguados y hasta dominados con ciertos sonidos, así que tan extraño no es. Ya no se trata del enfrentamiento a muerte contra el alienígena para sobrevivir, sino colaboración, usando la letalidad y astucia del animal. Signo de los tiempos, donde es políticamente incorrecto mostrar en pantalla matar animales, por más que sean mortíferos y extraterrestres.

 

En las críticas que sí coincido es que la historia daba para una película o máximo dos, que para una miniserie, donde “hay que estirar como chicle” el argumento a fin de alcanzar para los episodios de toda una temporada, y con el agravante que se ha pensado más de una. Condensada en lo que dura un filme habría ganado en intensidad.

 

Ha decepcionado el último capítulo, se dice en las redes y en los comentarios. A mí me da la impresión que ese último capítulo ha querido ser la bisagra para la siguiente temporada que, como advertimos líneas arriba, es posible que no se estrene. Al final quien decidirá si hay o no una próxima entrega serán los números, las ganancias. Total, estamos en un sistema capitalista, tan tenebroso como el que nos describía el Alien original. O, como dijo hace buen tiempo una popular vedette local que se dedicaba al oficio más antiguo del mundo: Business son business.