Eduardo Jiménez J.
jimenezjeduardod@gmail.com
@ejj2107
El 29 de Agosto de 1975 el general Juan
Velasco Alvarado renunciaba a la presidencia de la república tras un “golpe
institucional” que lo relevaba del poder por el general Francisco Morales
Bermúdez, quien conducirá hasta 1980 el último gobierno militar.
Parece
ya historia pasada, pero mucho se ha argumentado por qué siendo Velasco un
líder tan popular, que impulsó una serie de reformas a favor de las mayorías,
no fuera defendido cuando su destitución. Sale de Palacio de gobierno y nadie
lo espera a la salida, ni siquiera su entorno más cercano. La soledad del poder
hecha carne.
Guste
o no, Velasco, junto a Leguía y Alberto Fujimori, son tres presidentes que bajo
su mando cambian las estructuras sociales y económicas en el país. Con Leguía
una suerte de modernización y advenimiento de un Perú más urbano que rural; con
Fujimori una abierta economía de mercado, modelo económico que hasta ahora
tenemos; y, con Velasco, lo opuesto, una predominancia del estado en la
economía y una reivindicación de lo nacional y sus valores.
Los
tres tienen en común un estilo autocrático de gobernar, gozaron del aplauso
popular y tuvieron un estrepitoso final a la salida del poder.
El
golpe de estado de 1968, que colocó a Velasco como presidente de la república, fue
un golpe institucional, promovido principalmente por el Ejército y un pequeño
grupo de coroneles progresistas, a los que se sumó la Aviación y la Marina. No
es el golpe de estado de un caudillo, por lo que, quien ejercita la presidencia,
al final debe supeditarse y rendir cuentas a una institucionalidad. Por tanto,
y como militares, existe una jerarquía que debe ser respetada.
Las
reformas que emprende el gobierno de Velasco se “sentían en el ambiente”. La
nacionalización del petróleo incluso la demandaba hasta el diario El
Comercio, bastante conservador; la reforma agraria era un pedido que venía
de décadas atrás y que el primer gobierno de Belaunde fue bastante tímido en
ejecutarla, sin afectar a los grandes latifundios; y la promoción de la
industrialización vía sustitución de importaciones era “la receta” de la época
para salir del subdesarrollo. Son medidas nacionalistas, muchas inspiradas en El
antimperialismo y el Apra, libro auroral de Haya de la Torre.
Y
si bien es cierto las reformas luego se radicalizan, con medidas como la
confiscación de la prensa, las empresas autogestionarias (calco del modelo
yugoslavo) y la inmensa cantidad de empresas públicas que van a surgir producto
de las nacionalizaciones; y, en lo internacional, causa cierto resquemor su
acercamiento al bloque socialista para contrarrestar el enorme peso que los
Estados Unidos tenía en la región; lo cierto es que los militares en el poder nunca
fueron marxistas ni tuvieron intención de llevar al país hacia el comunismo.
Eso fue parte de la “leyenda negra” que surgió en aquellos años y que se mantiene
hasta ahora.
Fueron
reformistas, de corte nacionalista que, ante los cambios que sufre América
Latina (la revolución cubana, las guerrillas de los años 60 en nuestro país, el
inmenso atraso de las zonas rurales), deciden dejar de lado su papel
tradicional de “custodios del orden” y emprender reformas modernizadoras que los
políticos fueron impotentes de impulsar y evitar así otra revolución como la
acaecida en Cuba.
Fueron
reformas inconclusas, otras mal llevadas, con un aumento significativo de la
burocracia estatal, lo que ocasionó déficit fiscal que se mitigaba apenas con
los créditos internacionales y la emisión inorgánica de papel moneda (“la
maquinita”), por lo que se vivía con una subida incesante de precios, que el
control de los mismos solo originó un mercado negro de bienes esenciales. Las
cosas para el ciudadano de a pie no estaban muy bien y ni el Sinamos (órgano
ideológico y de propaganda del régimen) podía tapar los problemas que existían.
Aparte
de las contradicciones al interior del régimen, existen problemas económicos
que se van agudizando, reformas que no cuajaron del todo, un agro expropiado
convertido en minifundios, y una clase empresarial díscola que recibe apoyo
económico, pero no retribuye en apoyo político al gobierno, amén de centrales
de trabajadores divididas, donde unas apoyaban al régimen y otras estaban en
contra.
No
extraña por eso la caída de Velasco en el más puro silencio y ostracismo.
Súmese a ello que el peruano no es muy levantisco y más bien refleja cierta
pasividad; aparte que es bastante cortesano. Está siempre con el que se
encuentra en el poder, hasta que ya no lo está. Solo un puñado de seguidores
continuó en la brega, ya como oposición al gobierno de Morales Bermúdez. Augusto
Zimmermann Zavala, el todopoderoso hombre de prensa del velasquismo, que desde
su casa dirigirá un periódico de oposición. Un grupo de civiles y militares,
algunos años después, fundan el Partido Socialista Revolucionario, que pese a
su nombre no adhiere a programa marxista alguno, sino buscan continuar con las
reformas nacionalistas.
Como
un legado del “espíritu de la época” merece resaltar en el plano académico una
revista, Socialismo y participación, que comenzaría a analizar la
realidad peruana más allá de las anteojeras del marxismo de manual, hecho
impensable antes del velasquismo. Think tanks de izquierda como Desco o
el IEP potenciarán sus estudios sobre la realidad nacional desde otra
perspectiva. Otros, intelectuales de nivel que colaboraron con el régimen, como
Hugo Neira, partirán al extranjero en busca de trabajo y para perfeccionar sus
estudios. Algunos más van a morir prematuramente, como Carlos Delgado, ex
aprista e ideólogo del velasquismo. Curiosamente en aquellos años la derecha no
generó “laboratorios de ideas” como sí lo hizo la izquierda, logrando esta una
“hegemonía cultural” dominante en el pensamiento social, político e ideológico
que se sentirá en las décadas siguientes.
Parecería
que de aquellos remotos años no queda nada, y si hablamos de las reformas,
efectivamente ya no queda nada de ellas; pero en 2011 un militar en retiro
(Ollanta Humala) llega a la presidencia por la vía democrática enarbolando las
ideas nacionalistas del velasquismo. Hasta la izquierda radical que renegaba de
las reformas por tibias, luego del fin del socialismo soviético, suscribirá las
tesis velasquistas. Un grupo social, de origen provinciano, emerge, conformando
una burguesía chola. Ya no son los blancos de apellidos compuestos o de origen
extranjero, son provincianos, browning, que, de una generación a otra,
van a posicionase como los nuevos dueños del Perú.
Velasco
muere en 1977, pero las ideas quedarán en el ambiente y cada cierto tiempo,
como diría Keynes, inspiran a algún político. No sería raro que regresen. El corsi
y recorsi de la historia.